A Unque cada cierto tiempo la realidad se encarga de recordárnoslo, tenemos la tendencia a olvidarlo, a no suponer ni esperar lo peor: pero el hecho es que la separación entre la crueldad más inaudita y un comportamiento decente; entre la barbarie más salvaje y la civilización piadosa, es una línea muy tenue. Y no se necesita mucho para traspasarla.
Luego del sismo que arrasó Puerto Príncipe, los medios nos mostraron escenas muy desagradables, y no producto de la furia de la naturaleza: jóvenes matones golpeando gente en plena calle para robarle comida o posesiones. En medio de la destrucción, cuando se supone que debe haber dosis masivas de solidaridad y compasión, se imponía la violencia contra el prójimo, la ley del más fuerte.
Las explicaciones para una conducta francamente animal y predatoria fueron las esperables, fincadas en la sociología: se trata de gente arrinconada por la necesidad; cuatro de cada cinco haitianos han vivido siempre en la pobreza más abyecta, y eso les impele a actuar con desesperación inhumana; los niveles educativos del país son tan bajos que no se podía esperar nada mejor de una población que, en unos minutos, se había quedado sin nada... cuando antes no tenía gran cosa. No faltó quien alegara el pasado de esclavitud del país para explicar (¿justificar?) los excesos y la violencia callejera. Lo interesante es que pocos se mostraron sorprendidos ante ese descenso a la barbarie. Después de todo, era Haití: un Estado históricamente Fallido, una sociedad despedazada por la pobreza, la corrupción y la disfuncionalidad.
Lo que sí ocurrió cuando los medios nos mostraron a las turbas de chilenos saqueando no supermercados para hacerse de comida después del terremoto, sino tiendas de departamentos para agenciarse televisores de plasma (¿para conectarlos en dónde? No hay electricidad...). Muchos se manifestaron en shock al ver que en un país con altos niveles educativos, fundamentalmente de clase media (sólo un 13% de los chilenos son pobres... un nivel superior al de Estados Unidos), modelo y ejemplo para Latinoamérica, y que esperaba entrar en el Primer Mundo en unos años, los ciudadanos se portaran como salvajes en cuanto el entramado civilizatorio se fracturó, como tantos edificios en Santiago y Concepción.
¿Por qué gente evidentemente bien alimentada y con educación se convertía en saqueadora? ¿Cómo era posible que una nación de poetas renunciara a las formas de la más elemental decencia, obligando al ejército a tomar las calles para controlarlas, en vez de contribuir al rescate? ¿Por qué numerosos vecinos hubieron de organizarse no para buscar sobrevivientes, sino para defenderse de sus conciudadanos depredadores? Todo ello en un país con los niveles de vida más altos del subcontinente latinoamericano. Si Chile no es Haití, ¿por qué sus habitantes terminaron comportándose incluso peor?
Los mismos chilenos estaban confundidos, sorprendidos, turulatos. La presidente Bachelet pareció perdida, y en más de una forma: primero cuando imitó a De la Madrid diciendo que su país no necesitaba la ayuda internacional (¡Hasta Nueva Orleáns recibió auxilio mexicano y cubano después de Katrina!). Luego, cobijándose en el sacrificio de su jefe de la Armada, quien se echó la culpa por no haberse dado en tiempo y forma la alerta de tsunami "ya que a la Presidenta se le proporcionó información confusa" (en cuyo caso la Presidenta debía haber exigido que se le informara claramente. Digo...). Y por último, haciendo amargos berrinches porque sus compatriotas no se estaban comportando a la altura.
Muchos mexicanos, viendo la desgracia natural multiplicada por la rapacidad humana, emitieron una risita de Lindo Pulgoso: en 1985, nosotros sí estuvimos a la altura. En aquel entonces, en vez de andar saqueando, la sociedad se organizó espontáneamente (en este país es imposible organizarse de cualquier otra manera), se arremangó la camisa, y se puso a rescatar sobrevivientes y hacer funcionar las cosas. Los jóvenes chilangos tomaron el control de la ciudad para salvar lo salvable, no para robar lo robable. Seremos pobres e ignorantes en comparación con los chilenos (pensaron muchos), pero nosotros somos solidarios.
Por supuesto, el comportamiento de la población capitalina en 1985 fue digno de elogio. Realmente, ése ha sido uno de nuestros mejores momentos como nación. Pero habría que hacer algunas precisiones.
Primero: la gente se organizó pronta y eficazmente porque sabía perfectamente que no podía esperar nada del Gobierno mexicano: ni ayuda rápida y efectiva, ni liderazgo, ni siquiera instrucciones de qué hacer. Nuestra genética certeza de que el Estado mexicano no sirve para maldita la cosa activó una vena cultural muy mexica: si no nos ayudamos entre todos, nadie lo hará. Mucho fue fruto de la necesidad. Y el reflejo funcionó.
Segundo: Aquello ocurrió hace 25 años: los jóvenes que removieron escombros y organizaron el rescate hoy son cuarentones que probablemente continúan en el mismo estrato socioeconómico, decepcionados y amargados por un país que se sigue cayendo a pedazos (y sin terremotos). 35% de la población nació después de esa fecha, en una nación en crisis permanente, incapaz de salir de su marasmo, atosigada por la delincuencia organizada (los narcos) y desorganizada (la clase política). Nuestros jóvenes no son los de hace 25 años. Los del siglo XXI están endurecidos, frustrados, y no estoy muy seguro que responderían igual que sus padres. Han crecido en un ambiente generalizado de cinismo e impunidad, donde los violentos, los desvergonzados, los corruptos, son los que medran y terminan siendo "exitosos" o gobernadores. En una sociedad desgarrada por la injusticia, la inseguridad y la inmensa ineptitud de sus liderazgos (desde el Presidente de la República hasta los padres que ignoran todo sobre su hijo) no sé qué entiendan los jóvenes por "solidaridad social"; quizá una nueva versión de Facebook. Así pues, no deberíamos de mostrarnos autosuficientes ante la debacle ética de los chilenos.
Tercero: Como decíamos al principio, la realidad se encarga de probar que la diferencia entre la barbarie y la civilización, entre la vileza y la decencia, es una delgada línea negra (breve homenaje a Terrence Malick). La historia está pletórica de ejemplos: el ciudadano alemán que entrega a la Gestapo a su vecino judío, con el que había convivido durante décadas. El muchacho croata que se convierte en chetnik de la noche a la mañana, y viola a la hermana de su mejor amigo, a la que conocía desde niña. El animal analfabeto que, sintiéndose omnipotente con un arma de fuego en una ciudad sin ley como Juárez, asesina a un payasito de semáforo nada más para probar su puntería. Sí, digamos que no hay mucho de qué preciarnos en lo que respecta a los niveles civilizatorios de México.
No tenemos mucho de qué presumir. Tampoco los chilenos, ciertamente. Pero mal de muchos...
Consejo no pedido para que le retiemble en sus centros la tripa: Vea "El apagón" (The trigger effect, 1996), con Elizabeth Shue, sobre el colapso de la civilización en un afluente suburbio luego de algunos días sin electricidad. Provecho.