El cura Hidalgo llamó a la insurrección en septiembre, y los americanos caímos en toda clase de desmesuras que días después llevaron a Don Miguel a Guadalajara (28 de noviembre de 1810) donde fue recibido como Generalísimo del Ejército Americano y Alteza Serenísima, y como tal se le tributaron los más respetuosos homenajes por medio de sus diputados, R. Audiencia, Cabildo eclesiástico, Universidad, Consulado y demás cuerpos. "Siendo innumerable la gente que rodeaba la comitiva, en coches y caballos, con el pueblo que por toda la estación incesantemente clamaban por la vida de Su Alteza. De este modo fue conducido hasta la puerta principal de la catedral siendo exquisito el gusto en el adorno no sólo de las calles de su tránsito sino en toda la ciudad, así como el estruendo de todas las iglesias con sus repiques, unidos con el de la artillería: el cabildo eclesiástico recibió a Su Alteza en el atrio de la iglesia, en cuya puerta tomó el agua bendita, habiéndose dispuesto para el efecto un altar portátil, y luego, conducido al altar mayor, hizo oración, y bajó a sentarse en el dosel, mientras se entonaba en el coro a toda orquesta el tedeum, y las oraciones que revestido de capa entonó el señor deán. Todo lo referido a estos convites para la proclamación de príncipe del señor generalísimo y su entrada, consta en impresos de Guadalajara", nos cuenta Jean Meyer en su "Camino a Baján" que recientemente publicó la Editorial Tusquets.
Pero la historia da muchas vueltas y sólo seis meses después del tan afortunado como fugaz episodio de Guadalajara; acusado de hereje, judaizante, libertino, calvinista, y grandemente sospechoso de ateísmo y materialismo, nuestro héroe fue condenado al paredón por incitador de crímenes sin cuenta.
Como en su condición de sacerdote no podía ser fusilado; antes de ser ejecutado Don Miguel debió ser expuesto a la ceremonia de degradación sacerdotal, que por órdenes del Obispo de Durango ofició el canónigo Fernández Valentín. Ante un altar improvisado, revestido con prendas eclesiásticas el cura Hidalgo echó en el cáliz un poco de vino, puso sobre la patena una hostia sin consagrar, y con el vaso sagrado en las manos se arrodilló a los pies del juez, quien quitándole el vaso de las manos pronunció la letanía de execración, que mi memoria, tal vez por el profundo rechazo que le provoca, no alcanza a retener de todo.
Lo poco que recuerdo dice más o menos así: "maldito seas parado, sentado, acostado, maldito dormido, despierto, mientras comes, mientras bebes, mientras duermes... " y así sigue la retahíla de maldiciones con que la Iglesia lo despojó del sacerdocio.
Para completar el acto se le rasparon las palmas de sus manos y las yemas de sus dedos con un cuchillo: "te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos; y por ser indigno de la profesión eclesiástica te devolvemos con ignominia al estado y hábito seglar".
La verdad, no estoy tan segura de que Dios se sienta orgulloso de la puntualidad con que sus ministros son siempre el sólido apoyo de la razón y la verdad... de los hombres en el poder. Y sin embargo, Don Miguel Hidalgo no era ni su alteza serenísima como lo llamaron en Guadalajara, ni el hombre en todas las formas maldito, en que después de vencido quiso convertirlo el alto clero, sino sólo un hombre de brillante inteligencia y de una educación superior para su época. Intenso, ambicioso, apasionado, enamorado, hombre al fin a quien la razón y las circunstancias llevaron a una efímera gloria, y al infierno cuando en los insomnios de la prisión reflexionaba así:
¡Ah, América, querida patria mía! ¡Ah, americanos mis compatriotas, europeos mis progenitores! Compadeceos de mí. Yo veo la destrucción de este suelo, que ha ocasionado las ruinas de los caudales que se han perdido, la infinidad de huérfanos que he dejado, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y lo que no puedo decir sin desfallecer; la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos".
Nadie puede dudar de que Don Miguel fue un hombre sensible, especialmente cuando sabemos que apenas unas horas antes de morir, se levantó de su catre para escribir en el muro de su celda una décima dedicada a su cancerbero: "Das consuelo al desvalido/ en cuanto te es permitido/ partes el postre con él/ y agradecido Miguel/ te da las gracias rendido".
Sé que esta reflexión irreverente no será del agrado de algunos lectores, especialmente en estos días en que la imagen de Don Miguel crece y se magnifica en los altares de la patria; pero si me lo permiten, creo que este es también un buen momento para reflexionar sobre las desmesuras del clero, de la historia y de la humanidad.
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