¡Chihuahua! Esta columna, al menos en lo que respecta a mis intervenciones, está a punto de convertirse en necrológica. Otra vez tengo que dejar de lado lo que pensaba escribir para inclinarme sobre la máquina y llenar el teclado de lágrimas que llevan la evocación de uno de mis consentidos. Su imagen inconfundible (aunque alguna vez disertó sobre su parecido con el "Innombrable" que, cual maldición chamana, parecía írsele manifestando, como castigo por sus muchos pecados); la cabeza libre -tanto de pelo como para pensar y decir lo que le venía en gana-, la sonrisa irónica, la mirada despejada, miope para las formas, extremadamente alerta y penetrante para el fondo de las cosas, las situaciones, los problemas y sus causas, el sentido de las metáforas, la perversidad de los corruptos, el comportamiento de la gente común, la condición humana... Muere Germán Dehesa y no lo quiero creer. No porque su destino debiera ser el de juguete de plástico irrompible y no el de un ser humano gozante, doliente y extinguible, sino porque no me cabe en la cabeza que se vaya otro más, así, tan de repente, sin haber hecho algo para olvidarlo o querer prescindir de él, y llevándose para siempre su amalgama de talento y humor, el alkaseltzer justo para atemperar la indigestión de nuestra amargura cotidiana. No quiero que se muera casi nadie, pero menos quien me hace pensar y reír al mismo tiempo, quien valora la vida lo suficiente para amarla y no tomarla tan en serio, quien declara que es ahí, en la vida, donde le gusta estar.
Aunque críticos más severos que yo le reprochaban su estilo ligero y el modo -según ellos fácil- con que llegaba a sus lectores, la realidad es que Germán Dehesa fue un escritor delicioso, capaz de encontrar en los eventos mínimos de cada día y en los que componían su existencia personal, un motivo para expresar ideas importantes envueltas en ropa casual. El saludo cordial de sus columnas, la gracia de sus comentarios, lo divertido de sus crónicas, su propósito de compartir con el lector los avatares de familia y trabajo (¿quién no recuerda a la Rubia Misteriosa, la Tatcher y la Hillary, a Canito, Juana Inés, el Bucles, al inefable Huarachington, a sus alumnas y sus tías...?); el remate indignado de sus publicaciones periodísticas de varios años: "¿Qué tal durmió?", contabilizando cada día de impunidad; su pasión futbolera, su denuncia política, su impecable manejo del español y la consideración con sus lectores, al no agobiarlos con exceso de palabras, son méritos que nos hacen, desde ya, extrañarlo. Sin embargo, hay mucho más. Cuando Germán decidía hablar de literatura, lo hacía mejor que nadie, penetrando al fondo de los textos y rescatando sus valores comunicativos y estéticos con esa sensibilidad que sólo los verdaderos amantes de las letras son capaces de proyectar y compartir. Reproduzco el fragmento de una entrevista reciente, publicada en la revista Grupo de Lectores. Al preguntarle sobre el influjo de la literatura en quien lee, Germán contesta: "La forma es la que siempre acaba pegando, te hace entender que hay un milagro en todo. Porque yo no veo una rosa y digo: ¡Ah, mira! una rosa divina que en gentil cultura /es con su fragante sutileza/ magisterio purpúreo a la belleza/ enseñanza nevada a la hermosura"; yo ya me conformo con saber que es una rosa, pero Sor Juana... la veía y encontraba en ella un amago de la humana arquitectura. Y simplemente esa música que ella creaba con las palabras, prueba que se puede hacer una flor de puras palabras; es decir, Sor Juana termina, no hablando de la rosa, sino edificando una rosa verbal. Eso es ¡alucinante! Entonces se puede ir creando una especie de mundo paralelo y entendiendo mejor este mundo. Casi como el lobo de Caperucita, para entenderte mejor... para eso leo, para eso escribo, para mirarte mejor... (Hay una) etapa narcisista de la lectura donde uno al leer se está buscando a uno mismo. Es decir, el libro funciona como un espejo y el libro que más nos gusta es el que nos refleja mejor. Hay lectores que mueren en esta etapa narcisista, de "espejito, espejito, dime que soy bello, dime que soy valiente o el más malo de toda la región". Pero debería haber siempre un momento en que descubres que no hay tal, que más que un espejo, el libro es una ventana. En el momento en que la ventana te es revelada, la lectura se vuelve absolutamente imprescindible, porque desde ahí tienes el mejor mirador hacia el mundo. Aprendes a leer, para leer mejor a tu pareja, para leer mejor a tus amigos, para entender mejor a tu país. Para ubicarte de mejor manera en el mundo, hasta donde eso es posible. Tomar conciencia del misterio, no resolverlo, pero por lo menos, adivinar las orillas del misterio o, como proponía Sor Juana, "Rotular el silencio ". Esa es nuestra tarea". (Dehesa, Salirle al paso a la vida con un libro. Entrevista a Susana Garduño en Club de Lectores, junio 2010).
Tampoco recuerdo haber leído una promesa de amor más bella que la "Nueva Epístola de Melchor Ocampo", escrita por Germán con motivo de su segundo matrimonio y que incluye en "Fallaste corazón". Creo que la de Ocampo, con todos sus argumentos legales sustentando la institución matrimonial, bien podría ser sustituida por la de Dehesa y llegaría más hondo en las parejas que al momento de oficializar su alianza desean encontrarse más en la región del sentimiento que en la frialdad de las leyes: "...Aquí estamos tú y yo, mujer y hombre, para darnos la palabra. Para nombrar las cosas, para que tu fuerza mitigue mis debilidades; para ofrecernos el amparo de nuestros brazos y habitar una sonrisa que ya no será ni tuya, ni mía: será nuestra. Aquí están nuestros amigos, nuestra gente, y con ellos y contra nadie, ante ellos y ante el misterio mismo de la vida, nos comprometemos a ser los amorosos y a extender el reino de los pronombres enlazados. Has sido tú. He sido yo. Ahora seremos nosotros. Nosotros para ser y para estar. Para conjugar nuestras existencias; para adivinar nuestra cercanía como dulce aviso de la vida, como la emocionante proximidad del mar. Tú y yo lo sabemos (...) Loado sea este tiempo emocionante que nos permitió coincidir. Loado sea el amor en el que no hay ni poseedor ni poseída, pero los dos se entregan. Loada sea la vida...".
Se puede alegar que el propio Germán rompió su bellísimo contrato matrimonial y que las palabras quedaron en el papel, pero eso no importa, quedan también en el corazón de quien las vive y las hace realidad, o en la ilusión de quien desea que su matrimonio sea lo que él describe. Suficiente para citarlas, recordarlas y agradecerlas.
En fin, continúa ensanchándose el vacío. ¡Qué jolgorio han de tener los ángeles! Tal vez sea porque la edad nos acerca al fin del camino y, aunque tratemos de vivir "sobre las puntitas de los pies" -como dijo hace unos días Germán- para engañar a las enfermedades y al calendario, éstos son implacables una vez que pintan su raya. Que descanse en paz y que, si puede, derrame chorros de humor y de alegría de vivir sobre la tierra del bicentenario, que hoy se muere de tristeza.