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'Olvidan' en asilos a los adultos mayores

Actividades. Los usuarios del Albergue Moras, del Inapam, realizan diversas actividades colectivas para pasar el tiempo.

Actividades. Los usuarios del Albergue Moras, del Inapam, realizan diversas actividades colectivas para pasar el tiempo.

AGENCIA REFORMA

El ingreso de un adulto mayor a un asilo o casa de reposo está antecedida, en la mayoría de las ocasiones, por el abandono o alejamiento de su familia.

De acuerdo con José Luis Gómez, director del Albergue Moras del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam), alrededor del 60 por ciento de sus residentes no mantiene contacto con su familia y vive una situación de abandono.

"Son muchas las características que comparten las personas que viven aquí. Muchas veces es el abandono social, el abandono familiar, la soledad. Con algunos, sus familiares están pendientes, los llevan al doctor, a comprar sus medicamentos; pero hay muchos otros que hay que estarle hablando al familiar responsable para decirle que se acabó el medicamento y pasan 15 días y nada", lamentó en entrevista.

Aunque generalmente son los familiares los que se acercan a los albergues para que se hagan cargo del adulto mayor al que ya no pueden o no quieren cuidar, según Gómez hay ocasiones en donde son los propios ancianos quienes buscan el servicio con tal de no vivir solos.

"Muchos llegan argumentando el trabajo de la familia, que ya no los pueden cuidar y atender o que se preocupan por su situación mental, porque dejaron la llave del gas prendida o la llave del agua prendida y eso implica preocupación para las familias, pero los senectos lo viven tristemente, porque son regaños y regaños para ellos", comentó.

"El senecto llega diciendo que está abandonado y solo, que no tiene a nadie con quién estar y que quiere convivir con gente, porque en su casa ya los ven como un objeto, los hacen sentir menos y no les permiten desarrollarse física y mentalmente".

A pesar de ello, indicó, los mayores con experiencias de maltrato o abandono son los que tienen más dificultades para adaptarse a vivir en este tipo de residencias.

"Es muy difícil para ellos, son los más uraños y solitarios. No los podemos cambiar, pero podemos modificar su agresividad, porque así los trataron. Vienen a la defensiva, pensando que se les va a seguir atacando", detalló.

Desde su experiencia, Gómez consideró que la mayor parte de las personas que terminan su vida en una residencia para ancianos está sola y ya no cuenta con ningún familiar cercano que se haga cargo de ellos.

"Muchas veces o no se casaron o no tuvieron hijos y ellos mantuvieron a los hijos de sus primos o de sus hermanos y cuando se mueren sus familiares directos, los sobrinos ya no se quieren hacer responsable", apuntó.

La sensación de abandono se profundiza en estas fechas, conforme se acerca la temporada navideña y el fin de año, advirtió Gómez.

"La depresión en el adulto mayor en estas fechas es lo más difícil para nosotros, los tenemos que integrar para que no piensen tanto en eso", abundó.

 'NO TENEMOS MÁS FAMILIA'

Antonio tiene 100 años y los últimos cinco los ha pasado en un albergue del Inapam porque ya no tiene familiares que lo cuiden.

Ruperta no se acuerda ni de cuántos años tiene ni cuánto tiempo lleva en el albergue, sólo sabe que un buen día el sobrino con el que vivía decidió llevarla a un lugar en donde se hicieran cargo de ella.

Historias como éstas abundan en los albergues o residencias para adultos mayores, en donde aunque viven personas con vidas y personalidades totalmente diferentes. El común denominador es la soledad y el abandono.

Ernesto, de 62 años, fue llevado por un sobrino lejano quien aseguró que no tenía ninguna familia que pudiera hacerse cargo de él. Años después se supo que tenía esposa e hijos, pero que ninguno quiere saber nada de este hombre, que asegura que el alcoholismo le quitó todo en la vida.

Aunque es el residente más joven del Albergue Moras, es el que ha tenido más dificultades para adaptarse a su nuevo estilo de vida, y también para que el resto de los albergados lo acepten, pues es cleptómano, lo que le provoca constantes roces con sus compañeros de casa.

Dalia y Marina, de 82 y 84 años respectivamente, son dos hermanas que presumen que al menos tienen una compañía segura en este lugar.

Ninguna de las dos se casó ni tuvo hijos, así que actualmente no tienen a nadie que las cuide.

Hasta hace unos meses vivieron en casa del hijo de su hermana mayor, en donde fungían como las cuidadoras, pero cuando se puso en venta la casa no tuvieron en dónde vivir y su sobrino decidió llevarlas al Albergue Moras para que ahí vivieran.

"Yo no sé por qué mi sobrino decidió esto, pero nos trajo a vivir aquí hace poquito, yo apenas tengo ocho días, porque me acaban de operar de la cadera", cuenta Dalia.

Aunque trabajaron toda su vida como cajeras de una tienda, ninguna de las dos se jubiló con una pensión, lo que las obliga a depender de que su sobrino pague oportunamente las cuotas del albergue.

"Ya quedamos solas, no tenemos más familia que nosotras, también están mis sobrinos", señala.

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Escrito en: Inapam Asilos

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