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'Prohibiciones'

ADELA CELORIO

No existe ningún mandamiento que diga "no plancharás la camisa de tu prójimo" porque si existiera tal prohibición, tendríamos la tentación de planchar en forma permanente. Si en lugar de la manzana, el Señor hubiera prohibido comer a la serpiente, esa misma noche Adán se la hubiera cenado.

Lo que ha hecho exitoso al narcotráfico es la prohibición; si la quitan se acaba el negocio porque hace ya bastante tiempo quedó claro que lo verdaderamente tentador es lo prohibido. Pero parece que no aprendemos, porque el Gobierno, cuya misión es dirigir al país, hacer valer sus leyes y conseguir que sus instituciones funcionen correctamente, ha decidido instituirse en nana de los ciudadanos. Ahora le tocó a los chupifritos.

La nueva Ley antiobesidad prohíbe en las escuelas la venta de comida "chatarra" que es el paraíso gastronómico de los niños mexicanos. A la hora del recreo, los chiquillos degustarán delicias gastronómicas como alcachofas, espárragos o brócoli al vapor. Bienaventurados los niños pobres porque de ellos es el reino de los flacos.

Los ricos por gordotes, están amenazados de sufrir infartos, diabetes, y lo más aterrador, el rechazo social, porque por lo visto nadie quiere a los gordos que antiguamente eran tan escasos como simpáticos. En mi lejana infancia no recuerdo niños gordos. Imagino que sería porque los niños antiguos jugábamos libremente en la calle. Juegos como Uno Dos Tres por mí, coleadas en patines y carreras en bicicleta sin casco ni rodilleras protectoras; requerían un fuerte gasto de calorías.

Yo deseaba ser grande para no tener más las rodillas y los codos raspados, encostrados, chamagosos. Nuestros juegos más tranquilos eran las canicas, el balero, el yoyo o lo que tocara en la temporada. Nunca anduvimos como los cibernéticos de hoy, aplastadotes frente a la tele, alternando silla con sillón, ejercitando sólo el dedo de los controles: del celular, de la computadora, de toda la parafernalia electrónica que los mantiene inmóviles, comunicados con el mundo, pero totalmente incomunicados con la familia.

La comida chatarra de los niños antiguos consistía en naranjas, jícamas, elotes con limón y chile; sin que a nadie se le ocurriera embarrarles esa gelatina horrorosa que hoy llaman mayonesa, y añadirles crema y queso por encima. El bocadillo para el recreo era más bien austero y consistía en un bolillo con frijoles, queso y una raja de jalapeño, que al menos a mí, me sabía a gloria. Sin cinturón de seguridad, los niños antiguos viajábamos en el asiento de atrás del coche de papi rebotando como canica en "bacinica", bajo nuestro propio riesgo; y no amarrados e inmóviles, como los chiquillos de ahora, tan vacunados, tan sobreprotegidos, tan vulnerables.

Pero así están las cosas. La Ley antiobesidad ha decretado la desaparición de los chupifritos en las tiendas escolares, con lo que pronto aparecerán -es inevitable- los traficantes de charritos, de miguelitos, de papas fritas; con lo que nuestros pobres chiquillos tendrán que pagar los precios inflados que impone el mercado negro a todo lo oficialmente prohibido y por lo tanto mucho más apetecible que lo permitido.

Ante tanta prohibición: no fumar, no comer sal, no comer "chatarra"...; se me ocurre que tal vez sería mucho más efectivo invertir en campañas de información. Prohibiendo prohibiendo nos hicimos de la guerra del narco. Además, la educación se mama y por lo tanto, es la cultura gastronómica de la familia es la que determina los hábitos alimenticios de los niños. Al Gobierno lo que le corresponde es liberar al magisterio del mantecoso trasero de la líder inmoral que tiene encima; y librarnos a todos los mexicanos del tentador ejemplo de enriquecimiento, impunidad y desvergüenza que representa la "maistra".

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