Pierde la batalla. Tomás Eloy Martínez murió el domingo a cuusa de un cáncer que padeció durante los últimos años.
MÉXICO, DF. La noticia de la muerte de Tomás Eloy Martínez, el narrador y periodista que hizo del rigor y la pasión la base de su escritura, llegó a las redacciones en la tarde-noche del domingo, a esa hora en que los periódicos comienzan a delinear su portada, cuando la tormenta que precede a la casi fatídica -por lo irrevocable- entrada la imprenta, bullía en su grado máximo.
Como un guiño al oficio al que entregó la mayor parte de sus 75 años de vida y a la que honró con una escritura prodigiosa y una meticulosidad hija en partes iguales del rigor y la pasión; el célebre periodista argentino agitó los albores del cierre con el titular de su partida, la derrota definitiva a manos de un cáncer implacable y al que le había planteado una lucha tenaz durante sus últimos años de vida.
"Adiós a un maestro" fue el modo más usado para referirse al hecho que dejó a su país de origen, Argentina, sin uno de los mayores autores de su generación.
El atinado columnista de La Nación, del New York Times y El País; el fundador del periódico Página 12 y de la revista Primera Plana. El creador de Santa Evita, la novela más traducida -a 30 idiomas- de la historia literaria del país sudamericano, había hecho de la palabra su instrumento de supervivencia y de la escritura su arma de combate para enfrentar exilios, amenazas de muerte, censura e intentos de desprestigio sembrados por los cruentos cotos de poder que asolaron su patria natal en las últimas décadas.
El velatorio se realizó en Parque Memorial, provincia de Buenos Aires, Argentina. Luego, se cremaron sus restos, como era su deseo, y las cenizas quedarán allí.
LA PASIÓN SEGÚN ELOY MARTÍNEZ Tomás llegó al periodismo en la provincia de Tucumán, donde nació el 16 de julio de 1934. Lo único que quería era escribir.
"Escribo desde los nueve años y no sabría hacer otra cosa. Es lo único que sé hacer desde que abandoné la carrera de Derecho en el tercer año y le dije a mis padres que me quería dedicar a la literatura.
"Mi padre me lo permitió con la única condición de que terminara la carrera de Letras en tres años, lo que resultó sin duda una hazaña porque en esa época había cinco Griegos y cinco Latines que me costaron mucho.
"Cuando me gradué mi padre me llevó al diario La Gaceta, de Tucumán, donde tenía unos amigos, para ver qué hacían con 'este inútil, que lo único que sabe hacer es escribir'. El periodismo era la parte útil de la escritura, pero al mismo tiempo era muy despreciada. Con el tiempo aprendí que los escritores más importantes de América, desde José Martí a Rubén Darío, se habían profesionalizado a través del periodismo", contaba el escritor.
LARGA ANDADURA PROFESIONAL Por la palabra, entonces, el inútil se volvió imprescindible para medios como el periódico de Guadalajara Siglo XXI, que ayudó a fundar, o El Diario de Caracas, que también puso en pie durante su exilio venezolano.
En una de sus últimas entrevistas, tuvo a bien delinear el espacio de poder que adjudicaba a sus colegas y él mismo:
"Ningún periodista en Latinoamérica tiene poder. Si juntas a tres o cuatro periodistas o editores de periódicos en México, cuyos nombres no diré, probablemente tengan un poder real, efectivo, un poder importante, pero no existe un poder omnímodo para un periodista en particular en nuestro continente.
"Yo he dirigido la revista Panorama, el periódico El Diario en Caracas, he ayudado a dirigir en su nacimiento el diario Siglo XXI, en Guadalajara, y nunca se me ocurrió que podía tener poder. Es más, los periodistas que trabajaban conmigo, mis editores, tenían sin duda más poder que yo", señalaba el periodista.
ENTRE SAGRADO Y PURGATORIO En la literatura, a flor de piel, los sentimientos de Tomás Eloy Martínez se encauzaban sin vértigo, pero también sin pausa, por el lecho de un río donde la memoria lleva y trae recuerdos de lo no vivido. Curioso tesoro el de un país, la Argentina, donde lo ausente, lo desaparecido, incluso lo que no se experimentó en forma de rotunda presencia, poseen la fuerza de una existencia perenne.
Así es Purgatorio, la última y prodigiosa novela de este narrador a punto de la historia emocional de su país natal, que tiene como personaje central a Emilia, una mujer de sesenta años que busca a su marido desaparecido hace tres décadas a manos de la dictadura argentina.
Su libro más literario -según él mismo definió-, es la memoria de los días aciagos de la dictadura, aquellos minutos de fiebre y sangre que Tomás observó desde un exilio voluntario, a la sazón el viaje desde una muerte segura ("No quería que me asesinaran delante de mis hijos") hacia un territorio donde la patria se sellaba a fuego en su pluma y corazón.
Deja huella
Maestro de periodismo, crítico de cine, melómano contumaz, guionista, ensayista y sobre todo escritor, Tomás ha publicado también los libros La novela de Perón, Sagrado, La mano del amo y Lugar común la muerte, entre otros; en todos ellos perfiló su máxima obsesión, víctima al fin y al cabo de sus propias ideas fijas.
"Imagínate el trabajo de un novelista: uncido a un asiento como un buey a un arado, de ocho a diez horas diarias delante de una computadora, para escribir sobre una misma cosa. Hay que estar completamente loco para alimentar esa obsesión constantemente. Uno está tatuado con esa obsesión, en verdad".