Escuché esta semana a un conocido locutor de radio leer lo que se publicó en el Diario Oficial el 23 de noviembre de 1910; por primera vez, decía, la prensa hacía mención de ciertos disturbios provocados por "disidentes en la ciudad de Puebla el pasado día 18 de noviembre", mismos que habían sido "aplastados por la Policía" sin que ello mereciera mayor preocupación oficial. Por la descripción y los detalles, quedaba claro que se trataba de Aquiles Serdán, y por la forma en que se describían los hechos, bien podría haberse tratado de la captura de cualquier narcotraficante de hoy en día. La nota oficial daba cuenta del hecho utilizando casi las mismas palabras con las que se describe a diario la lucha actual contra el "crimen organizado"...Me imaginé entonces que los lectores de aquella noticia de hace cien años habrían pensado: "Qué bien, la Policía controló la situación."
Un siglo después sabemos que no controló nada, sino todo lo contrario: la situación se salió totalmente de control. La Revolución -una de tantas, según los historiadores- había iniciado un primer movimiento que se prolongaría por más de diez años de desorden, robos, rapiña, asonadas, traiciones, cambio de jefes, líderes, caudillos...Todos contra todos mientras el pueblo -único y verdadero héroe- sobrevivía a duras penas y se creaba la leyenda de la Revolución Mexicana.
Cien años más tarde, en un mundo globalizado por la tecnología, en México seguimos oyendo que la "situación está controlada."
¿Se ha preguntado Usted alguna vez quién controla qué? ¿No es paradójico que el "crimen" esté "organizado" y las fuerzas gubernamentales de seguridad no? Las personas comunes y corrientes (algunas más corrientes y otras más comunes) no controlamos casi nada, o muy poco. No tenemos control de la economía o el cambio climático, ni del deterioro de los bancos de coral o de los desastres ecológicos y derrames petroleros; todo eso está claramente fuera de nuestras manos. Ni siquiera controlamos nuestra propia salud ya que no podemos estar seguros de la calidad del aire que respiramos o de si el agua que bebemos tiene, ya no digamos arsénico, sino toda clase de organismos unicelulares e impurezas que bien podrían ser entes extraterrestres que crecen dentro de nosotros y que se preparan para una nueva, más grande, terrible y devastadora Revolución. Y definitivamente tampoco tenemos ningún control sobre quienes nos gobiernan y nos dicen que toman decisiones en nuestro nombre, como aumentarnos impuestos y en general hacernos la vida más difícil, mientras se incrementan a sí mismos sus salarios y prestaciones. Sobre nada de esto tenemos control.
A cien años de distancia no podemos decir que en México las cosas siguen igual a como estaban entonces; lo primero que ha cambiado es el número de mexicanos que somos. También hemos hecho progresos en muchos aspectos, pero en muchos otros, la impresión de que seguimos igual o estamos peor es muy fuerte. La diferencia entre el sur y el norte de nuestro país es enorme; la cantidad de mexicanos en pobreza extrema, igual; el nivel educativo, que hace setenta u ochenta años se consideraba bueno, hoy es patético.
La vida moderna nos ha ido cercando, cerrando espacios o marcando mayores diferencias y en aras de la democracia y la libertad (de quienes tienen el control) cada vez se crean nuevos y más sofisticados mecanismos para controlarnos, desde el gobierno hasta de diversas corporaciones privadas: bancos, telefonía, medios de comunicación.
Por citar un ejemplo, recientemente recibí la llamada telefónica de una persona representante de una compañía constructora que tenía absolutamente todos mis datos personales: nombre, fecha de nacimiento, dirección, número telefónico (obvio) número de registro en el IMSS, monto de mi ahorro en Infonavit y años que me faltaban para hacer uso de un crédito hipotecario. Cuando le cuestioné cómo había obtenido toda esa información, me dijo que era de una compañía autorizada y contratada por Infonavit para dar asesoría...y que la información la había proporcionado esa institución...Me quedé muda...y la verdad, no me gustó ni tantito que mis datos anduvieran, como se dice, por ahí, a salto de mata en fibras ópticas, en manos y bocas de quien sabe cuántos "asesores-autorizados-por-Infonavit." ¿Pero acaso es algo que puedo controlar? ¿Cuándo autoricé yo la distribución generalizada de información privada y personal? ¿Cuántas personas tienen acceso a mis datos y cómo puedo saber si el uso y destino que les darán no pone en riesgo mi seguridad o la de mi familia?
Todo esto, lógicamente, abona al creciente sentimiento de estrés por la situación de inseguridad y violencia que vivimos. A duras penas tal vez, aún conservamos el limitado control del último espacio privado que habitamos: ahí nadie más que nosotros decide dónde y cómo nos acomodamos, qué fotos colgamos, dónde los libros y los calcetines, el orden de la cocina y los trastes. Ahí, independientemente del tamaño de la casa y los espacios, el refrán que dice "todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar" es absolutamente cierto. Se cierra la puerta y lo de adentro es mi mundo, mi espacio, mi reino y yo tengo el control. Bueno, no exactamente, siempre que pague a tiempo la luz, el agua, el gas, el teléfono.... Que las ventanas tengan rejas, y si se puede, una barda afuera con vidrio picado arriba. ¿Podré decir que más o menos tengo la situación bajo control?
Hay días en que literalmente siente uno que carga al mundo sobre los hombros o que al abrir un clóset, se le viene el mundo encima. Todas esas frases que suenan exageradas son la imagen de lo que sentimos, abrumados por todo lo que ocurre en el exterior y de lo cual no tenemos ningún control. Vivimos en un mundo pegado con chicle y sostenido por alfileres, agarrados de la espumosa esperanza que nos sostiene siempre, pensando que tal vez, alguien efectivamente tiene la situación bajo control y nos cuida. Ya lo dijo el presidente Calderón: "En México vivimos en paz..."