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Discursos que matan... o no dejan vivir

JOSÉ CARREÑO CARLÓN

Hay un sector político mexicano que permanece instalado en un discurso incendiario de eliminación del otro: el discurso que sataniza a los supuestos integrantes de la supuesta mafia que nos gobierna y que, dice, ha llegado el momento de acabar con ellos, frente al discurso también derogatorio contra el portador del primer discurso incendiario y que convierte a éste en un peligro para México.

Y hay otro segmento político -el supuestamente más interlocutor- enfrascado, sin embargo, en un intercambio de discursos denigratorios, dentro de una reñida competencia por establecer quiénes son peores gobernantes: los de la última década o los de diez años para atrás.

La sólida discusión abierta ayer en el New York Times sobre si en la historia de asesinatos de actores públicos en EU hay una liga entre discurso político y actos violentos de individuos desequilibrados, como se plantea que ocurrió con el ataque del sábado a la congresista Gabrielle Giffords, ha remitido al asesinato del presidente Kennedy en 1963. Y puede remitir al asesinato de Luis Donaldo Colosio en México en 1994, aunque ya se sabe que en los dos casos hay sectores de la población de ambos países genuinamente aferrados a hipótesis de complots o espuriamente activos contra los veredictos oficiales de solitarios perturbados.

Lo que es un hecho es que tanto en los años 60 estadounidenses como en los 90 mexicanos, así como al llegar a la primera década del nuevo siglo, en Estados Unidos y México surgieron "discursos tóxicos" frente a las respectivas olas reformistas de esos años: la integración racial de Kennedy, que calentó el discurso racista; las reformas salinistas que barrieron una serie de intereses y tabúes ideológicos en un proyecto que -para los afectados u ofendidos- "amenazaba" prolongarse con Colosio, y las reformas del sistema de salud de Obama, que polarizaron al país y generaron el discurso vitriólico sobre el supuesto corte comunista de las medidas del primer presidente con raíces afroamericanas.

- La violencia de a pie

Además de la conexión que se puede establecer entre "discursos políticos tóxicos" -como los llama el profesor de Princeton, Julián Zelizer, en el foro de discusión del Times- y actos violentos contra personajes destacados por parte de individuos al menos transitoriamente trastornados, está el hecho de que el discurso polarizador de los actores públicos sí tiene efectos directos de violencia entre militantes de a pie.

Así lo acredita el mismo Zelizer con la muerte de una serie de activistas locales por la integración racial en los 60. Y así podría acreditarse en México con las muertes de militantes de base de las fuerzas políticas polarizadas en todas las confrontaciones de la historia remota y reciente. La violencia verbal de los líderes, traducida a violencia física entre sus seguidores.

- Cultura política tóxica

En síntesis, sí hay efectos de comunicación cuando audiencias vulnerables, muy jóvenes, con menor escolaridad, baja autoestima o tendientes al desequilibrio emocional son influenciadas por retóricas incendiarias al grado de ser llevadas por los discursos tóxicos a cometer actos de violencia contra personajes emblemáticos de lo odiado o lo temido, o contra activistas de base.

La violencia verbal que ahora discuten en Estados Unidos -y que se adueñó también del debate público mexicano- alimenta una cultura disfuncional que convierte a oponentes en enemigos, infama al que disiente, rompe amistades, puede generar violencia física y hace imposible el diálogo político. Se trata de una cultura política tóxica, como escribe también el profesor Zelizer.

Y como en el viejo chiste de la diferencia entre guerrerenses y yucatecos, en la cultura política tóxica de México, podemos concluir además que el discurso incendiario de unos puede matar, y el discurso denigratorio de otros no deja vivir, y que ambos contribuyen al estancamiento que mantiene al país en proceso de descomposición.

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