A los 11 años Eugenio Toussaint ya transformaba sus sentimientos en música. Lo conocí en el Centro de Teatro Infantil, donde montamos "El traje del emperador", bajo la dirección de María del Carmen Farías. Sus hermanos menores actuaban en la obra (Fernando de paje, Enrique de primer ministro, Cecilia de dama de la corte) y él se hacía cargo de la música. En esa puesta, yo trastabillaba como segundo ministro. Dos años mayor que yo, Eugenio no parecía amateur. Fue el primer artista que conocí: concentrado, más cerca de su propio mundo que de los que estábamos ahí por accidente.
En mi calidad de primogénito, alimentaba la secreta fantasía de tener un hermano mayor. La ascendencia que Eugenio ejercía sobre sus talentosos hermanos se extendía a los demás. Desde un principio y para siempre nos reveló el misterio de la admiración, la rara certeza de que valorarlo nos haría mejores. Un hermano mayor.
Tal vez desde entonces le conferimos una responsabilidad desmesurada y agobiante, la de lograr siempre la excepción.
Virtuoso del piano, Eugenio se decantó por el jazz fusión. A los 21 años fustigaba las teclas como acompañante del contrabajista Roberto Aymes en el grupo Blue Note. En 1976 fundó Sacbé, con Enrique en el bajo, Fernando en la batería y Alejandro Campos en el saxofón. El nombre del conjunto aludía al "camino blanco" de los mayas y señalaba un rumbo vernáculo y cosmopolita, un jazz con sello propio.
Para quienes hacíamos el programa "El lado oscuro de la luna", en Radio Educación, Eugenio era un oráculo obligado, sobre todo en temas de jazz eléctrico. Evangelista de la disquera alemana ECM, que renovó el repertorio musical bajo el lema "El sonido más hermoso después del silencio", el pianista de Sacbé recomendaba selectos expedicionarios del sonido: el guitarrista Pat Metheny, el bajista Jaco Pastorius, el vibrafonista Gary Burton.
Su aprendizaje internacional se perfeccionó tocando con Herp Albert y Paul Anka, de quien llegó a ser director musical. Como su mentor Michel Colombier -Padrino del jazz fusión francés-, entendió que dominar un instrumento permite dominarlos todos. Hizo complejos arreglos de melodías que hubieran sido triviales sin su ayuda y, poco a poco, transitó hacia la música sinfónica.
En Estados Unidos su carrera estaba asegurada. Amante de los desafíos, regresó a México para acercarse tanto a la música nueva de Mario Lavista como a la recreación de sonidos prehispánicos de Antonio Zepeda.
Tino Contreras y Chilo Morán, pioneros de un oficio audaz, mostraron que México no es ajeno a la anacrusa. Sin embargo, para sobrevivir, el jazz oriundo ha necesitado de milagros, sitios evanescentes como Musicafé Dos e incombustibles profetas de la heterodoxia como Alain Derbez. Para no emular a los genios que se vieron obligados a vender su trompeta, Eugenio compuso jingles con un éxito que lo hubiera convertido en zar de la publicidad de haberse concentrado en esa tarea alimentaria a la que agregó creativa dignidad. Su sonido también saltó a la televisión en Suave es la noche, donde tocaba el piano y conducía una animada tertulia con Nicolás Alvarado.
Conocedor de pintura, vinos y comics, intervenía en los asuntos que lo apasionaban y oía a los demás con una sonrisa plácida. El leve movimiento de su cabeza sugería que, mientras tanto, también escuchaba una sugerente melodía interior.
En 1993 estrenó en Bélgica su épico poema sinfónico Popol-Vuh. Había logrado el cross-over más arduo, el de un artista pop que conquista las selectas cavidades de la música "culta". Pero ningún triunfo es definitivo. En 2006 nos encontramos en Tampico. En dos salas del mismo auditorio, fracasamos en retener a una audiencia que prefirió ir al homenaje a Sergio Lira, futbolista de nuestra edad que extrañamente aún merecía un partido como héroe de la Jaiba Brava.
Oí a Eugenio por última vez hace unos cuantos años, con motivo de una reunión de Sacbé. Su madre conservaba su belleza y la justificada admiración por sus hijos, su esposa Alicia mejoraba el concierto con su sonrisa, su hijo Jean reveló que había heredado el dinástico don de los Toussaint. Lo más impresionante fue la mirada de su hermano Fernando. Durante los solos de piano, los ojos le brillaban como si oyera esa maravilla por primera vez. Nos representaba a todos; era el público en el estrado.
Esa noche Eugenio bromeó acerca de lo que significaba pasar el ecuador de los 50 años: "más kilos, menos pelo". A continuación, tocó para detener el reloj.
El protagonista de El perseguidor, relato de Cortázar inspirado en Charlie Parker, piensa durante un solo de saxo: "esto lo estoy tocando pasado mañana". En un instante inagotable, el jazz descubre el futuro de la tradición. Uno de los grupos favoritos de Toussaint escogió un nombre que describe esa virtuosa alteración del devenir: Return to Forever.
Los grandes del jazz improvisan la eternidad. Eugenio Toussaint fue uno de ellos. Murió el 8 de febrero de 2011. Su piano y su memoria se quedan con nosotros.
"La música, misteriosa forma del tiempo", escribió Borges.