EDITORIAL Caricatura editorial Columnas Editorial

Este era un gato...

ADELA CELORIO

...con los pies de trapo

Y los ojos al revés...

Y mamá, no!, no empieces con esos cuentos, aburres a los pobres niños; me alecciona mi hija que es una madre moderna. Este extrañamiento es sólo un hecho más que viene a demostrarme que mientras mis hijos son hijos de su época, yo era sólo hija de mis padres, o sea, no soy apta para interactuar con mis nietos. Hace unos meses, una importante casa editorial convocó a un grupo de escritores para comunicarnos su interés en publicar cuentos infantiles que promuevan los nuevos valores. Yo, que me quedé en el gato con los pies de trapo... me pregunté seriamente: ¿Qué significa eso de nuevos valores? ¿Es que acaso no quedó todo claro con la declaración de Derechos Humanos?

Pensándolo un poco más concluí que quizá un nuevo valor sea la ecología. Hay que escribir cuentos que ayuden a los niños a entender los derechos del planeta Tierra, ese ser vivo que nos da cobijo y sustento, pero que es también la nave que compartimos con todos los seres humanos. Tal vez ese sea el único nuevo valor que se filtró tardíamente entre las rendijas de lo que fue la orgullosa civilización de las postrimerías del Siglo XX; y con el reconocimiento de los derechos del planeta Tierra llega aparejado otro valor "novedoso" que sería la tolerancia, imprescindible para evitar que estalle la nave que nos guste o no, compartimos los terrícolas. El color de piel y otras características étnicas congruentes con la geografía, el clima, la alimentación: asiáticos, africanos, europeos, americanos, tan diferentes en lo físico, en las costumbres, y hasta en las formas de orar; compartimos sin embargo los mismos requerimientos de dignidad, de amor y de paz.

Tal vez los cuentos para los niños de hoy tendrían también que revalidar valores perdidos como la ética, el honor, la solidaridad; que se traducen en calidad de vida, pero que han perdido vigencia en un mundo que desprecia todo aquello que no tiene un valor económico. Pensándolo bien, quizá escriba un cuento donde reivindique el valor del tiempo y el espacio necesarios para volver a honrar lo sagrado: los rituales de la vida y la muerte, el ritmo pausado que requieren el amor, la educación de un niño o la aparición de la primavera.

Hoy los chiquillos carecen de tiempo porque los artilugios que la tecnología ha puesto en sus manos los mantiene permanentemente ocupados. Y eso sin contar con la tele que los despersonaliza y los convierte en una multitud masificada sin capacidad para apreciar las pequeñas cosas en las que se sustenta la felicidad, como la armonía, el olor del pan, la hora del recreo o las buganvilias que escapan por las bardas de la ciudad.

Tal parece que a los niños de hoy ya casi nada los sorprende, todo les parece natural y se merecen más. Cada vez requieren más intensidad, no ven sino lo que iluminan los reflectores y sólo escuchan lo que les llega cargado de decibeles. Tal vez debamos escribir cuentos que resalten la importancia olvidada del pudor; que sin moralinas ni confesionarios de por medio, es un valor que habría que rescatar porque tiene que ver con esa parte sagrada que es nuestra intimidad.

Sacada la primera aceituna parece que las demás salen solas; ahora se me ocurre también que un valor esencial que habría que recuperar es la relación humana, el diálogo, la voz, la mirada, la cercanía con los demás. La conversación en la mesa, incluso las discusiones y enojos que forman parte de la vida. La cercanía con los demás y el reconocimiento del mundo que los rodea que es el único lugar donde se da la posibilidad del encuentro, del amor, de la experiencia real que está siendo desplazada por la visión hipnótica de las omnipresentes pantallas.

Y sin embargo, los padres modernos están convencidos de que educan a sus hijos en el realismo. Nada de cigüeñas ni fantasías. Al niño hay que hablarle con la verdad. Y como los niños ya no son sapiens sino videns, necesitan ver para creer. Tocan la pancita de mamá, ponen la oreja para escuchar al hermanito que viene en camino y reciben información puntual de todo el proceso.

Eufemismos como "tu pitilín, o "el pajarito" son inaceptables. Las cosas por su nombre. Palabras como sexo, pene y vagina son de uso corriente entre los chiquitos bien informados.

Ernes a sus nueve años ha participado ya en dos talleres de sexualidad, y cuándo pregunto si es necesario, sus padres me miran con una especie de asco. Nada de magia, ni de misterio, el imaginario de los niños lo llena el Hombre Araña, Rambo, Lady Gaga; y un mundo poblado de alienígenas que les dejan muy poco tiempo para conocer a su prójimo.

Estoy convencida, escribiré cuentos para los hijos de esta época, pero cuando sus padres no me escuchen, volveré a insistir con aquello de que "Este era un gato, con los pies de trapo y los ojos al revés ¿quieren que se los cuente otra vez?

adelace2@prodigy.net.mx

Leer más de EDITORIAL

Escrito en:

Comentar esta noticia -

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de EDITORIAL

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

Clasificados

ID: 622708

elsiglo.mx