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El alma desilusionada o pérdida de la esperanza…

En pleno invierno lagunero, de aquellos con aguanieve de los cincuentas, perdí mi abrigo…, de esos abriguitos que cubrían hasta la pantorrilla en cuya bolsa guardaba una caja de cerillos con un grillo que había atrapado la noche anterior. Tenía seis años y apenas aprendía el abecedario en un cuaderno descomunal que siempre estaba frente a nosotros. Fue, en aquella ocasión,- con la pérdida de mi abrigo…, tan protector, y la desaparición de mi grillo,- la primera vez que tuve la sensación de quebranto, la primera vez que sentí desilusión. Sin embargo…, me quedó la esperanza.

Hoy no he perdido ni mi abrigo ni mi grillo pero…, el dolor de aquel momento infantil retoca mi espíritu y lo alerta para constatar que padecemos frio por merma y me estremezco al apreciar que cunde por la atmosfera de la región, del estado y de la nación, una ingrata y desagradable sensación de pérdida y quebranto, de impotencia y rabia, de desazón y abandono… Percibo el alma de los laguneros desilusionada hasta el meollo. Sin defensa, el recuerdo de aquel momento infantil atrapa mi espíritu. Esa sensación de pérdida de la seguridad, me refiero a la seguridad sicológica, nos va llevando al sobresalto enervante, a la pusilanimidad canija y al estrés paralizante.

Pero, lo más decadente, lo más destructivo, es que esa impresión desquiciante nos va conduciendo de manera casi irremisible, a la pérdida del oriente individual y colectivo, y, lo más desalentador y destructivo es, que nos va arrastrando a la pérdida de la esperanza.

El alma de los laguneros…, caudalosa e indómita corriente de ilusiones…., de pronto comenzó a secarse, empezó a vaciarse como se desagua el Nazas después de una corrida esplendorosa que durante todo su trayecto anuncia y deja, con generosidad…, la prosperidad, la vida, la alegría y la pujanza.

Tristemente, en estos últimos cinco lustros y con más intensidad, en los dos últimos, nuestro espíritu y nuestra enorme voluntad comenzaron a vaciarse, a agotarse en un trayecto a la deriva, hacia la desilusión, hacia la resequedad del alma, hacia la desesperanza.

Perdimos en dos lustros la seguridad sicológica porque nuestra confianza la depositamos sólo en los gobiernos y en los bienes materiales y, olvidamos amarrarla…, sustentarla, también y principalmente, en los valores del espíritu, en esos principios esenciales que le dan armonía al alma individual y productividad y eficacia, al alma colectiva.

Me refiero a esos aburridos y lastrantes valores que por viejos y desgastados, escondemos entre los trebejos de lo improductivo, de lo económicamente infuncional; en el limbo de nuestro desprecio por lo añejo.

Despreciamos la responsabilidad, la entereza, la prestancia.

Abandonamos la garra ante nuestros propósitos individuales, colectivos y de la Nación.

Temblamos como gelatina ante la adversidad.

El miedo sofoca nuestra voluntad.

Desechamos la disciplina en lo leve y en lo aparentemente intrascendente e ignoramos que allí en esa fútil cepa es donde se anida el destino y la grandeza individual y colectiva.

Arrojamos a la basura el respeto en todas sus direcciones.

Nos casamos con las verdades absolutas de corte dogmático y despreciamos la verdad sustentable que preserva la armonía de la convivencia constructiva.

Despreciamos los usos que nos han dado nación y patria; enterramos las costumbres encarriladas en nuestras sanas tradiciones, que conforman la semilla de la moral, el germen de la ética: de nuestras etnias, de nuestras comunidades, de nuestra región, de nuestra nación, de nuestra patria.

Hoy en día percibo en mi espíritu la misma sensación de quebranto como la que viví cuando perdí mi abrigo, como cuando perdí mi grillo.

Sin embargo, como en aquella ocasión me queda la esperanza.

Comarca Lagunera.

José García Sánchez,

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