¿A qué jugamos?
A golpear a los hijos no sólo físicamente sino moralmente, desde que los metemos a guarderías porque hay que trabajar duro y que no les falte nada material, “Ahí el cariño como quiera”.
Jugamos a dejarlos ver la perniciosa televisión hasta que ésta, rápidamente los convierte en “conocedores” de la vida, cuando en realidad les llena de demenciales costumbres y basura su cabeza.
Jugamos a que ya son grandes y pueden valerse por sí mismos, a los niños los alentamos a ser “el gallo” alborotador de todos los gallineros y a las niñas, las dejamos meterse con cualquiera que llegue y les prometa sacarlas del infierno de sus padres y del hogar, las dejamos que se suban al auto de fulanos de sabe Dios qué costumbres, con tal de que no nos fastidien con temas propios.
Jugamos a competir contra todos, aunque esto implique criticar sin empacho alguno desde maestros, hasta nuestros propios padres, sin contar a amigos, amigas, vecinos, etc., sin darnos cuenta que toda palabra sale y regresa con todo lo que recogió en el camino.
Jugamos y muy sucio, a destrozar criticando a quien va por buen camino, estudiando y haciendo sus cosas de forma legal, a quien va hacia arriba diligente e industriosamente; a enviar a como dé lugar al compañero de trabajo al final de la cadena alimenticia del organigrama.
Jugamos a ser fieles y devotos de tal o cual religión, y al salir de la reunión o culto, pasan de largo ante nuestros ojos, los ancianos que piden ayuda, los animales hambrientos de la calle, los enfermos y toda clase de persona que represente una pérdida de tiempo a nuestra apretada agenda.
Jugamos a abandonar a nuestros padres y a apuñalarlos moralmente cuando; si somos adolescentes, nos salimos de la casa sin oficio ni beneficio, sólo para estar con la persona que nos promete hacernos felices para siempre o simplemente para darles en la torre por sus “estrictas” normas en el hogar y después, la segunda parte del juego consiste a hacerlos abuelos para, según esto, bajarles el berrinche de nuestro temprano abandono.
Jugamos a tener más que todos, así tengamos que pasar por el cadáver del prójimo.
Estos malévolos juegos por llamarle de alguna manera a estos comportamientos, y muchos más, sólo acarrean desequilibrio a nivel comunidad, con sus desastrosas consecuencias que generalmente resultan en lamentos para el alma de cada uno de los participantes.
Pareciera que nadie desea poner fin a esta inconciencia colectiva, pero sí queremos felicidad, mucha abundancia y que todo marche sobre ruedas, eso es posible, pero jugando esta vida de manera diferente: en armonía, con comprensión, tolerancia y sobre todo, despertando conciencias.
Ciudadano de Torreón.
Raúl Pérez.