Ha iniciado uno de los eventos más importantes del mundo futbolístico, la Copa América, cuya edición se celebra esta vez en Argentina, tierra de prosapia y pasión, donde el ser "hincha" de un club es mucho más que simple afición, convirtiéndose en todo un estilo de vida.
Para cuando usted, amable lector, haga favor de leer esta colaboración, ya se conocerá el resultado del equipo mexicano, golpeado por el escándalo de las sexoservidoras ecuatorianas y formado prácticamente al vapor. No será sencillo el trámite, sin embargo, para quedar eliminados de la justa sudamericana se tiene que hacer un papel no malo, sino ridículo, puesto que califican los dos mejores equipos de cada uno de los tres grupos y los dos mejores terceros lugares, ¿así o más fácil?
En fin, que la fuerza los acompañe y puedan realizar un digno papel en el certamen que ya ha visto al tricolor jugar incluso la gran final, quedando a un pasito de ceñirse la corona. Dudo sinceramente que en esta ocasión se llegue tan lejos, pero mientras ruede la pelota todo puede suceder.
En lo personal, tuve la inmensa satisfacción de estar presente en dos campeonatos de esta índole, el primero en Ecuador y el segundo en Uruguay, y créame que nada se compara al fervor de los fanáticos de aquellos lares.
En la primera incursión, en el año de 1993, nos tocó la sede de Cuenca, hermosa ciudad donde la gente es amable y risueña. Mi debut fue el partido entre Brasil y Perú, saliendo bien librado del compromiso. Posteriormente pité, para definir al ganador del grupo, el Brasil ante Paraguay, con claro triunfo de los amazónicos, teniendo el privilegio de ser felicitado, al término del encuentro, por el capitán guaraní, que no era otro que el inmenso arquero José Luis Chilavert.
En esa edición, México, de la mano de mi admirado doctor Miguel Mejía Barón, practicó un futbol vistoso y alegre, colándose hasta la final, donde perdió con Argentina.
Mi segunda participación fue en 1995, ya con experiencia mundialista, en Uruguay. Ahí arbitré Argentina contra Chile en la fase de grupos y, para sorpresa mía y de mis compañeros, fui distinguido con el honor de dirigir la gran final entre Uruguay y Brasil, en el mítico Estadio "Centenario" de Montevideo.
La verdad, fue como un sueño. Estar en el centro de la cancha del inmueble donde se jugó el primer Mundial; echar el volado con los capitanes, Dunga por la verdeamarelha y Enzo Francescolli por la celeste y saber que representaba a México, hacían que los escalofríos recorrieran mi espinazo.
El juego acabó empatado, y en la definición por penales Uruguay se coronó campeón desatando la locura y colmando de alegría a todo el país.
Ahora toca el turno a Francisco Chacón, a quien le deseo todo el éxito del mundo. ¡A hacer historia, mi querido Paco!
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