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La enfermedad de los celos

PALABRAS DE PODER

La enfermedad de los celos

La enfermedad de los celos

Jacinto Faya

Nunca los celos dejan el entendimiento libre para que se puedan juzgar las cosas como son; siempre miran los celosos con antojos de allende que hace las cosas pequeñas, grandes; los enanos gigantes y las sospechas, verdades, escribió Cervantes en su obra La gitanilla.

Y el literato Izarn-Freissinet anotó: Los celos son una confesión secreta que nos hacemos a nosotros mismos de nuestra inferioridad.

Los celos tienen grados de intensidad. El celoso puede sentir una agitación perturbadora, o bien ser abrazado por una agudísima alteración tan dolorosa que le conduzca a privar de la vida a quien le despierta celos, o a sí mismo.

Son, pues, una emoción enfermiza que oscurece la inteligencia y hace de sus meras sospechas verdades absolutas, aun y cuando la realidad indique lo contrario. Cervantes tiene razón: los celos no permiten la libertad de entendimiento. Quien los siente se convierte en un tirano, pues le quiere dictar a su pareja lo que debe hacer o no. Su tiranía nace de un profundo sentimiento de inferioridad: por más dotado que esté física e intelectualmente, en su más secreta intimidad piensa que no es lo suficientemente hombre o mujer, y que por ello su pareja estará siempre al acecho de alguien mejor.

El celado está obligado a rendir cuentas de dónde va, de dónde viene, qué hizo, y jamás deberá dar la más mínima señal o comentario de las prendas físicas de otro. También a reducir a cero el interés erótico por alguien más. El comentario de que tal hombre o mujer es atractivo, constituye un golpe devastador para la seguridad del celoso y una prueba contundente de las malas intenciones de su compañero.

Hay mujeres que pretenden convertirse en unas expertas detectives sobre los desvíos eróticos de su pareja: un cabello de color distinto en la camisa denota su infidelidad; a escondidas olfatean su ropa, plantean preguntas para comprobar los tiempos y rutas de su esposo a fin de constatar si hay desvíos que revelen escapes de su compañero, que siempre serían para ver a otra.

Y también sucede al revés. El autor de esta columna presenció cómo un amigo le reclamó a su esposa el tiempo que empleó en ir y regresar a una tiendita que estaba a dos cuadras de su hogar. La acusaba de haberse tardado más de lo normal, y que lo hizo para ver a su amante. Para terminar con los argumentos defensivos de ella, le dijo que él con anterioridad había medido los pasos, los minutos y segundos que se empleaban en ir y volver, incluyendo el tiempo de la compra y del pago, y que en ese caso no checaban las cuentas.

La persona celada pasa con frecuencia episodios de angustia expectante cuando sale con su pareja a algún sitio público o reunión. Ésta va creciendo hasta tomar la forma de un terror muy concreto, esperando sólo el estallido de ira y acusaciones que el celoso le imputa: flirteos, miradas obscenas, o silencios que él interpreta como un ensimismamiento en recuerdos o el anhelo de ver a otro. De pronto el celoso no puede contenerse, ni frente a la presencia de amigos o extraños, y el celado suma a su terror una profunda vergüenza; ha sido acusado, ultrajado, y ante todo ese bochornoso espectáculo se le dispara además una lacerante humillación.

En tal etapa el celoso carece de todo juicio, su entendimiento está bloqueado, sus figuraciones le parecen realidades. Humilla a su pareja y a la vez a sí mismo, pues su conducta revela un profundo sentimiento de minusvalía personal: cualquiera despierta un interés erótico en el celado, aunque esa verdad no esté sostenida más que por meras fantasías.

La escalada de celos es el ácido más corrosivo y destructivo que pueda verterse en una relación amorosa, y tarde o temprano terminará con ella. Además, las agresiones físicas y los insultos verbales son muy frecuentes en estos episodios, y es común que una vez pasada la tormenta de acusaciones y agresiones, el celoso se arrodille y le pida perdón a su pareja; que le llore y le jure que jamás volverá a suceder, lo cual no puede ser cierto pues se trata de una enfermedad, y al poco tiempo se repetirá ese círculo infernal.

El genial Shakespeare en su obra Otelo nos da una magistral descripción de esta enfermedad: La pasión de los celos es un monstruo que se engendra a sí mismo y nace de sus propias entrañas. Minucias leves como el aire son confirmaciones para el celoso; tan rotundas como si provinieran de las Sagradas Escrituras.

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