CALLE HIDALGO Y ZARAGOZA
Estábamos a principios de junio de 1907. En un vagón pullman de la línea del F.C. Central Mexicano, tres personas charlaban animadamente, consultando de vez en cuando el mapa de la República de México. Eran el ingeniero Armando Bornetti de Roma, el químico doctor Arturo Vaucresson de Zurigo y mi insignificante persona; todos teníamos amistad desde varios años”.
Con estas palabras empieza la memoria de su viaje por México, el periodista e investigador italiano Adolfo Dollero, cuando iniciaba su recorrido por la República Mexicana; empresa que les llevaría a los viajero realizarla, poco mas de tres años. Procedentes de los Estados Unidos, habían salido de Ciudad Juárez e iban con rumbo a la capital mexicana.
El autor del relato se llamaba Adolfo, Dionigi, Giacinto, Giacomo, María Dollero, nació en Torino, Piemonte, Italia, el 11 de noviembre de 1872. Fue hijo de Tancredo Dollero y de Ernestina Cane. Fue casado con María Luisa Paoletti, condesa de Rodoretto.
Durante el primer tercio del siglo XX, viajo por México, Cuba, Colombia y Venezuela. El fin de su viaje era el de conocer mas de cerca los países mencionados, en cuanto a su territorio, sus gente, sus costumbres y aspectos políticos y sociales. Su paso por nuestra patria la realizó de junio de 1907 al mes de agosto de 1910. Recorrió gran parte del territorio nacional y sus memorias y observaciones las dejó plasmadas en su obra “México al Día”, publicación realizada en 1911. De nuestro país dejó además otro escrito titulado: ¿El Problema Social, ha Sido o No, el Móvil de las últimas Revoluciones Mexicanas? De su estancia en Cuba, Colombia y Venezuela, dejó asi mismo algunos escritos relacionados con dichos países; entre las que se encuentran: Cultura Cubana, Las Simpatías de Cuba por Italia, La Provincia de Matanzas y su Eviolución, La Provincia de Pinar del Río y su Evolución, Cultura Colombiana, Apuntaciones Sobre el Movimiento Intelectual de Colombia, desde la Conquista hasta la Época Actual, 1930; Cultura de Venezuela Apuntaciones sobre la Revolución de la Cultura, desde la Conquista Excursiones, 1933; Italia y los Italianos en la Historia y en la Cultura de Venezuela.
La primera mención de Torreón, por Dollero, la hace de la siguiente manera: “…habíamos ya dejado atrás una ciudad importante: Chihuahua, y allá a lo lejos empezaban a delinearse los edificios de Torreón, ciudad industrial y nueva. En 1896, Torreón era un centro de escasa importancia, casi despoblado, mientras hoy en día era una ciudad con excepcional vida y llena de animación, que nos animaba a visitarla mas tarde…Hacía un calor insoportable…” Dollero y acompañantes siguieron a la ciudad de México y estuvieron por allá poco más de un año, tratando de conocer todos los sitios y lugares de interés de la capital y sus alrededores. Después siguieron a Querétaro, Guanajuato, Aguascalientes, San Luís Potosí, Tamaulipas, y Zacatecas.
De Fresnillo siguieron a Torreón. A donde llegaron a finales de noviembre y principios de diciembre se 1908. Hay que señalar que Dollero en sus memorias no es muy dado a señalar fechas, las menciona pero en forma muy esporádica y sin formalidad.
En ese año de 1908 y Torreón estaba cumpliendo 58 desde su fundación, como un rancho propiedad de Leonardo Zualoaga. Sin embargo y a pesar del tiempo trascurrido, su principal desarrollo lo alcanzó a partir de la década de los años ochenta, posteriores a la llegada del ferrocarril, que propició el arribo de una buena cantidad de inmigrantes, tanto nacionales como extranjeros. Torreón, Coah.
Para Dollero, la antigüedad de Torreón era de poco más de 10 años, y menciona que su amigo Bornetti, que había estado por acá a mitad de la década de los noventa, se quedó asombrado con el cambio inmenso, porque de “humilde aldea”, pronto se convirtió en una ciudad importante.
Las primeras apreciaciones de Dollero sobre Torreón, las expresó en la siguiente forma: “En todas partes se nota una apariencia americana; en las calles amplias y bien trazadas, en las casas construidas como las de las pequeñas ciudades de los Estados Unidos, en los almacenes que tienen grandes letreros siempre en inglés, en los restaurantes en donde se comen los platillos mas gustados de la nación inmediata y las sopas que parecen condimentadas con pomada y cosmético (olorosas), en los limpiabotas, que os hablan ingles y en las mil caras rasuradas por completo tanto de americanos auténticos como de mexicanos que los imitan”
Cabe decir que Torreón en ese tiempo abarcaba el perímetro delimitado por las calles de Viesca hacia el poniente, la Leona Vicario hacia el oriente, la del Ferrocarril (hoy Presidente Carranza) hacia el sur y la de Abasolo hacia el norte. Sus principales calles o avenidas estaban orientadas de oriente a poniente, cortadas por otras, cuyos nombres eran de personajes históricos o benefactores de la nación. Contaba Torreón con una diversidad de negocios y profesionistas, que hacían de la ciudad un centro sumamente atractivo para las transacciones comerciales de todo tipo. Sus calles aunque bien trazadas adolecían de la falta de pavimento, lo que ocasionaba que estuvieran siempre llenas de un polvo negrusco y se hacían intransitables cuando ocasionalmente llovía. Al respecto dice Dollero, que “Solo en una cosa Torreón no parece norteamericana; por el polvo que llena las calles y por la pavimentación de las mismas. No podéis quedar ni diez minutos con los zapatos limpios, el polvo lo invade todo, las banquetas, los almacenes, y el centro de las calles llenas de hoyancos. Cerca de la estación es tal la abundancia del polvo que el pie se sume, ya no es el polvo blanco que conocéis, sino un polvo negrusco muy fino…”
Los viajeros se alojaron en el hotel Salvador que ha decir de Dollero era un “verdadero palacio digno de una gran ciudad y provisto de todas la comodidades modernas:
luz eléctrica, timbres eléctricos, elevador hidráulico, baño, en fin todo el confort deseable. Nos parecía que nos habían trasportado a Nueva York o a Chicago”. Sin embargo dicho hotel no era el único que había, porque cerca de la estación del ferrocarril existían un buen número de hoteles y casa de hospedaje de toda clase y costo. Entre los que sobresalía el Hotel Francia, mero enfrente de la estación, en donde como en la bíblica Torre de Babel, se hablaban varios idiomas.
Al otro día de su llegada a Torreón, Dollero y acompañantes tenía pensado visitar varias fábricas y empezaron por la “Continental Rubber Co.”, que explotaba el guayule, pero el director estaba ausente y no se les pudo atender. De Allí continuaron a la fábrica de hilados y tejidos de algodón, “La Fe”, la cual contaba con 360 telares y 8, 200 husos con maquinaria inglesa muy moderna. Trabajaban en ella 500 obreros.
La Casa del Cerro ya estaba allí, al respecto dice Dollero: “A poca distancia de “La Fe”, un ingeniero americano (Wullf), tuvo la curios idea de fabricarse un bonito castillo verdaderamente pintoresco. Estaba construido sobre un peñasco enorme y lo circundaban verdes praderas artificiales; pero día y noche ensordecen los silbatos y el ruido de los trenes, y el polvo negrusco continuamente se acumula en las blancas paredes de esa moderna mansión…” Después de “La Fe”, los viajeros visitaron la Compañía Metalúrgica de Torreón, que a decir de Dollero era una “…empresa netamente mexicana con un capital cuantioso de cinco millones de pesos. Se funden minerales de cualquier clase con el sistema de los Waterjackets, hornos con paredes vacías en las cuales circula el agua. La fundición esta movida por vapor, pero tienen también un dinamo para producir la fuerza eléctrica.
Trabajan allí 1000 obreros aproximadamente y se pueden fundir cada mes como 27 toneladas de mineral.”
El recorrido de Dollero y acompañantes continuó, y se detuvieron en la fábrica de jabón “La Unión”, que producía: aceite de semilla del algodón, glicerina y jabón. Productos que según la opinión de Dollero, eran de muy buena calidad. Se trabajaba con un capital de un millón de pesos.
Después de ello, visitaron la fábrica de hielo que administraba el rastro municipal, cuya razón social era la de “Rastros de Torreón y de Parral, S.A.”, en donde se fabricaba hielo con “modernas y poderosas máquinas norteamericanas”; allí mismo en un anexo se curtían las pieles de los animales que sacrificaban y después de un tratamiento a base de arcilla líquida, eran objeto de exportación.
Dice Dollero que alguna de la carne que allí se obtenía se cortaba en tiras, se convertía en cecina, que se consumía principalmente por la gente de clase baja. Una vez terminada la visita, Dollero comenta que: “Al salir de la fábrica varios infelices, ciegos y mutilados nos esperaban para pedirnos una limosna. En aquellos días en Torreón, había muchos pordioseros, acaso por las tristes condiciones de la ciudad, empeoradas cada día mas por la crisis económica.”Muchos de aquellos menesterosos que deambulaban por las calles de Torreón, eran venidos de otras partes de la república, atraídos por la aparente bonanza existente en la región.
Sigue diciendo Dollero: “Eran casi las dos de la tarde y nos encontrábamos muy cansados… nos esperaba una sopa perfumada (olorosa), y una serie de platillos minúsculos con un poco de todo… Teníamos un mesero listo, con el pelo recortado en la parte posterior de la cabeza… en forma netamente… a la americana y un propietario del restaurante de raza teutónica… que a cada momento se acercaba para preguntarnos sonriendo si estábamos satisfechos con el servicio… a todo contestábamos:
Yes, yes, all right, y él se retiraba satisfecho…” Después de la comida los viajeros salieron a recorrer la ciudad que ya contaba con bonitos y hermosos edificios hechos de cantera. Sin embargo también abundaban las construcciones hechas de adobe y en menor cantidad de ladrillo cosido. Ya había en la ciudad varias sucursales bancarias, de los bancos: Nacional, Londres yMéxico, Minero, de Chihuahua y el de Coahuila, y con agencias el de Nuevo León.
Además funcionaba el Banco Americano, S.A., el Refaccionario de la Laguna, la Compañía Bancaria “Wah y Yick” y la de Crédito y Ahorros. Torreón contaba con una buena cantidad de restaurantes y fondas que ofrecían las más variadas viandas de platillos nacionales y extranjeros. El ramo de las cantinas y los expendios de vinos y licores era muy socorrido. La cerveza de Milwaukee alternaba con otras marcas nacionales y era ofrecida en algunos expendios de la ciudad; las cuales se ofrecían bien frías porque la ciudad contaba con su moderna fábrica de hielo; y no se diga de la gran variedad de vinos que por acá se vendían, de procedencia nacional y extranjera.
Por un dolor reumático que sufrió Dollero, esa tarde fueron a una farmacia americana, en donde vendían de todo, refrescos, dulces, juguetes, cilindros musicales, y claro que se preparaban las recetas solicitadas. Para lo cual expresó Dollero: ¡Costumbres norteamericanas!
Otro día Dollero y sus compañeros salieron rumbo a Saltillo yMonterrey en donde permanecieron algunos días, para posteriormente regresar a Torreón después de pasar por Parras y Viesca. Esta segunda vez solo estarían en Torreón de paso por lo que Dollero no hizo comentario importante al respecto. Solo que su amigo Bornetti, el siguiente día se fue a conocer una fábrica de ladrillos llamada, “Compañía Manufacturera de Ladrillos Areniscos, S.A., cuyo gerente era un alemán de apellido Hartmann, a quien conoció la noche anterior en el restaurante del otro alemán. Sigue…
Fuentes:
*.-Dollero Adolfo. “México al Día”. (Impresiones y Notas de Viaje). Librería de la Vda. de C. Bouret. París. México. 1911
*.-De la Torre Villar Ernesto. Tierra Anchurosa de Indios Mineros y Hacendados. Sidermex. Coahuila en los Inicios del Siglo XX.México. 1985. p.618.
*.-Baca y Aguirre. Directorio Comercial e Industrial de la Laguna. 1905-1906. Segunda Edición. Grupo Colorama. Torreón, Coah. 2006.