Mire usted: por estas carreteras uno respira, y esta tierra es de uno. ¿O a poco también nos orillarán a no transitar este país, encerrarnos, y que crezca aún más la paranoia, paisano...?
Neta yo respondería ni madres.
En estas tierras los atardeceres son rojos, amplios los cielos, y palpitan suaves los descampados que desdoblan carreteras por los largos desiertos. Por ejemplo, en la Zona del Silencio, en la junta de Durango, Coahuila y Chihuahua, los radios enmudecen por disque el magnetismo, y caen meteoritos granulosos más pesados que un balín, más pesados que el balín polvoso con el que jugabas de niño. Hazte de cuenta que vienes de Torreón rumbo al norte, y pasando la loma de Ceballos, giras a la derecha luego luego. Por allí cerca un día un tío se meó vestido. Cuentan que su jefe -que era mi abuelo, uno de esos viejos grandotes del norte, lo agarró allí mismo a manguerazos. Según esto lo habían acompañado por un ganado, iba también mi viejo, en esa troca que aún presumen, en los cincuentas el campo algodonero chorreaba billete, iban acá tranquilos, y mi tío se meó en los pantalones. Mi abuelo lo manguareo bichis en plena calle, allí en Ceballos, con el pulgar en boquilla para maximizar el chorro, y el sol nuestro que abraza se encargó de secarlo. Es más, aún ahora, uno se recarga al volante y nuestros cielos norteños se abren deslumbrosos, explotan, y si uno supiera de nubes se desgajaría con muchos nombres.
Pero ahora, en estos tiempos, resulta que agarrar la carretera en el país -dicen algunos, es más que mala idea. Con eso de que está afantasmado el panorama. Que las carreteras se quedan solas oscuras. Que con México tomado en su totalidad -dicen algunos, la paranoia se acrecienta, y el país se queda más solo, abandonado a sus anchas. Que la historia está convulsionada, eso ni para qué negarlo. No se trata venir a tapar el sol con un dedo. Pero de allí a que me pongas la pinche mano en la jeta, ¡y me digas alto!, y quédate en tu casita o lárgate al extranjero; ¡eso ni madres! Más bien exígele a los tres niveles de gobierno que se pongan media pila. Más bien, como ciudadanía, pongámonos media pila a exigirles a los ineptos que se marchen. Y no enconcharnos temerosos, encerrados viendo pasar la vida, eso ni madres, y lo digo porque allá a la vuelta está el prójimo colega, y es bonito llegar al pie de la carretera a su puesto, y degustar unos tlacuaches, acá, levantándole el meñique a la resolana, acá una salsita sabrosa aguacatosa y algo de limoncito pa' que amarre, en esta tierra norteña que en realidad tan bella.
Además, si uno necesita moverse de la A a la Z..., pues adelante colega, ¿o ni modo que qué?, ¿o no?; y si el pequeño detalle es que A es Torreón, y Z es Ciudad Juárez, pues adelante colega, a rasgar la línea recta de nuestro centro por 800 kilómetros..., ¿o no?; y, si el pequeño detalle es que uno carga con señora y cinco criaturas, pues adelante colega, a golpear el camino Jack, como escupiría la rola..., aunque usted parezca Combi de monjitas o Van escolar..., ¿no es cierto?
Y lo digo aunque uno ande encorajinado, eso que ni qué. A uno lo lastima el deterioro urbano. Uno llega a juaritos y los yunques desmoronándose, la ciudad decadente, y por más que uno busque no aparece el espíritu del Noa Noa, ese lugar de ambiente donde todo es diferente. Se queda uno encorajinado y frustrado con la endeble y corrupta institucionalidad; con la pujanza y el potencial de nuestras ciudades del norte, que en sus injusticias y problemáticas no ha sabido conducirse; con el trasiego duro, la lucha encarnizada, la merca que baja de la sierra para desparramarse por el desierto bajo los cielos interminables.
Precisamente ese coraje debe llevarnos a luchar por el país de regreso, el de las criaturas. Recuperar los espacios y exigir que la institucionalidad se ordene. El deterioro y la oscuridad sólo logran dispersión y extrañeza, rompen ciudadanía, nos sesgan con el prójimo. Por eso luchar buscando el país de regreso. Bajar de Divisadero a Río Urique, y acampar en sus bordes. Recorrer Samalayuca hasta escupir arena. Dejar a un lado el lamento de la historia descompuesta. Liberarse con todas las fuerzas. Encontrarse en los ojos del prójimo. Y quitarse las malas vibras de la cabeza uno..., y entonces salir de Torreón, tranquilo, después de las gordas de frijol con queso, a gusto..., acá más bien manejando y con la otra mano tragando gorda, el Sprite goteante entre las piernas, y por allí te vas, tranquilo, pasas por Brittingham, El Saucillo, Camargo de buen marisco y mejor beisbol, entre el ruido pesado de la legión escolar que te cargas, detenerte en alguna plaza entre los coloridos vestidos rarámuris que han bajado de la sierra con sus mejillas quemadas, y estar por allí, suave entre el ambiente, es más, hasta agenciarte otro Sprite goteante.
Lo digo porque bajo estos solazos se abrieron paulatinas las norias a fines del XIX o a inicios del XX, y se invitaron a extraños a fundarlas, a habitarlas, a crecerlas, como esos alemanes del Hotel Del Norte, en Delicias, de donde indirecta surgió una rama familiar que luego se volvió propia. Según cuentan hacían caldo de pollo remolineando el pescuezo. Todos esos pueblos fueron progresando, de la mano de advenedizos que descendían de los vagones a vagar en busca de un destino que se les mostraba. Nuestro norte poblándose. Mi abuela creció en Batopilas, la trajo en el vientre su madre viuda caminando por la sierra andrajosa desde Álamos hasta esa cañada de Batopilas que en su momento tuvo cincuenta mil habitantes, y que dicen fue la segunda ciudad con luz de todo el país. En un rincón me ha tocado ver la mesa de billar que envidiaría Versalles por su paño inmaculado. Bajo estos solazos el peso de la historia, el sudor del progreso, el orgullo latente e inasible, ese sitio de donde reposan mis esperanzas. Pero antes la aduana ineludible es limpiar a la legión de los ineptos. A las hordas de advenedizos corruptos. Y eso es la neta..., nada más. O, como dicen los tigres, es el canto a la conciencia, de un país que lleva a cuestas crisis que vienen y van, no es un canto de protesta, de derecha ni de izquierda, es la neta..., nada más.