Siglo Nuevo

Madres e hijas

OPINIÓN

Madres e hijas

Madres e hijas

Adela Celorio

No es fácil ser madre; si lo fuera, todos los padres lo harían.

Anónimo

Todavía tengo en mi mente el recuerdo de lo feliz que fui durante mi niñez. Cómo olvidar aquellos largos inviernos cuando con mis tres hermanas corríamos por el jardín de la casa con las caras enrojecidas por las bolas de nieve que nos arrojábamos. O cuando mi madre nos sentaba a mí y a mis tres hermanas frente al fuego trepidante de la chimenea mientras ella peinaba con un suave cepillo nuestras rebeldes melenas. O cuando nos ayudaba a disfrazarnos para que nosotras representáramos obras de teatro. O cuando mi hermanita menor tocaba el piano mientras mamá y yo nos poníamos a bailar. ¡Y reíamos y reíamos! ¡Ah!, qué época maravillosa. Aunque a veces nos poníamos tristes, cuando mamá se sentaba en una mecedora y nosotros la rodeábamos mientras ella nos leía las cartas de mi padre que se había ido a luchar a la guerra... ¿Pero cómo?, si mi padre nunca fue a la guerra, ninguna de mis hermanas tocó el piano jamás y en el estado de Veracruz, donde vivíamos, nunca se vio una nevada.

Perdón, me equivoqué, esa no era yo, era Jo la de Mujercitas. Como no tengo nada que hacer, acabo de pasarme una película de la infancia feliz que nunca tuve aunque si quito a papá y a mamá, para quienes primerizos e inexpertos resulté una especie de ensayo, se podría decir que mi infancia no fue del todo desgraciada. Jugué con muñecas, patiné, pedaleé mi propia bici a muy temprana edad; y podría haber sido casi feliz si mi madre no hubiera sentido la necesidad compulsiva de convertirme en una niña obediente sin conseguirlo jamás.

Otra de las obsesiones de mamá fue cuidar mi virginidad. Era la época en que la virginidad era el tesoro más grande de una mujer, y perderla significaba la deshonra máxima. Quién iba a imaginar que llegaría el momento en que no perderla es la deshonra. Pero no olvidemos que estoy hablando de cuando el cuerpo femenino era en sí mismo un símbolo de pecado. ¡Qué paradoja!, pensar que ahora el verdadero pecado consiste en no tener un cuerpo suficientemente atractivo y sexy para incitar a ‘pecar’.

Conmigo fueron demasiado estrictos, me reprimieron tanto que tuve que casarme para poder respirar. Pensé, ingenua de mí, que casándome podía tenerlo todo cuando en realidad tuve que hacerlo todo. Y antes de que pudiera darme cuenta en lugar de una madre a quien desobedecer tenía a cuatro amitos dándome órdenes, incluido mi Querubín, el hombre fuerte y viril con quien me casé pero que se desmayaba frente a un pañal con caca.

Sí, mi madre cometió todos los errores posibles en mi educación pero yo me prometí enmendarlos con mis hijos. Fui demasiado permisiva para no traumatizarlos como hicieron conmigo que soy un puro trauma. Me multipliqué para estar siempre presente y ser muy eficiente. “Sí, madre, conocías la letra pero nunca te aprendiste la música”, reclaman mis retoños, de lo que deduzco que yo tampoco lo hice bien. Ahora me doy cuenta de que por hache o por ve, las madres siempre seremos culpables. Si estamos poco porque los abandonamos. Si estamos mucho porque los sobreprotegemos... Estoy convencida de que aun nuestras cibernéticas hijas se equivocarán también, especialmente porque gracias a Freud y su psicoanálisis ya nadie pone en duda el hecho de que toda neurosis, psicosis, cirrosis, halitosis, trombosis, mononucleosis o personalidades múltiples, tiene su origen en la desatención o falta de aprobación de las madres. Se sabe de personas que se internan en una loquería por su propia voluntad porque no paran de oír en su cabeza la voz de su madre que les ordena: “¡Péinate!”.

Correo-e: adelace2@prodigy.net.mx

Leer más de Siglo Nuevo

Escrito en:

Comentar esta noticia -

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de Siglo Nuevo

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

Madres e hijas

Clasificados

ID: 671637

elsiglo.mx