El padre Soárez charlaba con el Cristo de su iglesia. Le dijo:
-Cometí una falta grave. Fui a llevar la comunión a un agonizante, y lo encontré lleno de angustia. Me dijo que temía ir al infierno. Desde niño lo amenazaron con esa pena eterna; le describieron los tormentos indecibles que sufrían los réprobos. Ahora que llegaba al final de su vida sentía terror de la muerte, pues podía llevarlo a aquel espantoso sitio de condenación.
-Y tú, Soárez, ¿qué hiciste? -le preguntó el Señor.
-Caí en culpa de herejía, -respondió, desolado, el padre Soárez-. Me incliné sobre él y le dije al oído: "Vete tranquilo, hijo. No hay infierno".
Sonrió el Cristo y le dijo:
-Ninguna falta cometiste, Soárez. Negar mi amor infinito, ésa sí es herejía verdadera. Aun mi justicia está llena de amor. No sé a quién se le ocurrió eso del infierno. Debe haber sido un gran hereje.
¡Hasta mañana!..