Tomo en los brazos a David, mi nieto más pequeño, y mis brazos se vuelven ramas florecidas.
Tiene ojos de espejismos este niño. Por la mañana son azul mañana; por la tarde te miran con mirada de mar verde, y en la noche recogen los misterios de la luz lunar. Imagino que cuando los cierra para dormir se cierra todo el mundo.
Juego con él, y me sonríe con los ojos. La vida, entonces, me sonríe también. En su sonrisa voy ahora como por un río sin años ni tristezas. Me sigue la mirada de mi nieto recién amanecido, y es igual que si me siguiera la mirada de Dios.
¡Hasta mañana!...