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Oda a la melancolía

ADELA CELORIO

"En pos de mejor dicha, paz, trabajo y fortuna; me voy de México" me confía un amigo reciente. Una amistad nacida de apenas algunos correos intercambiados en los que sin querer queriendo, él ha mostrado las profundas cicatrices de su alma. Nada procesa más rápido la cercanía emocional, que entrever en otro las mismas frustraciones, dudas, miedos. Esas ganas de tirar la toalla y gritar: "la vida es una perra"; que todos los melancólicos llevamos dentro. "Harto de la impunidad y la burla de tanto delincuente en el poder; de la inseguridad y la violencia que según estamos viendo nadie quiere parar; prefiero largarme. No me gusta cómo van las cosas, y si para colmo volviera a tomar el poder el PRI, yo no quiero estar aquí. Ya tuve la amarga experiencia y no la voy a repetir", dice mi amigo que ya prepara su autoexilio.

Comparto su enojo y su frustración; aunque no así, su intención de abandonar el campo. Comparto su ánimo melancólico porque sé por experiencia que a veces la vida se detiene abruptamente y nos deja en uno de esos callejones oscuros del alma en donde con mucho miedo miramos hacia atrás para contemplar el desastre en que se han convertido nuestros días. Nos lamentamos sin comprender y, como moscas que chocan una y otra vez contra el mismo cristal, nos dolemos de nuestra suerte y nos preguntamos cuáles fueron los caminos que nos condujeron hacia donde no queríamos ir.

En esos momentos se nos viene encima la brevedad de la vida. ¿Adónde se fueron los años? ¿Cómo fue que se rompieron nuestros sueños? Si tenemos suerte, aparece la conciencia y con ella "El sentimiento trágico de la vida" del que hablaba Unamuno. El melancólico siempre busca algo que ya perdió o que todavía no encuentra. Pese a los signos de insensibilidad y barbarie que padecemos; el alma existe y duele, y ni las fortunas que se aperran políticos y narcos y que les dan la oportunidad de elegir y poseer cientos de satisfactores y hasta de creer que eso es la felicidad; siempre llegará el momento en que tendrán que asumir la necesidad de aceptación y respeto, del amor y hasta de las caricias genuinas sin las cuales el alma muere de anorexia emocional.

Es claro que algo está mal en la forma de vida que nos hemos dado los mexicanos; pero ¿quién podrá corregir el rumbo si no lo hacemos nosotros mismos? ¿Quién si nuestros hombres se van?

Bien por el enojo y la tristeza que provoca en mi amigo la inconformidad con el estado de cosas lamentable, con la estupidez y tanto mal que padecemos. Estar incómodo, triste, sentirse desahuciado; afina nuestra sensibilidad adormecida y propicia el cambio. Sin ansiedad, sin turbulencias del corazón, sin un cuestionamiento activo del presente y el deseo de crear nuevas formas de ser y de ver; las cosas se quedan como están o empeoran. Cuando al fin aceptamos que las circunstancias nos han rebasado, reaccionamos con rudeza cuando en realidad lo que queremos es llorar. Lloremos pues y empecemos de nuevo porque al fin y al cabo, la vida que queremos no es simplemente lo que hemos elegido y hecho, sino lo que estamos eligiendo y haciendo, y todo estado melancólico es una gran fuente de inspiración. Los satisfechos nunca han cambiado nada. Conste que estoy hablando de melancolía y no de depresión que por el contrario sólo genera apatía, letargo, inmovilidad, indiferencia por la vida y finalmente la incapacidad de sentir gran cosa.

La depresión propicia el suicidio más sencillo que conozco y que consiste en dejar que los días pasen uno tras otro sin pensar en nosotros ni en los días. Consiste en matar las horas frente a la televisión o en huir por el camino del alcohol o cualquier otra droga. Bien por la melancolía de mi amigo que lo impele a abandonar los límites bien acolchados de lo previsible, para aventurarse en lo desconocido e incierto.

Siempre he creído que nuestra patria es cualquier país que nos ofrece la oportunidad de consolidar un proyecto personal, siempre y cuando estemos dispuestos a pagar con la moneda de la vida. Vete pues amigo Ote, al encuentro de un nuevo destino. Vete porque cuando la mente se niega a fluir con la vida y se estanca en las orillas, se convierte en piedra. Vete y lleva a otras tierras la gentileza y la caballerosidad de los hombres laguneros. Sorprende allá con el ingenio y la versatilidad de los mexicanos; y alegra tu corazón con la certeza de que en el pliegue de cualquier día, aparecerá una acogedora sonrisa que le dé sentido a tu exilio. Recoge los restos de tu personal naufragio y vete; pero vuelve alguna vez para constatar que más tarde que temprano; nuestro país rectificó el rumbo por la voluntad de quienes pese a todo; nos quedamos a empujar, a protestar, a exigir a nuestros mandatarios que respeten y obedezcan la voluntad de sus mandantes.

adelace2@prodigy.net.mx

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