"Nada hay tan veloz como la calumnia; ninguna cosa más fácil de lanzar, más fácil de aceptar ni más rápida de extenderse", dijo el romano Cicerón.
La calumnia es una acusación falsa hecha maliciosamente para causar daño. Una calumnia a una persona de bien, puede bastar para destruir su buen nombre para siempre. La calumnia, una vez extendida está en todas partes, en las lenguas y oídos de muchos, y por lo general, el calumniador cobarde no está en ninguna parte. El calumniador lanza a los cuatro vientos el dardo envenenado, mete el puñal en el vientre y sólo espera que se desangre el calumniado.
Shakespeare, en su obra Romeo y Julieta, escribió: "Quien me roba la bolsa, me ha robado una bagatela; poca cosa, nada. El dinero era mío, es suyo, ha sido esclavo de otros miles. Mas el que me quita el honor, me roba lo que no puede enriquecerle a él, y me hace verdaderamente pobre".
La calumnia pega en el honor del calumniado y le abre una herida, que aún cerrándose, deja siempre una fea cicatriz. La calumnia se origina en las más bajas pasiones del hombre: por lo general, su principal causa es la envidia, aunque también la produce la venganza. Cuando el calumniador abiertamente calumnia, la causa es una venganza o una envidia ya incapaz de contener; y cuando el calumniador se esconde para calumniar, es un envidioso o un malvado, y al encubrirse revela su cobardía.
La calumnia es una afrenta gravísima, pues su objetivo es destruir o dañar uno de los bienes más preciados del ser humano: el honor, honor que muchos prefieren a la vida misma, como sucede en el Japón y en muchas culturas del mundo. El honor es la cualidad que impulsa al hombre y a la mujer a conducirse con arreglo a las más elevadas normas morales. En la mujer es la honestidad y recato. En los hombres, el honor que es hermano de la fama, representa la buena reputación y el buen nombre que solamente se adquiere con la práctica de la virtud.
Shakespeare, en su obra La comedia de las equivocaciones, dice a través del personaje Baltazar: "La calumnia se transmite por herencia, y se hospeda para siempre donde penetra". Es tan inmensamente dañina la calumnia, que no respeta ni a los hijos del calumniado; a éstos, los marca con lo que se llama comúnmente un "estigma": marca a los hijos con un hierro candente, dejándoles como herencia una estela de desprestigio por el sólo hecho de haber sido hijos del inocente calumniado. La misma Biblia hace alusión a la pena que se transmitirá a varias generaciones.
Ante una grave calumnia, el calumniado padece de una serie de sentimientos y emociones.
Al enterarse de la calumnia, el acusado se queda perplejo y desconcertado; poco después, lo va invadiendo un miedo que casi siempre llega al pánico. Más tarde, experimenta odio, impotencia y deseos de venganza. Puede, a la vez, sentirse desamparado y lleno de vergüenza. En esta etapa, el calumniado grave puede llegar al suicidio o a la venganza más cruel. Por lo general, después de esta etapa de vergüenza e indefensión, lo invade la tristeza, pues sabe y siente que ha perdido su honor, o al menos, que su buena fama ha sido profundamente dañada.
Debemos alejarnos de todas aquellas circunstancias y personas que pudieran ser propicias para que se nos calumnie. Y jamás debemos calumniar a nadie, ni en la calumnia ligera ni mucho menos en la grave. Si calumniamos, adoptaríamos el papel de cobardes y destructores de las honras de otros. Cuando nos empiece a picar la lengua para decir una calumnia, de inmediato ordenémosles a los carceleros de nuestra lengua, es decir, a nuestros dientes, a cerrar los barrotes para dejar presa a la lengua, así como mandar sellar nuestros labios. Recodemos, que la honra propia y ajena, es en muchas ocasiones, más estimable que la propia vida.
Todo calumniador pretende desacreditar y deshonrar al calumniado. Este destrozador de honras se comporta con vileza dado su corazón malvado.
Cuando el calumniador lo hace descaradamente, el ofendido siempre queda con una herida. Hay una cierta ligereza en un alto porcentaje de los seres humanos, dada la proclividad a creer en las medias verdades y en las grandes mentiras.
La calumnia construida en base a medias verdades, es más fácil de penetrar en los corazones maliciosos y curiosos, de ahí la imposibilidad de poder refutarlos. El morbo y la curiosidad aceleran la velocidad de la calumnia y facilitan su aceptación.
Desgraciadamente, somos las personas seres tan indefensos, que una infamante calumnia pude destruir nuestra honra. Esta indefensión que padecemos, magistralmente la expresó Shakespeare en su obra maestra, Hamlet, al decir uno de sus personajes: "Aunque seas tan casto como el hielo y tan puro como la nieve, no escaparás a la calumnia".
¡Qué lastima, que nuestra buena reputación casi siempre dependa de quien no tiene ninguna!