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Para entender la sucesión (II)

Alfonso Zárate

Decía la semana pasada que la sucesión presidencial — en mi opinión, el fenómeno más fascinante de la reflexión política en México— se resolverá por la compleja articulación de distintos ingredientes. En primer lugar, el partido. La maquinaria político-electoral —su implante territorial, sus recursos, su cohesión y su capacidad para la operación política— suele ser decisiva. Un aparato con la capacidad para mover a sus clientelas a las urnas, como la “fuerza mexiquense”, pudo llevar a la gubernatura a un candidato gris, incluso repelente, como Arturo Montiel.

En nuestro precario sistema de partidos, sólo el PRI, por su origen como partido de Estado, tiene un verdadero implante nacional. Cuando se observa los niveles de participación electoral del PAN y del PRD en elecciones federales y para elegir gobernador, se hace evidente su insignificancia en algunas regiones, en las recientes elecciones de Coahuila, por ejemplo, el PRD logró apenas 0.95%, mientras que en las elecciones para gobernador de Tabasco de 2006, Acción Nacional alcanzó apenas 3.51% y en Guerrero, en enero, de este año obtuvo sólo 1.31%.

El segundo factor es el candidato. A la par del desdibujamiento del perfil ideológico de los partidos, se ha dado el ascenso de los candidatos: personajes susceptibles de ser vendidos como productos en la competencia electoral.

Pero siendo tan importante el candidato, su triunfo reside, en gran medida, en el soporte de una maquinaria electoral poderosa (Fox construyó una estructura paralela al PAN, Los Amigos de Fox). El binomio partidocandidato es clave para explicar los resultados.

Por ahora hay sólo tres aspirantes que pueden hacer clic con los electores: Enrique Peña Nieto, por el PRI; Andrés Manuel López Obrador por los partidos de izquierda, y Josefina Vázquez Mota por Acción Nacional.

Un tercer ingrediente son los saldos de los procesos internos de los partidos, que concluyen con la elección de su candidato presidencial. Las fracturas internas, el canibalismo, las imposiciones de las cúpulas partidistas de un candidato en detrimento de aspirantes con fuerza real, han contribuido de manera importante a la derrota electoral.

Una ruptura en la cima puede hacerle mucho daño al candidato triunfador: el fuego amigo suele ser más pernicioso que el de los adversarios externos. Por otro lado, si la militancia percibe que hubo mano negra y que le impusieron a un candidato ajeno o distante, lo reprobarán con su abstención, su voto nulo o, incluso, emigrando hacia un candidato de otro partido; esto podría ocurrirle al PAN si, contra toda evidencia y lógica, los grandes electores imponen a un aspirante que alcanza menos de 3% de preferencias entre la población.

Un cuarto ingrediente es la disponibilidad de recursos para, como decía la semana pasada, aceitar la maquinaria, comprar lealtades, orquestar guerras sucias. Hoy los partidos disponen de cuantiosos recursos provenientes de las prerrogativas; este 2011, el PRI recibirá para actividades ordinarias poco más de mil millones de pesos (31.97%), el PAN, 812 millones (25.28%) y el PRD 431 millones (13.43%).

Pero, además, están los recursos que aportan los aliados (el Partido del Trabajo y el Verde, por ejemplo) y mucho dinero que ingresa a las campañas de manera subrepticia y que, por ello, no es susceptible de escrutinio. Con gran ingenuidad, los promotores de la reforma electoral de 2007 creyeron que habían cerrado las vías para que carretadas de dinero de los contribuyentes tuvieran como destino final las tesorerías de los grandes medios, sobre todo, las televisoras.

Lo que ocurrió fue que incentivaron fórmulas perversas para ocultar el tránsito de esos fondos a los medios y a algunos “líderes de opinión” que venden como noticias lo que son arreglos por debajo de la mesa. Y está, también, lo que resulta un riesgo mayor, el ingreso del “dinero negro” del crimen organizado y lo que entraña: complicidades, pactos de protección, cargos…

Por lo pronto, en el PAN avanza el descarte. De los siete que eran nomás quedan cinco. En la próxima entrega seguiré intentando aterrizar los otros seis ingredientes que, en mi opinión, contribuyen a explicar la sucesión. Divergencias en Convergencia. Todo está arreglado para que en las próximas horas se concrete la artimaña: la conversión del partido Convergencia en Movimiento Ciudadano, un ardid para lograr dos objetivos: poner la estructura, sin reserva alguna, al servicio de López Obrador y acrecentar prerrogativas y posiciones políticas. El descrédito de la partidocracia se gana a pulso.

Presidente del Grupo consultor Interdisciplinario Twitter: @alfonsozarate

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