Quienes vivimos en zonas áridas estamos familiarizados con el término sequía, al cual asociamos con escasez de agua que se expresa a menos lluvias, sin embargo, parece que esa percepción no implica que conozcamos, o quizás, más bien que dimensionemos su significado y lo relacionemos con las actividades económicas, y en sí, con nuestra forma de vida.
Se entiende por sequía como un fenómeno asociado al clima, que se expresa cuando la precipitación anual que se presenta en un lugar es menor al promedio de la que ocurre en años anteriores, así, en una región como La Laguna se presenta una sequía cuando la precipitación que se presenta sea menor a los 250 mm que en promedio ha ocurrido durante los últimos años. Entonces, si durante 2011 el volumen de agua precipitado es menor a dicho promedio, será un año con sequía.
Las sequías son fenómenos climáticos recurrentes, como también son los periodos de precipitaciones elevadas, aunque en las zonas desérticas es más común que ocurra lo primero y no lo segundo. El problema que enfrentamos los habitantes de zonas áridas es que no hemos dimensionado estas condiciones que forman parte del ambiente en que vivimos y razonamos inversamente proporcional a esta realidad, a la cual queremos forzar y adecuar a la forma de vida que deseamos, es decir, hemos configurado una visión errónea del entorno natural en el que nos desenvolvemos.
Como habitantes del desierto debemos adecuar nuestra forma de vida a estas condicionantes naturales, a la disponibilidad de recursos existentes en estos ambientes, particularmente el agua como recurso limitado. Esto es lo que ha sucedido en el ámbito de la cuenca de los ríos Nazas y Aguanaval, particularmente en La Laguna, ya que ante la supuesta abundancia de agua disponible, quizás porque se le compare con otras regiones, utilizamos el recurso para promover actividades económicas y asentar poblaciones, pero no le ponemos límites a estos procesos al incrementar constantemente la demanda hasta empezar a abusar del recurso, y entonces surge la escasez del mismo.
Así, al iniciarse la agricultura de riego en la región con fines comerciales con la introducción del cultivo del algodonero en 1830, se percibía la abundancia del agua superficial de modo tal que se roturaron tierras hasta convertirla en un enclave económico que a su vez atrajo flujos migratorios que la poblaron; migrantes del centro y sur del país y de otras naciones conformaron la población lagunera a fines del siglo XIX e inicios del XX en torno al "oro blanco".
Las bonanzas y crisis de este cultivo a mediados de esta última centuria hicieron que se volteara a las aguas subterráneas y se les bombeara indiscriminadamente, para mantener el algodonero o reconvertir la agricultura hacia los forrajes y el ganado, duplicando la demanda de agua al extraer volúmenes similares a los disponibles en las presas, iniciándose un proceso de sobreexplotación que parece no tener reversa. De manera irresponsable, sea por desconocimiento preciso de los volúmenes disponibles en el acuífero principal o por conveniencia y complicidad deliberada se concesionó 700 millones de metros cúbicos a la vez de que se permitió extraer mil millones de metros cúbicos, cuando sólo se recargaba, según datos oficiales, la mitad de este volumen.
Adicionalmente a esto, la población crece y las actividades económicas se diversifican en las ciudades, incrementando esa demanda y agravando el déficit de agua, de modo tal que hoy el volumen disponible es insuficiente para satisfacerla, hablándose de escasez. La falta de previsión en la promoción de las actividades económicas y la expansión urbana han creado un cuello de botella que amenaza la salud pública, ante la cual los políticos que hoy toman decisiones se limitan, en correspondencia con sus horizontes, a proveer soluciones temporales, algunas de ellas cuestionables por el sesgo que implican al evadir la cuestión principal, o porque nos hace suponer arreglos que les generen beneficios, y no propiamente soluciones serias que beneficien a la ciudadanía.
Por su parte, los concesionarios principales del agua han reconocido el problema pero se encuentran en una fase de negación, se resisten a asumirse como parte de él y, por consecuencia se evaden su corresponsabilidad porque les representa ajustar sus actividades al agua disponible, algo que nos recuerda al conflicto sucedido hace algunos años de contaminación del aire, donde la principal empresa responsable de este fenómeno, al inicio se negó a ser parte del problema, pero cuando éste adquirió dimensiones internacionales tuvo que involucrarse en la solución.
La sequía también impacta la ganadería extensiva, otro ámbito en el que se ha promovido una actividad sin la debida responsabilidad; los ganaderos reclaman que se les mueren las reses cuando no han respetado los coeficientes de agostadero, sobrecargándolos con más ganado para producir más becerros pensando que los peladeros que provocan se van a recuperar solos con las lluvias del siguiente año, e introducir las reses sobre la base de años lluviosos y no secos. Pero tampoco han modificado los sistemas de manejo de sus predios para aumentar su eficiencia productiva sin deteriorarlos, sea por desconocimiento de tecnologías amigables con los recursos disponibles, desinterés u otra razón; lo cierto es que tampoco existen políticas públicas o los programas oficiales orientados a un uso sustentable de los agostaderos son insuficientes.
El asunto es que la llamada sequía es una preocupación antrópica que debe verse retrospectivamente, lo que implica primero que todo reconocer el abuso que se ha hecho en el manejo de los recursos naturales, buscar corregir los errores cometidos y no pretender soluciones agravándolos o paliándolos; en ambos casos, esto significa tomar decisiones de manera irresponsable, y este no es el camino hacia un desarrollo sustentable.