Imperio. De la nada Steve Jobs logró crear todo un gran imperio dentro de la tecnología mundial. Foto de arcivho.
Quien conozca la ciudad de San Francisco, California, y haya tenido oportunidad de viajar por Estados Unidos, no vacilará en admitir que se trata de la ciudad más hermosa de ese país. Nostálgicamente clásica y colonial, San Francisco es un accidente feliz en la geografía de EU.
Steve Jobs nació ahí, aunque la mayor parte de su vida la haya pasado en Sillicon Valley. Consecuentemente, su infancia, adolescencia y juventud estuvieron severamente influenciadas por todo lo que ocurría en su ciudad natal. El movimiento hippie, la apertura a la homosexualidad, el desarrollo de la psicodelia, la tolerancia hacia las drogas y un inusual respeto por la estética, tan inusual que desde siempre ha influido en los suicidas del Golden Gate.
Para cuando Jobs ya tenía edad suficiente como para apreciar la belleza, la región en la que vivía fue bautizada como Sillicon Valley. Le pusieron así debido a la alta concentración en la zona de empresas relacionadas con los semiconductores, la computación y la programación.
En ese contexto, los intereses de Jobs eran tan diversos como lo que ocurría en San Francisco. Abandonó la universidad, se empleó como programador de videos en Atari y reunió el dinero suficiente para emprender un viaje espiritual a la India. No había cumplido aún 20 años y él, en lugar de recibir lecciones de un catedrático, las estaba recibiendo de Buda.
Jobs amaba a Los Beatles y a todo lo que emanase de ellos. Y así como John, George, Paul y Ringo habían tenido alguna vez su etapa místico-existencialista, él no podía quedarse atrás. ¿Qué fue lo que le dijo Buda a Steve Jobs? Sólo ellos dos lo saben. Pero a su regreso a Estados Unidos, en 1974, Jobs se reencontró con Steve Wozniak, un antiguo compañero de escuela, quien le contó que estaba desarrollando su propia computadora.
A Jobs le gustaba la ingeniería, al igual que a John Lennon la música. Pero en el caso de uno y otro, ninguno poseía el talento natural para tales disciplinas. Cuando Jobs contempló aquella rudimentaria "tarjeta madre" que le mostraba Wozniak se imaginó un Pegaso. Había hallado a su Paul McCartney.
EL OSADO AJEDRECISTA
Jobs vendió un viejo minibús Volkswagen en el que se transportaba. Wozniak hizo lo propio con su computadora programable. Con ese dinero se encerraron en el garaje de la familia Jobs para diseñar el futuro. En 1976, en el Homebrew Computer Club de Palo Alto, California, Jobs y Wozniak presentaron la Apple I, una caja de madera con teclas que parecía el cajón de un lustrabotas. Osado y temerario a sus 21 años, Jobs llamó a su empresa Apple, en homenaje y afrenta a la primera discográfica que poseyó los derechos de las canciones de Los Beatles. Ambicionaba cambiar al mundo, como lo habían hecho sus ídolos en los 60, y hacer de éste un sitio más placentero y hermoso para vivir.
Convertido en millonario con muy pocos años, Jobs se lanzó a una cruzada que mucho tuvo de irracional. Pero no estaba loco ni mucho menos: con la prodigiosa mente de un ajedrecista se anticipó al futuro 20, 25 jugadas, y quiso dar jaque mate a un adversario cuya capacidad de predicción no iba más allá de la secuencia 12. Ni el mundo ni Apple podían jugar a tal velocidad y por ello fue expulsado de la compañía en 1985.
Tras su despido de Apple vendió todas sus acciones excepto una. Fetichista por antonomasia, Jobs se estaba asegurando así su boleto de regreso.
Emprendió otra cruzada, esta vez llamada NeXT Computer Inc., a la vez que se hizo de la compañía de animación Pixar. Fracasó en la primera; tuvo éxito en la segunda y, llegado el momento, en silencio reclamó el trono que había perdido. Con las acciones de Apple a la baja y Microsoft desafiante en la cresta de la ola, el consejo de la compañía llamó a Steve Jobs para que se hiciera cargo de la misma.
Y el propio Jobs ironizó acerca de ello cuando en el 2007, reunido junto a Bill Gates en el marco de la "D5: All Things Digital Conference", se refirió a Apple de la siguiente manera: "Apple es un barco con un agujero en el fondo que hace agua. Mi trabajo es mantener al barco navegando en la dirección correcta". La dirección correcta siempre estuvo al norte de Sillicon Valley.
LA MALICIA DEL GENIO
Jobs halló en la belleza de San Francisco una peculiar metáfora de la vida. Desde siempre, los suicidas que suben al Golden Gate para acabar con su vida, suelen hacerlo arrojándose del lado que mira a la ciudad. ¿Por qué no lo hacen del lado que mira al Pacífico? Acaso sea una forma absurda del reproche o meramente el deseo de decirle adiós al mundo.
Steve Jobs entendió como nadie que el mundo no sólo debía ser funcional sino también parecer hermoso. Incapaz de crear mecanismos funcionales, se asoció con aquellos que sí pudieran hacerlo. Y él se encargó sólo de embellecerlos.
Un buen amigo estaba emocionado cuando adquirió su primer iPod, y llegó a presumirlo: "No he visto nada más hermoso y maravilloso que esto". Y cómo podría haberlo si en ese diminuto aparato cabe la vida de una persona, sus caprichos, sus ideas...
A pesar de las cosas buenas que faltan por decir acerca de Jobs, siempre hallé un dejo de superchería en su personalidad: esa parte oscura que lo hacía lucir como uno de esos forasteros que llegaban a los pueblos a vender el elixir de la eterna juventud.
Fascinante como él solo, montaba su mesita en la plaza del pueblo y empezaba a vociferar acerca de las bondades del producto que sostenían sus manos. Poco a poco y lentamente, la gente comenzaba a arremolinarse a su entorno, ya no fascinados por la mercancía, sino por el forastero seductor.
Con su sudadera negra, sus jeans y sus tenis desgarbados, Jobs hipnotizaba al mundo con la promesa de hacerlo no sólo funcional sino también hermoso. ¿Pero por qué un hombre que se empeñó en embellecer la existencia, se vestía eternamente de una forma tan antiestética?
Aunque puede parecer insondable, no es tan difícil comprenderlo. Llegado el momento, Steve Jobs comprendió una paradoja en relación a los atuendos. Vestido como un estudiante de los 80, tan cool y desenfadado como eso, Jobs aleccionó al mundo con un giro de su soberbia. Quizá quiso decir: "Vestido así no luzco ni inmenso ni poderoso... Pero en verdad lo soy".
Y en verdad lo era. Tanto como lo fue John Lennon para Los Beatles, y tan trágico al mismo tiempo como él.
Mientras el mundo se embellecía a partir de sus designios, el cuerpo de Steve Jobs se pudría poco a poco a causa del cáncer. Y ni todo el dinero que reunió en su vida ni sus invenciones sirvieron para evitarlo.
Ignoro qué fue la última cosa que vieron los ojos de Steve Jobs antes de cerrarse para siempre. Pero creo tener una idea de lo que pasaba por su mente. Y lo que pasaba era una ciudad de ladrillos rojos, construcciones bajas, modos neocoloniales clásicos y una belleza incomparable. Sí, estaba mirando San Francisco.
Efe