Lo primero son las dimensiones. Con las fronteras de hoy Sudán ocupa el décimo lugar mundial en extensión territorial, alrededor de 2.5 millones de km2. Se trata del país más grande los 53 que conforman el continente Africano. Tiene medio millón de kilómetros cuadrados más que México, equivalente a toda España. Por población -alrededor de 40 millones- Sudán estaría en el lugar 33 de 194 estados-nación. Ahora seremos 195. El origen del conflicto es remoto. Cruzado por el Nilo, la antigua Nubia, con enorme influencia egipcia, fue cristianizada en el siglo VI. Sin embargo, el avance musulmán desde el norte en plena Edad Media -siglos XIII a XV- sojuzgó a los diversos reinos cristianos. La presencia y dominio egipcio y después inglés en el siglo XIX provocaron una primera rebelión independentista en 1881. Pero los sudaneses perdieron frente a los británicos y egipcios que se apoderaron del país en 1898.
El Sudán anglo-egipcio perduró por más de medio siglo. No fue sino hasta 1951 que el control quedó en manos totalmente egipcias. Dos años después el Partido Unionista Nacional ganaba las elecciones parlamentarias que conducirían a la declaración de la República de Sudán en 1956. Pero la construcción de una vida democrática le lleva tiempo a las naciones. Un primer Golpe de Estado llevó al general Ibrahim Abbud al poder por casi una década. Abbud sería sustituido también por la fuerza por el coronel Al-Nimeiri. En 1973 se promulgó una nueva constitución presidencialista, de partido único, el Partido Socialista Sudanés. Al-Nimeiri permanecería en el poder hasta 1985. Al año siguiente se celebraron elecciones multipartidarias que llevaron al poder a Sadiq al-Mahdi que cayó por un nuevo Golpe de Estado en 1989 que llevó al poder a Omar al-Bashir, actual dictador.
Pero debajo de esta historia política llena de tropiezos y que no es nada excepcional en el mundo, está la muy frecuente conformación arbitraria de estados- nación que amarraron por la fuerza -con regímenes dictatoriales o autoritarios- dentro de sus fronteras a seres humanos con convicciones religiosas y lecturas culturales muy diversas. Es el caso de Sudán con el norte musulmán y el sur con minorías cristianas (5%) y 25% de expresiones animistas de diversas etnias. Una diversidad religiosa y cultural así sólo podría encontrar cabida en una democracia altamente consolidada y dentro de un ambiente de tolerancia. No es el caso. Un estado-nación de ese tipo es un fenómeno no sólo político sino cultural, una excepción. La tolerancia está ligada a los niveles educativos, aunque tampoco son garantía. Las expresiones de intolerancia no desaparecen en los países desarrollados, sólo disminuyen. En pleno siglo XXI en la mayoría de los países de Europa hay expresiones violentas de intolerancia. Y qué decir de nuestros vecinos del Norte en relación a nuestros compatriotas.
La colonia inglesa al principio trató al norte y al sur de manera diferenciada, pero en los años cuarenta cambió de política y los conflictos se acentuaron. La impronta inglesa quedó bien grabada en el norte y la región se impuso al sur donde se encuentran las minorías religiosas, pero la mayoría de los recursos petroleros. Desde entonces el mal acuerdo de convivencia provocó dos guerras civiles con alrededor de dos millones de muertos. Se trata de uno de esos horrores a los cuales la humanidad se fue acostumbrando. El intento por sostener al gran Sudán surgido del capricho histórico costó ríos de sangre. De allí la relevancia del referéndum que inició este domingo. La división del gran Sudán podría poner fin al horror y dar cauce a un acuerdo de convivencia con trazos civilizatorios.
No carente de actos violentos el referéndum va adelante, lo cual es doblemente meritorio en un país pobre y con bajísimos niveles educativos. Todo indica que el movimiento independentista o secesionista encabezado por Salva Kiir obtendrá una abrumadora victoria y que el gobierno de Al-Bashir -asentado en Jartum- respetará los resultados. Pero no se trata de un desplante de buena fe de un dictador al cual se le puede responsabilizar de infinidad de actos de discriminación y represión que provocaron violencia y muerte. No, la esperanza de que la división ocurra de manera civilizada, sin violencia, está en parte basada en el rol de la comunidad internacional que tiene los ojos puestos en ese país africano. Sur y norte tendrán que convivir, por razones geográficas y económicas, va una: el petróleo está en el sur, pero la capacidad de refinación se encuentra en el norte.
Sudán importa, importa por los dos millones de muertos que están atrás; importa por el exterminio en 2003 de población negra en la región de Darfur; Sudán importa porque la sequía y hambruna del 85 no merecen olvido; importa porque la historia de represión religiosa y política es, junto al genocidio de Ruanda y los horrores de Milosevic en Serbia, una de las principales vergüenzas contemporáneas. Un mundo mejor pasa por Sudán.