C Uando un mandatario pierde la imaginación política y se refugia en el dogma de una estrategia fallida, la oposición debe -conforme a la máxima reyesheroliana- resistirlo, apoyándolo: tenderle puentes de plata para ayudarlo a salir del laberinto donde se interna y arrastra a la nación.
Algo de eso está ocurriendo con el presidente Felipe Calderón que así como una semana se inspira en Winston Churchill para acabar con el crimen, a la siguiente asegura que los únicos "shots" que, en esa guerra, recibe el turismo, son de tequila.
Podrán los intérpretes presidenciales justificar la primera desmesura, destacando el supuesto propósito motivacional del discurso; podrán justificar la segunda, subrayando el incisivo sentido del humor para atraer turismo. El resumen de una y otra expresión deja helada la conciencia: ofrece tequila con sangrita. Es la desmesura.
Por eso, la oposición debe presionar con firmeza al Ejecutivo no para doblegarlo, pero sí para obligarlo a asegurar la próxima elección presidencial, que, a la postre, es la única garantía para darle perspectiva al país, para relevar civilizadamente a su Gobierno y para replantear, después, los términos de la lucha contra el crimen con un costo humano y social menor al que hoy sangra al país.
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Tanta ha sido la obcecación presidencial en el enfoque policial-militar del combate al crimen que, cuanto más se cuestiona esa estrategia, más decidido se muestra el mandatario en llevar esa guerra hasta donde sea necesario.
Al cuestionamiento de esa estrategia, se responde con sorna a los sectores de la sociedad que se movilizan: ingenuos, si tienen otra opción, díganla; si quieren que esto se acabe, diríjanse a su alcalde o gobernador... El discurso no da más y, de ahí, se ha pasado al absurdo frente a Estados Unidos: combatan la droga, no la legalicen. Y lo peor, a cuatro años de iniciada esa guerra inconsulta, se toman medidas que debieron ser las primeras: contar las bajas; depurar y certificar policías; aplicar mecanismos de control de confianza en mandos superiores; tratar de integrar equipos.
Lo cierto es que, ahora, cuando el calendario anuncia el fin del sexenio y recomienda asegurar la elección del próximo presidente de la República y ensanchar los canales de participación ciudadana, se actúa como si el sexenio fuera eterno y se insiste en una estrategia para la cual ni siquiera alcanza el equipamiento, la capacitación ni el número de policías, soldados y marinos.
La oposición debería, entonces, involucrarse seriamente en el asunto para darle alternativas al mandatario que, por su empecinamiento, no puede abanderar. Si no rectificó cuando podía, menos lo va a hacer cuando el ajuste supone su derrota.
Tanto se aferró al dogma de su discurso y estrategia, que prefiere adentrarse en su laberinto que salir de él.
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Opciones hay, desde luego. De entrada, si el partido en el Gobierno no quiere acompañar a la ciudadanía en su reclamo de paz y seguridad digna, las oposiciones deberían hacerlo. No se trata de mandar contingentes a las marchas, sino de convocar a un periodo legislativo para atender la reforma política que garantice una mayor participación ciudadana en las decisiones de Gobierno y la reforma fiscal que garantice mayor margen de maniobra al próximo Gobierno.
Esa es una opción, otra es salir del falso discurso de que el Estado no pacta con criminales. Todos los Estados pactan con el crimen porque éste, quiérase que no, es un fenómeno que data de siglos y se administra pero no se elimina. ¿No pactó, sin cruzar una palabra, el Gobierno colombiano de César Gaviria con Pablo Escobar la no extradición y su entrega para recluirlo temporalmente en Envigado? ¿No pactó el Gobierno de Calderón, con boletín de por medio, con los secuestradores de Diego de Fernández de Cevallos para "facilitar" la negociación de su rescate?
Suena bien decir que el Estado no pacta con criminales pero, cuando se platica con militares, la negociación no la descartan de oficio. De hecho, algunos de ellos sirvieron de correos cuando se comunicó a los capos la creación del penal de alta seguridad de Almoloya. No supuso rendición alguna, ni dar carta blanca a las fechorías, sino establecer reglas de juego. Hoy, algunos militares ven una locura en la idea de acabar con los criminales, una aventura cuyas facturas terminarán pagándolas los hombres de uniforme.
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Hablar y reconocer esas negociaciones lleva a otra opción.
Declarar unilateralmente y por parte del Gobierno una tregua al combate del tráfico de drogas, pero no a aquellos actos criminales -extorsión y secuestro, fundamentalmente- que atentan contra la ciudadanía, poniendo fecha de inicio y término a ese armisticio y ver qué ocurre. Los criminales también saben de códigos y lenguajes. Agotado el plazo de la tregua, determinar lo conducente: reiniciar o no las hostilidades. Ver si esa tregua abre un espacio para la contienda electoral y conjura la posibilidad de que la justa comicial se convierta en un campo más de batalla. Imaginar que, en los términos de la estrategia actual, el crimen o cualquier otro poder atente contra un candidato presidencial supone condenar de antemano al caos el proceso electoral.
Ahí, hay otra opción que los partidos y los candidatos opositores podrían proponer al mandatario. Exige, desde luego, enorme entereza, gran arrojo y enorme generosidad política. Supone también un acuerdo entre el perredismo y el priismo para impulsar conjuntamente esa opción, comprometer a la administración y su partido y mandar la señal a la ciudadanía del interés por atender su reclamo y cuidar la democracia.
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Hay alternativas, por más que el jefe del Ejecutivo las niegue. Ensayarlas implica riesgos, pero no resignarse ante el peligro en que se está colocando al país.
Hablar de esas opciones expone a quien lo haga a recibir vituperios y descalificaciones, pero lo exime de ser cómplice de la estrategia que hoy sangra al país, aleja el Estado de Derecho y atenta contra la democracia.
Hay alternativas pero el presidente Calderón no las va a proponer porque está perdido en su laberinto y hay que sacarlo de ahí antes de que arrastre al país.
¿Qué dicen Enrique Peña, Manlio Fabio Beltrones, Humberto Moreira, Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard, Jesús Zambrano, Santiago Creel, Josefina Vázquez Mota, Gustavo Madero? ¿Cuál es su postura? ¿O es que también les gusta el tequila con sangrita?