Un clásico de perros
Pocas películas logran condensar de forma tan acertada en una anécdota la tensión de determinada sociedad en un momento histórico preciso; entre esas cintas encontramos la emblemática Tarde de perros.
Brooklyn, Nueva York. Tarde de un caluroso día cualquiera de 1972. Tres sujetos charlan en un vehículo estacionado afuera de un banco que está a punto de cerrar. Esperan a que salgan los últimos clientes. Por fin, deciden entrar. Se separan y cada uno se coloca en lugares estratégicos. A una señal, descubren sus armas de fuego. “¡Quietos! ¡Nadie se mueva!”.
El plan parece fácil... pero no lo es. Lo que inicia como un robo terminará convirtiéndose en un espectáculo grotesco en el que se desnuda a una ciudad con todas sus contradicciones. Tarde de perros (Dog Day Afternoon, 1975), de Sidney Lumet (quien falleció el pasado 9 de abril), cuenta esta historia aparentemente simple ocurrida en las entrañas de una sociedad compleja.
LA REALIDAD ES LA TRAMA
El argumento de la película está basado en un hecho real: el asalto al Chase Manhattan Bank de la avenida P en Brooklyn, ocurrido el 22 de agosto de 1972. Sonny (Al Pacino), Sal (John Cazale) y Stevie (Gary Springer), tres delincuentes inexpertos, se asocian para cometer el atraco. Pero el plan va mal desde el principio cuando Stevie, presa del miedo, decide ya no participar en el robo y sale del banco. Las puertas se cierran. Dentro quedan las empleadas, el guardia de seguridad y el gerente, a merced de dos nerviosos asaltantes.
Los problemas continúan cuando descubren que la bóveda está casi vacía. Tras extraer el dinero de las cajas, Sonny, líder del ahora dúo criminal, prende fuego al libro de registros en un cesto de basura. El humo que sale de las rendijas del local alerta a un ciudadano, quien se acerca a revisar qué sucede. Minutos más tarde llega la policía, que coloca un cerco frente a la entrada del establecimiento. Luego aparece la prensa y un montón de curiosos. Inicia la negociación por la liberación de los rehenes... y comienza el espectáculo.
Conforme pasan los minutos, la tensión dentro y fuera del banco crece, al igual que la simpatía de los rehenes y los espectadores por Sonny, quien revela sus motivos para perpetrar el atraco y detalles de su escandalosa vida privada. Tras un intento fallido por penetrar en el lugar, la policía es relevada por el FBI en el acuerdo para liberar a los rehenes. Los maleantes piden un avión para salir del país. La autoridad se los concede. Aunque de manera insólita logran llegar al aeropuerto, Sonny y Sal nunca podrán abordar la aeronave.
ENTRE EL THRILLER Y EL CINE SOCIAL
Si bien el argumento central de Tarde de perros es el de un thriller policiaco, la película resulta ser mucho más que eso. La cinta de Lumet condensa en un hecho aparentemente anecdótico la realidad de la sociedad neoyorquina de principios de la década de los setenta. El edificio y sus alrededores se convierten en un microcosmos en el que se desenvuelven personajes prototípicos, participantes involuntarios de un experimento espontáneo ocurrido en el inmenso laboratorio social que es la ciudad.
Sonny y Sal representan a los hombres que ante la urgencia económica y la falta de oportunidades -y de principios- no encuentran otra salida que la de convertirse en delincuentes. La empatía de los empleados del banco hacia los asaltantes se desprende de la precaria situación de los primeros, quienes admiran de los segundos la osadía que a ellos les falta para romper con su asfixiante rutina y superar así la gran paradoja del trabajador bancario que maneja cantidades de dinero que él nunca podrá poseer.
Cuando los medios de comunicación hacen su aparición, el escenario adquiere otra dimensión, la del espectáculo. Sonny ya no sólo se tiene que preocupar por la policía, ahora tiene que cuidar su imagen, su discurso. “¿Por qué no consigues un empleo?”, le pregunta un reportero por teléfono. “¿Haciendo qué? Para eso tengo que pertenecer a un sindicato. Sin tarjeta del sindicato no hay trabajo”, responde. “¿Y por qué no consigues un empleo no sindicalizado?”, insiste el periodista. “¿Cómo cuál? ¿Cajero de banco? ¿Sabe lo que ganan? No mucho, empiezan con 115 dólares semanales ¿Se puede vivir con eso?”. No... y hasta los hacen rehenes.
El desafío a la autoridad que constituye el acto de Sonny y Sal encuentra eco en el público que desde la calle presencia los hechos. Casi un año antes en la cárcel de Ática, en las afueras de Nueva York, ocurrió un motín que fue severamente reprimido por la policía con un saldo de cuatro decenas de muertos, entre prisioneros y guardias. Al grito de “¡Ática! ¡Ática!”, Sonny recibe una ovación que deja a los gendarmes estupefactos. Los ‘malos’ son ellos, no los ladrones.
A lo anterior se suma otro ingrediente. Sonny está casado con una mujer y tiene hijos, pero además está ‘casado’ con Leon Shermer (Chris Sarandon), un homosexual que desea practicarse la operación de cambio de sexo. Su pareja quiere complacerlo dándole el dinero para que cumpla su anhelo. Este es el motivo del asalto. El morbo y la mofa entran en escena. El escándalo dispara la audiencia. Y entre la multitud aparece un grupo de activistas gays para quienes Sonny también es un héroe. El descontento colectivo, la represión y la discriminación forman el caldo de cultivo en donde surgen este tipo de fenómenos catárticos propios de las sociedades urbanas contemporáneas. Luego de la catarsis, claro, todo seguirá igual.
LEJOS DEL ARTIFICIO
Uno de los mayores aciertos de Tarde de perros es el guión, elaborado por Frank Pierson a partir de fuentes periodísticas con las que reconstruye reflexivamente los acontecimientos de aquel aciago día. La gran labor de Pierson fue premiada por la Academia con el Óscar al mejor guión original.
Por su parte, Lumet despliega con sobriedad sus recursos a lo largo de toda la película. Sin artificios, el director deja que sus piezas se desplacen en los escenarios con una naturalidad atípica en el cine norteamericano. Los movimientos de los actores no parecen ensayados; por el contrario son torpes, burdos, como seguramente fueron los de las personas a las cuales encarnan. El desconcierto es el leitmotiv del filme. Todo parece salirse de control... salvo el final.
El nulo efectismo y la ausencia de música en prácticamente toda la película (sólo la secuencia inicial va acompañada de la canción Amoreena de Elton John y Bernie Taupin) hacen recaer la tensión dramática en las actuaciones, entre las que resalta la de Pacino. Su nerviosa y estresante interpretación, siempre al borde de la violencia, le valió una nominación al Óscar como mejor actor. Destaca también el desempeño de John Cazale en el papel del perturbado y patético Sal.
Dos virtudes técnicas de la cinta son la fotografía y la edición. La primera corre a cargo de Victor J. Kemper, quien con pulcritud y precisión logra imprimir esa sensación de realismo que prevalece en el filme. En la segunda, el trabajo de Dede Allen contribuye de manera determinante en el ritmo in crescendo que demanda la historia.
Tarde de perros es una película imprescindible para tratar de entender la realidad social de la Nueva York de hace cuatro décadas. Pertenece a ese tipo de cine que funciona no sólo como espejo de la sociedad, sino como herramienta de análisis de la misma. A ese cine del que surgen los clásicos.
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