Al atravesar la línea fronteriza miró blancas cruces por todos lados y supo entonces que había llegado a México. Le había sido proporcionada una tanqueta dejando su nuevo trineo encargado en un viejo garaje. Le advirtieron que las carreteras no eran seguras. Si alguien lo hubiera visto en el vehículo militar hubiera notado lo estrafalario que resultaba el gorro, el traje, el cinturón y las botas. No obstante hace un año había sido asaltado por unos truhanes que en menos tiempo que canta un gallo lo atraparon despojándolo de su trineo llevándose sus renos con rumbo desconocido.
Dejar a los niños sin regalos le parecía a Santa un crimen de lesa humanidad. Por eso se dio a la tarea de conseguir un medio de transporte que fuera rápido y seguro. Alguien le sugirió un helicóptero, lo desechó dados los antecedentes. Además necesitaría escaleras para alcanzar la boca de las chimeneas, para lo cual hubo de ir al heroico cuerpo de bomberos de la localidad. Recordó que tiempo atrás lo había ayudado el comandante Fita, en el Torreón de antaño. Eran tiempos tranquilos, noches en que uno se podía encaramar hasta el techo de las viviendas pisando sobre las vigas sin temor de oír los reclamos de los vecinos.
Ahora todo era diferente. Apenas la escala era apoyada en la falda de la pared cuando la melancolía se apoderaba de su espíritu siempre abierto para captar los sentimientos del pueblo llano que vivía en los andurriales de las grandes ciudades, lamentándose de su pobreza extrema y del hambre de esos seres desamparados, a los que políticos mercachifles ofrecían cada vez que se acercaban elecciones, poner todos sus esfuerzos para mejorar su marginación social, pero que una vez electos, lo olvidaban dedicándose a una vida de disipación y francachelas. Al término de su gestión, como una burla, pedir perdón a esas masas desheredadas "por no haber sabido sacarlos de su depauperación social". Hipocresía que no lograba borrar los excesos de un brutal enriquecimiento. Que esa ha sido la eterna historia de este país. Un pueblo hundido en la miseria más absurda, por un lado y por otro, políticos enceguecidos, hartos de hacer negocios al amparo de su impunidad o de plano metiendo groseramente la mano en los recursos públicos.
La tristeza compañera de la pobreza. Hace días fui espectador involuntario de la muerte de un teporocho, redrojo de seres que pululan alrededor de una piquera de los que se ha apoderado el vicio del alcohol, al que según el médico legista el hambre y el frío hicieron lo suyo, nada menos que en la noche en que nació el redentor: la Nochebuena. La humanidad ni tan siquiera se acongojó. Pasó por la vida sin pena ni gloria. Terminó sus días, rígido, abotagado, en un rincón callejero. Su llegada al mundo no fue afortunada. Vivía, si eso es vivir, en un cuarto que servía a la vez de baño, sala, comedor y recámara a los padres y ocho hermanos más, donde reinaba la promiscuidad más absoluta. En su juventud se dedicaba a la industria del ladrillo. Después ya no, cuando acompañó al 'máistro' a llevar un pedido a una colonia de ricos. Desde entonces empezó a beber.
A este mundo de injusticia social llegaba Santa, tratando de alcanzar una ventana para impulsarse hasta la tronera por donde entraría a dejar paquetes. En eso estaba cuando escuchó disparos, cuyas balas zumbaban en rededor. "Por Dios, soy Santa" gritó. En eso estaba cuando escuchó un tropel, eran sus renos mágicos encabezados por Rodolfo, el de las narices rojas, estirando su trineo. Como pudo se encaramó en él. Abajo seguían las descargas. Para su sorpresa, los disparos los hacían los dueños de la casa, pretendían evitar que llegara a colarse, pues se decían partidarios de los Reyes Magos, (como si éstos le pelearan la predilección popular). El Santa Claus es una figura gringa, decían, ajena a nuestras tradiciones. Arbolitos de Navidad, puaf. Lo nuestro son los nacimientos, las posadas, las piñatas de siete picos, las colaciones y los ponches. El 'entren santos peregrinos', después de la procesión de los vecinos, con velas encendidas en las manos y cantando las letanías. Fuera de aquí, no queremos al tal Santa no es de los nuestros. Además esa barriga no es normal, es la de un hombre regiamente comido, que contrasta con un pueblo muerto de hambre. La estrella de Belén dirige a los pastores a un raído pesebre no a un hotel de cinco estrellas. Y siguieron echándole de tiros.