La joven de la perla, 1665-1667.
Vermeer: el maestro de la luz
A tres siglos de distancia las pinturas de Vermeer siguen causando asombro entre el publico. Su estatus de leyenda crece y aunque sólo sobreviven poco más de 30 obras de su autoría es un pintor imprescindible en el arte de Occidente.
EL HOMBRE Y SUS BATALLAS
Si damos un vistazo a la historia de la pintura holandesa nos encontramos con firmas apabullantes: Rembrandt, Brueghel, Bosch, Rubens y Van Gogh, entre otros. En la cumbre de este selecto grupo destaca Johannes Vermeer (1632-1675), cuyo legado es universalmente reconocida y admirada.
Después de que murió su nombre cayó en el olvido por dos siglos y fue rescatado por los impresionistas. Desde entonces, alrededor de su creación se ha producido un torrente de libros monográficos, artículos, estudios académicos, homenajes literarios y exposiciones. Sus escasos cuadros autentificados son joyas museográficas (el propio Hitler se jactaba de poseer varios). Las pocas retrospectivas que se han hecho de su obra han abarrotado museos.
El hechizo de su pintura llegó incluso al cine con la película La joven del arete de perla (Peter Webber, 2003) protagonizada por Scarlett Johansson y Colin Firth, que puede ser una buena referencia en torno a la vida y los tiempos del neerlandés en tanto que nos ofrece una hermosa reconstrucción de su época. Pero el filme llena con drama la historia personal de la que en realidad se tienen muy pocos datos, todos ellos encontrados en actas administrativas y manuscritos legales. Podemos imaginar a Vermeer a través de los documentos que dejó en 1675, el año de su muerte, mismos que nos hablan de un hombre de 43 años, artista pobre pero respetado, acosado por las deudas. Tenía 11 hijos y vivía en casa de su suegra en Delft, una ciudad eminentemente comercial que en aquellos años tuvo su esplendor pero en 1675 estaba atrapada en medio de una gravísima crisis financiera. Vermeer era conocido por haber estado al frente del gremio de pintores y no extraña que se apreciaran sus cualidades como administrador, pues supo mantener una familia numerosa teniendo ingresos francamente precarios.
Hacia fin de año su situación era desesperada. El 15 de diciembre cayó gravemente enfermo y murió en el transcurso de un día. Su esposa declaró que la angustia por la bancarrota financiera mató a su marido. Para saldar las deudas que dejó a su muerte, todos sus bienes fueron vendidos a través de un fideicomiso que estuvo a cargo del eminente científico Anton van Leeuwenhoek. Con tales datos podríamos decir que el milagro de su pintura se da en doble partida por las cualidades intrínsecas de sus lienzos y las complejas circunstancias en las que fueron creados. Una existencia difícil y una obra luminosa: no podía ser más humano.
EL ARTISTA Y SU TALLER
Durante el siglo XVII Holanda fue la nación más prospera de Europa. El arte producido en este periodo fue financiado por comerciantes calvinistas que preferían las pinturas de género (retratos, paisajes, naturaleza muerta y escenas cotidianas) por encima de las religiosas. El mercado era vertiginoso y el autor que no tuviera suficiente popularidad (como Vermeer) o pasara de moda en vida (Rembrandt, por ejemplo) se veía en serios aprietos económicos.
Vermeer fue hijo de su tiempo y compartió las características de sus coetáneos como Carel Fabritius o Pieter de Hooch, que se inclinaron por cuadros de dimensiones relativamente pequeñas y cultivaron una soberbia técnica. Estaban lejos de las discusiones filosóficas de los pintores italianos, eran creadores que no hablaron más que en los términos puros de su ejercicio pictórico.
Vermeer se integró como artista profesional al gremio de San Lucas en 1653, a los 21 años. No se sabe con precisión quiénes fueron sus maestros pero está claro que poseía un sello personal desde el inicio de su carrera. Su Muchacha dormida de 1657 cuenta con los atributos que lo hicieron célebre: un estudio concienzudo a partir de la luz natural y una estructura compositiva con base en planos y profundidades que hace del lienzo una ventana para el espectador, quien se convierte en una suerte de voyeur en el momento congelado de la pintura. La lechera de (1658-1660) es ya una obra maestras en todo su derecho. La joven con la perla de 1666 y El geógrafo de 1668 sorprenden por los sofisticados juegos de luz y sombra que absorben la vista. Y es que la creación de Vermeer lleva al silencio. No tiene la dinámica y el dramatismo de Rembrandt. En su mundo no hay gritos ni dolor, sólo gente absorta en sus actividades, guiños velados de moraleja, picardía, drama o sutiles alegorías religiosas. El esquema simbólico está supeditado a la estructura compositiva, el todo y las partes perfectamente conjugadas, los contrastes de color sabiamente equilibrados. Nada sobra ni falta, todo es sólido y a la vez evanescente, todo sucede en un instante. Vermeer logra en suma algo insólito: atrapar el tiempo, encapsular el presente.
EL PENSADOR Y SU INSTRUMENTAL
No es casualidad que la fama de Vermeer se haya disparado a partir del siglo XIX. La llegada de la fotografía corrió el velo de la leyenda, el mundo se dio cuenta de que un hombre ya había aprehendido la lógica de enfocar y desenfocar, el arte de ubicar la luz en el sitio preciso y hacer de los puntos luminosos aislados un conjunto que pudiera ser descifrado por el ojo humano como un trozo de realidad. Ese hombre era Vermeer, que al igual que muchos otros creadores de su época hizo un uso extensivo de la cámara oscura, un instrumento óptico consistente en una caja con un pequeño orificio por donde entraba la luz proyectando el exterior (la tatarabuela de la cámara fotográfica). Un sistema de espejos permitía obtener el reflejo fiel, que podía ser calcado por el artista. Pero Vermeer no se limitó a perfilar objetos con esta herramienta sino que la integró a su reflexión sobre la forma y el espacio.
Resulta sumamente atractiva la versión (posible pero no confirmada) que señala la amistad entre Vermeer y Van Leeuwenhoek, quien como ya se dijo fue el encargado de administrar la bancarrota del primero y además es recordado por haber mejorado el microscopio; fue el primero en observar los espermatozoides, pionero de la biología celular y la microbiología. Incluso se señala que él habría sido el modelo para El astrónomo (1668). Esta hipótesis, aunque fuera falsa, al menos lleva establecer paralelismos entre el científico y el pintor. Ambos eran observadores acuciosos que registraban los mínimos cambios y variaciones, trataron de entender los problemas subdividiéndolos en sus partes y relacionándolas con el todo.
Vermeer se comportó como un alquimista de los materiales, si entendemos ente término en su sentido de técnica aplicada y búsqueda filosófica, y un científico de la mirada que mezclaba un rigor metodológico con una curiosidad sin límites. La aproximación tan sensorial como intelectual de Vermeer y su brillante aplicación de principios ópticos que tardarían dos siglos más para ser reintegrados a las artes (a través de la fotografía), nos revelan el valor visionario de un creador adelantado a su momento. A este hombre sui géneris, maestro de la luz, se le podrían aplicar las palabras que Borges dedicó a Enrique Banchs: “Cumplida su labor, fue oscuramente un hombre que se pierde entre la gente... nos ha dejado cosas inmortales”.
Correo-e: cronicadelojo@hotmail.com
VERMEER EN LA RED
Su obra completa, datos y arte de su tiempo:
www.essentialvermeer.com