Volpi, lector de mentes
El libro Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción escrito por Jorge Volpi
es un aperitivo que incrementará la disposición de infinidad de lectores latinoamericanos a degustar platillos preparados con ingredientes provenientes de las neurociencias, la biología evolutiva, la epistemología y la reflexión antropológica
Puede decirse que Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción es un espléndido texto de divulgación científica. En Siglo Nuevo tuvimos la oportunidad de conversar con Jorge Volpi acerca de esta obra que sin duda despierta el apetito por los innovadores conocimientos.
Es de llamar la atención que se trate de la creación de un escritor y no de un científico: si en nuestro país son pocos los científicos interesados en la literatura, son aún menos los literatos familiarizados con la ciencia. Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) es un rara avis y en su libro ha vinculado exitosamente los avances más recientes en el estudio del cerebro con las letras y las artes.
ARTE PARA SOBREVIVIR
Volpi suscribe una tesis audaz: el arte es ante todo una herramienta que ha ayudado a nuestra especie a sobrevivir. Para él la creación artística y su apreciación van mucho más allá del mero goce estético. Las ficciones, producto de las artes, son recursos que nos preparan para enfrentar las exigencias de un medio ambiente sumamente complejo. El arte por el arte y la creación reducida a una función meramente ornamental o de entretenimiento le parecen concepciones falsas. En la entrevista, lo pone en estas palabras: “Para muchos artistas el poder del arte les resulta tan sobrecogedor e importante que pueden creer que existe el arte por el arte mismo y que éste tiene como único objetivo el disfrute o el entretenimiento de quien lo práctica o lo admira. Frente a esa idea yo opongo la tesis evolucionista que dice que la ficción no sólo surge para ser un bello entretenimiento sino como una parte esencial de la conciencia humana y por lo tanto como un instrumento para la supervivencia de la especie”.
El autor asegura que las novelas y los cuentos nos permiten imaginarnos en todo tipo de situaciones demandantes y que vivencialmente nos tornan más humanos. Como individuos y como especie siempre nos reconocemos en las experiencias de personajes de ficción: “Somos la única especie que ha producido ficciones de sí misma. Tenemos que preguntarnos por qué y seguramente es porque esta producción es esencial para nosotros”, comenta Volpi.
Al leer, cada uno de nosotros confirma el aserto de Terencio: “Hombre soy y nada humano me resulta ajeno”. Asimismo comprobamos que el novelista Milan Kundera estuvo en lo correcto cuando dijo que todos los personajes de ficción son egos experimentales.
La ficción nos faculta para enfrentar mejor la realidad. Mucho antes de que los expertos en prospectiva y en administración estratégica lo revelaran, los artistas y especialmente los escritores ya lo sabían. Ninguna de las artes -y menos la literatura- carece de aplicaciones prácticas a pesar de que espíritus románticos y artepuristas hayan dicho lo contrario. Hasta la más elemental ponderación deja constatar que el arte invariablemente nos conduce a prever los comportamientos de los demás y a conocernos a nosotros mismos. De manera paradójica podríamos concluir que la ficción constituye a menudo el más realista de los recursos. “Nuestra conciencia, nuestra autoconciencia, nuestra idea del yo se forma siempre en contacto con los otros, con las ficciones que construimos partir de los demás y también con nosotros mismos, que es nuestra propia idea del yo. Y a partir de allí las ficciones siguen modelándonos toda la vida”, señala el entrevistado.
En Leer la mente se expone que la evolución convirtió a nuestro cerebro en una máquina de futuro que reacciona con el mismo empeño ante la ficción que frente a la realidad. Citando los estudios de Giacomo Rizzolatti, Volpi apunta que la capacidad empática es común a las especies superiores, particularmente a la humana, y que esa capacidad se origina en lo que hoy se conoce como ‘neuronas espejo’ que se localizan en las áreas motoras del cerebro. Éstas nos conceden asumir las acciones de otros como propias, anticipar reacciones e imitar conductas que favorecen nuestra supervivencia. Por ello el literato sostiene que no leemos una novela o asistimos a una sala de cine o a una función de teatro o nos abismamos en un videojuego sólo para entretenernos, aunque nos entretenga, ni sólo para divertirnos, aunque nos divirtamos, sino para probarnos en otros ambientes y en especial para ser, vicaria pero efectivamente, al menos durante algunas horas o algunos minutos, otros.
La imitación es incluso más importante que la reflexión porque posibilita adaptaciones cruciales a partir de experiencias ajenas. Es por eso que estudiosos como Richard Dawkins, autor de El gen egoísta, han popularizado el concepto de ‘memes’ que en esta etapa de la evolución humana son tan relevantes como los genes. Dicho sea de paso, un meme se define como la unidad de información cultural transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente. Aunque la existencia de los memes sea objeto de agudas controversias, ya hay académicos que apoyan la creación de una nueva ciencia llamada memética que complementaría a la genética. Volpi advierte que Daniel Dennett llega a la sorprendente conclusión de que la conciencia es un complejo de memes.
LA FICCIÓN: UN DEPORTE EXTREMO
En el espacio de esta reseña sería imposible dar cuenta de cada una las fuentes en que abrevó Volpi para desarrollar Leer la mente, pero no podemos dejar de mencionar al libro de Douglas Hofstadter Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid. En esa obra excepcional Hofstadter divulgó el concepto de ‘bucle extraño’: un patrón mental con una peculiar estructura matemática que da lugar a una inquietante sensación del yo. Algunos ejemplos aportados por Volpi nos ayudarán a entenderlo: un espejo frente a otro, una cámara que también transmite el televisor al que está conectada o un relato en el cual el autor sorpresivamente descubre que es un personaje de un texto escrito por alguien más. Por cierto, Volpi forma parte de la ‘generación del crack’ que reconoce entre sus literatos inspiradores al mexicano Salvador Elizondo quien precisamente tiene un cuento titulado La historia según Pao Cheng y que constituye un modelo perfecto de un bucle extraño.
Empero, si abrimos bien los ojos, descubriremos que a los bucles extraños no les acomoda ese nombre. En todo caso decir que son extraños sólo sería justo si con eso nos refiriéramos al desconcierto que nos causan, pero resultaría totalmente inapropiado si los calificamos así por la supuesta infrecuencia con que se manifiestan. En realidad se encuentran por doquier. La buena noticia es que tales bucles, como la realidad entera, nos condenan a la perplejidad pero no a la impotencia. Los científicos ya saben que no hay certezas absolutas. El Principio de incertidumbre de Heinsenberg y el Teorema de Gödel acabaron para siempre con un mundo en que serían posibles las verdades definitivas.
Si es incómodo percatarse de que no hay certezas rotundas quizá tampoco resulte grato descubrir que la belleza es un anzuelo evolutivo, un cebo que nos conduce a la información importante que se esconde tras su fachada. Los biólogos evolutivos nos hacen ver que poseer información resulta relevante para la supervivencia y la función primordial de lo bello es atraernos para que obtengamos datos vitales. Se trata según Volpi de un proceso similar a la intensa atracción que ejerce la sexualidad: si las relaciones sexuales no fueran placenteras las probabilidades de reproducción disminuirían drásticamente, lo cual pondría en peligro a la especie humana.
Queda claro que la ficción nos permite ensanchar nuestra idea de lo humano y además de ayudarnos a sobrevivir le da más sabor a la vida. Volpi afirma que la ficción literaria es un deporte extremo; el símil es pertinente porque ésta, tanto o más que el deporte, dinamiza, apasiona y da vitalidad. Lo mismo ocurre con la divulgación científica. El escritor enfatiza: “Siempre estamos hambrientos de ficciones. Son un instrumento que nos permite probarnos a nosotros mismos en otros ambientes, explorarnos en una especie de laboratorio y acercarnos a la vida de los demás”.
En buena lógica, una conclusión se impone: Leer la mente es un libro digno de celebrar.
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