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Actitudes

Se vende cocaína y marihuana

José Santiago Healy

Con todo y los argumentos a favor de personajes de prestigio, resulta muy difícil estar de acuerdo en la legalización y regulación del uso de las drogas.

En los meses recientes el debate ha tomado un auge inusitado. Políticos, académicos, escritores, artistas, presidentes y expresidentes de países latinoamericanos se han manifestado a favor de un cambio de estrategia en la lucha contra los estupefacientes.

Vicente Fox hace tiempo que propuso legalizarlos. Los expresidentes Ernesto Zedillo de México, Fernando Cardoso de Brasil y César Gaviria de Colombia, sorprendieron hace dos semanas con un extenso artículo sobre el tema.

Entre otras cosas dijeron que "la erradicación de la producción, la interdicción del tráfico y la criminalización del consumo, que son las piedras angulares de la estrategia de la llamada "guerra contra las drogas" liderada por Estados Unidos, no funcionan y tienen un costo altísimo en vidas humanas".

Y reiteraron lo que ya todos sabemos: "Mientras haya demanda por narcóticos, habrá oferta. Los únicos beneficiarios del prohibicionismo son los narcotraficantes".

En la reciente Cumbre de las Américas la discusión salió a flote aunque el tema no estaba en la agenda oficial. Varios presidentes como el general Otto Pérez de Guatemala y Juan Manuel Santos de Colombia, externaron la urgencia de tomar nuevas directrices en el combate contra las drogas y especialmente contra sus efectos de violencia y destrucción.

Al final de cuentas se acordó que la Organización de los Estados Americanos --es decir la adormecida OEA, cuyo peso político en la región es mínimo por no decir que nulo-- realice un estudio y lleve sus recomendaciones a futuros foros hemisféricos.

El debate se ha hecho complejo y lleno de aristas difíciles de evadir. Por un lado resulta sospechoso que tantos expresidentes estén a favor de la legalización cuando en sus respectivos gobiernos se dedicaron a combatir a los narcos y al tráfico de las drogas.

Más extraño todavía que esto ocurra en años electorales de países clave en esta problemática como son los casos de México y Estados Unidos.

Simplemente preguntamos, ¿por qué que Vicente Fox cambió su visión drásticamente en apenas cuatro años? ¿Por qué Ernesto Zedillo se alía con otros expresidentes para fijar su postura en lugar de venir a México a exponerla abiertamente en algún foro público?

Tiene razón el zar de las drogas norteamericano, Gil Kerlikowske, al señalar que "esos expresidentes ya no tienen cargos de responsabilidad en lo que respecta a seguridad de la gente. Y ahora que están fuera de sus cargos llegan a esa conclusión, que yo creo que es errónea".

El funcionario añadió que el problema del narcotráfico no puede resolverse sólo arrestando gente, y que es necesario un enfoque equilibrado, donde se trate la adicción a las drogas y a la vez se combata el crimen vinculado al narcotráfico.

Estados Unidos es sin duda el meollo de este complejo fenómeno por su política contradictoria en torno a las drogas y la hipocresía que reina al interior del país.

Por un lado destina enormes recursos para combatir al narcotráfico en sus fronteras y allende de las mismas, pero en su territorio tolera su venta, consumo y el lavado de dinero.

Peor todavía ha sido su reiterada negativa a controlar la venta de armas de alto poder que cruzan sin gran obstáculo a México y el resto de América Latina. Para colmo organiza una operación irresponsable como fue la de "Rápido y furioso" con efectos terribles.

Sin embargo tampoco se puede negar que Estados Unidos, con todo y la alta adicción a las drogas de su población, vive un clima de seguridad envidiable.

Mientras a Ciudad Juárez se le considera la ciudad más violenta del mundo, El Paso, Texas, registra uno de los índices criminales más bajos en su historia.

En México las críticas son feroces contra el presidente Felipe Calderón por las 50 mil muertes en su sexenio y por militarizar la guerra contra las drogas.

Pero pocos se acuerdan que hace diez, quince y veinte años el narcotráfico era manejado por alcaldes, gobernadores y militares que estaban en pleno contubernio con los grandes capos que al menos hoy se esconden y temen por sus vidas.

Suena muy difícil concebir la legalización o regulación de las drogas, especialmente las más dañinas como la cocaína y la heroína porque se abrirá todavía más el camino a la autodestrucción de la sociedad.

Si esa fuera la solución, ¿por qué no empezamos por permitir la compra de todo tipo de barbitúricos en farmacias así como la venta de cigarrillos y alcohol a menores de edad?

Una vez tomadas esas medidas ponemos a la venta en supermercados la marihuana, cocaína, hongos alucigénos y de paso el terrible cristal en todas sus presentaciones.

Así nos quitamos la preocupación de perseguir a criminales al incorporarlos de lleno a la sociedad. Con suerte y hasta logramos que destinen sus grandes capitales a combatir la pobreza y a crear muchos empleos. Sería una maravilla, ¿no cree usted?

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