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Crisis: extravío y oportunidad

Periférico

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Caminar, ver al frente y revisar los pasos dados. Así es que, como individuos, construimos nuestra vida. Así es que, como sociedad, escribimos nuestra historia. Desde la Atenas de Sócrates y la Roma de Cicerón hasta la ciudad de la internet, poseer el control de nuestro propio destino ha sido y es un ideal personal y colectivo. ¿Hacia dónde queremos dirigir nuestra vida? ¿Qué rumbo queremos que tome nuestra historia? Son preguntas que nos hacemos cuando nuestra mente comienza a caminar, cuando nos percatamos que con otros formamos una sociedad. Reflexión y política. Acción individual y decisión colectiva.

Pero no basta con definir nuestros objetivos, hay que fijar metas y vigilar su cumplimiento. ¿Vamos hacia donde queremos ir? Un largo camino se construye tanto con el proyecto trazado al inicio cuanto con la suma de los pequeños o grandes pasos caminados. Hay que ver lo que falta por recorrer y hay que ver también lo que hemos recorrido. Si perdemos de vista cualquiera de los dos seguramente, al cabo de un tiempo, nos veremos extraviados.

Las crisis, individuales o sociales, son en gran medida la manifestación de ese extravío. Un hombre o una mujer que de pronto se da cuenta que es lo que nunca quiso ser. Una familia cuyos integrantes ignoran la razón de su existencia. Una sociedad que en esencia aspira a la cohesión pero que camina a la disgregación. Una ciudad que surge como punto de encuentro y termina siendo factor de desencuentros. Es esta la situación hoy de Torreón y la Comarca Lagunera.

A la velocidad del ferrocarril, con la ventaja de ser ruta de paso y bajo el impulso del capitalismo porfiriano, la región creció a finales del siglo XIX para convertirse a principios del XX en una de las más prósperas del norte del país. Pero el "orden y progreso" de aquella época estaba soportado sobre las columnas de la desigualdad y la injusticia. Vino una revolución que truncó ese desarrollo y puso el poder y la riqueza en otras manos. Bajo la nueva lógica del poder corporativo, la región y sus ciudades se desarrollaron y expandieron, primero con cierto orden y restricción, luego de forma anómala. La vocación agrícola cedió espacios a la industrial y comercial. La reforma al artículo 27 constitucional de 1992 detonó el crecimiento urbano y ayudó a consolidar el modelo agroindustrial vigente hasta hoy.

Luego de una época de estancamiento económico relativo, vino a fines de los 90 el llamado "boom" de la maquila que hizo crisis en los primeros cuatro años del nuevo milenio. Ya para entonces, la configuración física y social de la región era muy distinta: Torreón, junto a Gómez Palacio y Lerdo formaba un área urbana de un millón de habitantes rodeada de poblaciones menores y ejidos en franca decadencia. Por la migración campo-ciudad, la mancha urbana creció con muy poca planeación más de lo que sus estructuras políticas, económicas y sociales podían asimilar o absorber. Luego del fracaso del proyecto maquilador vino una prolongada sequía de inversión que junto a la sequía climática reciente ha deprimido la actividad económica regional.

A la par, la ausencia de liderazgos tanto en la esfera pública como en la privada y la lejanía de los gobiernos estatales y el federal, han obstaculizado la construcción de soluciones a los problemas que empezaban a manifestarse con fuerza desde los albores del nuevo siglo. El resultado: cinturones de pobreza; colonias mal planeadas, aisladas y con servicios deficientes; deterioro y descomposición de los sectores primigenios; vialidades insuficientes y discriminatorias; transporte deplorable; criminalidad creciente y, en general, el abandono social del espacio público. En el terreno de lo inmensurable, la desconfianza.

En cuanto al crimen, la misma ventaja geográfica que vieron los pioneros del siglo XIX sirvió de imán para los grupos de narcotraficantes que se instalaron hace unas décadas en la región ante la mirada indiferente o cómplice de sociedad y gobierno. La reconfiguración de los cárteles tras las fallidas estrategias de los gobiernos recientes hizo explotar el polvorín. La guerra por el control territorial se desató sin que las instituciones locales y estatales estuvieran preparadas. Pronto se vieron rebasadas e infiltradas. Y hasta hoy, no ha habido autoridad ni operativo que pueda poner alto a la violencia que se ha adueñado de las calles. En algún momento de nuestra historia reciente La Laguna se extravió y ahora está en crisis.

Pero las crisis son también una oportunidad para replantear las preguntas, revisar los objetivos y rectificar el camino. Una nave puede reencontrar la ruta hacia su puerto si su tripulación endereza las velas y atiende a la brújula. Pero para que esa nave pueda llegar a puerto es necesario primero contar con una certeza: la mayoría de los tripulantes quiere arribar al mismo destino. No es posible construir un proyecto para una región o ciudad sin el consenso de la mayoría. La prosperidad y la tranquilidad de la región son objetivos con los que muy pocos están en desacuerdo. La pregunta es qué hacer para alcanzarlos. Ante la incapacidad y limitación de los gobiernos estatales y locales algunos ciudadanos se han organizado para buscar soluciones. El detalles es que mientras unos buscan soluciones para los problemas de la ciudad o la región, otros sólo buscan aislarse de esos problemas. Tal es el caso de las colonias que, con entendible desesperación, han cerrado sus accesos o de quienes proponen dejar en manos individuales la defensa de la seguridad.

Como ciudadanos de Torreón, de La Laguna, debemos pensar en cómo salir de esta crisis juntos. Fragmentar las "soluciones" sólo contribuirá a incrementar la desconfianza y la desarticulación. Es decir, andar sobre el camino que hasta hoy hemos seguido. Es momento de sumar, no de restar. Y hay que obligar a la autoridad a unirse a esa suma. Porque larga es la lista de asuntos urgentes en la región que requieren de la suma de voluntades: la recuperación del equilibrio del manto acuífero; el mejoramiento del transporte público y la movilidad urbana; el restablecimiento del orden público; la disminución de la criminalidad; sacar a miles de personas de la pobreza; construir un futuro para aquellos que hoy sólo tienen la hostilidad del presente. Para todos estos asuntos es imperativa la coordinación y ampliación de los esfuerzos de todos.

Junto a hacer ejercicio, leer más, ser mejor padre, hijo o marido, pongamos dentro de nuestros propósitos de año nuevo -¿por qué no?- el de ser mejores ciudadanos. Integrar a nuestra cotidianeidad la búsqueda de soluciones colectivas a los problemas que nos aquejan como ciudad. Caminar no sólo como individuos, sino como integrantes de una comunidad. Ver hacia el futuro no sólo nuestro, sino el de nuestra región. Y revisar los pasos que hemos dado, no sólo como personas, sino como sociedad. No será un ejercicio estéril, ya lo verá. Con esa convicción abrazo el 2013. Con esa convicción le deseo un ¡feliz Año Nuevo!

Twitter: @Artgonzaga

Correo-e: argonzalez@elsiglodetorreon.com.mx

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