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De la calle a las urnas

Sobreaviso

RENé DELGADO

El PRI, su candidato y sus patrocinadores, así como los jóvenes inconformes, están frente a un desafío enorme.

El desafío de los jóvenes es conjugar la espectacularidad de la protesta con el proselitismo menos vistoso, pero más efectivo: convencer a conocidos y desconocidos de ir a las urnas y, ahí, castigar con el voto aquello que no toleran -y no tienen por qué tolerar-: la promesa de un presente continuo disfrazado de futuro.

El desafío de Enrique Peña es más complejo. Ofrecer una Presidencia Democrática como la que ahora promete exige romper hoy -no mañana- con socios, aliados y cómplices que lo impulsan y que son, precisamente, quienes simbolizan la corrupción, la imposición y el autoritarismo. Asumir ese desafío, supone serruchar el piso donde está parado sin caerse.

Si esa tensión política no se resuelve clara, civilizada y contundentemente en las urnas, la pesadilla de hace seis años habrá sido apenas un mal sueño. A diferencia de entonces, las riendas de la administración las tiene un hombre que hizo de la confrontación y la división el dogma del gobierno que no pudo integrar, un hombre incapaz de controlar las fuerzas que desata y al que la sangre le dice muy poca cosa.

Es tan pobre y aldeana la visión del priismo ante el malestar juvenil que del archivo muerto fueron a traer los expedientes de la manipulación y la agitación profesional para reprender a los muchachos. Nada le dijo al priismo lo ocurrido dentro y fuera del país con los jóvenes como tampoco el uso de las redes como medio de comunicación horizontal e interacción social frente a la telecomunicación vertical y unilateral.

Los estrategas de Enrique Peña Nieto supieron operar algunos ajustes para darle algo de naturalidad a su candidato en cuanto la pantalla de cristal dejó de ser refugio. El candidato adquirió habilidades para actuar a la intemperie y el trabajo de su equipo mostró destreza en el arranque de la campaña y el debate, pero ni por error consideraron cuanto ocurría con los jóvenes.

Nada le dijeron al priismo los millones de "ninis" ni el absurdo de estudiar para no encontrar empleo. Nada les dijo -algún día se conocerá la estadística- que la carne de cañón de las fuerzas oficiales y criminales se cebó en los jóvenes adolescentes y los jóvenes adultos (¿no el gobernador de Chihuahua, César Duarte, pedía enrolar a los "ninis" en el Ejército?). Nada les dijo el efecto de la violencia y la inseguridad en la forma de relacionarse entre los jóvenes. E, increíblemente, nada les dijo el movimiento de los "ocupas" en otras metrópolis ni las rebeliones impulsadas por los jóvenes en los países árabes como tampoco la importancia del uso de las redes sociales como recurso político.

No advirtieron eso como tampoco que sobreexponer al candidato en la pantalla de cristal, símbolo por antonomasia de la mentira, terminaría por convertirlo en una estrella más de ese firmamento, o que presentarse, como el nuevo rostro del PRI, en foto de familia con Carlos Romero Deschamps, Humberto Moreira, Joaquín Gamboa, Arturo Montiel, Ulises Ruiz, Mario Marín, Javier Duarte le restaba lozanía a su cutis, o que aliarse a los verdes Jorge Emilio González, Arturo Escobar, Xavier González Zirión, lejos de impulsarlo lo hundía, o que lamentar la pérdida del apoyo de Elba Esther Gordillo y su corte era lanzar losas a la maestra.

Perfilar al nuevo demócrata eficaz con ese elenco de bandoleros, cómplices, pederastas, saqueadores, asesinos y transas desfigura su rostro. Una Presidencia Democrática con aquellos como alma y escolta es tanto como prometer cambiar de collar sin quitarse la cadena.

 ***

Lo más impresionante es que a Enrique Peña y su equipo nada les dijo que el reposicionamiento del PRI como partido en vías de recuperación del poder derivaba no del tiempo-aire en pantalla del anteprecandidato sino de la estabilidad que, al inicio del sexenio, la fracción parlamentaria tricolor le dio al país, evitando caer en una crisis constitucional. No vieron eso y, por lo mismo, no se renovaron pero, en cuanto pudieron, intentaron meter reversa: candado de gobernabilidad, freno a la reforma laboral, conversión del voto parlamentario en instrumento de canje político... sólo vieron la próxima elección, no a la próxima generación.

No entendieron que otro ingrediente de su reposicionamiento provenía del fracaso del foxismo y el calderonismo, del desperdicio del bono democrático, del festín de sangre, de la incapacidad de convertir la alternancia en alternativa. No, sólo se interesaron en regresar al poder sin replantear su sentido.

Por eso, hoy, no saben cómo reaccionar e insisten en firmar compromisos al mayoreo y lanzar una nueva tanda de spots. Y eso no es encarar el desafío.

 ***

Los jóvenes no pueden incurrir en el error de desconocer la realidad.

Si, en verdad, quieren coronar su arrojo y decisión política con la victoria electoral tienen que recorrer el tramo que falta. Un tramo corto pero fundamental: convencer, convencer, convencer y convencer a sus conocidos y sus desconocidos de ir a las urnas para ahí y, sólo ahí, multiplicar el voto de castigo y, por consecuencia, definir a quién se va a premiar. La meta está ahí, no antes.

Fascinarse con ocupar la calle o con sobrecalentar la protesta o con perseguir al candidato repudiado sin derrotarlo en las urnas implica el peligro de quedar igual o peor que antes. En las urnas es donde está la posibilidad de ensayar un modelo que anule la desesperanza y aliente el futuro que dicen anhelar, negado por esa alianza vergonzante entre el priismo y el panismo, disfrazada de dura competencia en temporada electoral.

Hoy, por sí solos, esos jóvenes representan en las urnas -mañana en Enfoque, Jorge Alcocer abunda en el dato- el 0.058 de la votación. Ese porcentaje no despeina a Enrique Peña, pero sí puede llevar a un conflicto postelectoral de envergadura sin perspectiva. Los jóvenes tienen, pues, que hacer la tarea de llevar a conocidos y desconocidos a las urnas para darle verdadero peso y sentido a su inconformidad, convertirla en una avalancha de votos.

 ***

Ufano, el Presidente de la República considera una paradoja las manifestaciones contra un candidato y no contra él. Ha perdido el sentido de realidad, pero no el sentido del humor. Es muy raro que alguien se manifieste en contra de lo que no existe o en contra de quien ya no cuenta.

El problema es que si la tensión política no se resuelve en las urnas, el jefe de la administración tendrá que garantizar la estabilidad, y su sexenio está marcado por el uso de la fuerza sin inteligencia ni control y, entonces, quién sabe qué podría ocurrir.

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