"Me llamo Príapo Unamuno, y tengo una polla como no se hallará otra igual en toda España". Así le dijo aquel jactancioso bilbaíno al productor que buscaba personas con alguna cualidad extraordinaria para un programa de entrevistas en la televisión. Sin dar crédito a lo que había escuchado inquirió el productor: "¿Una qué?". Responde imperturbable el individuo: "Unamuno, como el escritor"... Le envío un abrazo a ese gran artista que es Alberto Rojas, "El Caballo", y le agradezco la generosa mención que en su programa hizo de mi libro "De abuelitas, abuelitos y otros ángeles benditos". Reciba un saludo lleno de afecto quien con su talento, su simpatía y gracia ha dado alegría a tanta gente... Hay quienes piensan que López Obrador hará perder al PRD, según los números evidencian hasta ahora, y que Marcelo Ebrard habría sido un mejor candidato de la izquierda. Otros consideran que el PAN hará perder a Josefina, por las pugnas que en sus filas se advierten y por la falta de unidad que los panistas de la cúpula muestran en torno de la candidata. Otra vez en la elección presidencial el PRI se vuelve a ver como una aplanadora. Sólo que ahora no es su culpa, sino la de los otros partidos, que tan aplanables -digámoslo así- se miran hoy por hoy. Si Peña Nieto llega a la Presidencia no tendremos el Presidente que el País se merece, o el que nos merecemos los mexicanos. Tendremos el Presidente que se merecen el PAN y el PRD. (¡Bófonos!)... Mi segundo pecado favorito es la gula. Pecado de la carne es éste, igual que la lujuria. No sé por qué las iglesias miran con tanta hostilidad a esas dos faltas, especialmente a la segunda, siendo que tanto la lujuria como la gula se quitan por sí solas. De ellas deshace la edad, diría Manrique. Los años desvanecen a la lujuria; la dispepsia acaba con la gula. Clamó un pastor protestante en su sermón: "¡Maté a la bestia de la lujuria!". "No es cierto -le comentó en voz baja su esposa a la mujer que tenía al lado-. Se le murió de muerte natural". Humildes pecados, en efecto, son los de la carne. Desaparecen al paso del tiempo, y dan tiempo a contriciones y cambios de conducta, como en el don Guido de que habló Machado. ( La palabra "virtud" rima con "senectud"). En cambio los pecados del espíritu -avaricia; envidia; soberbia, sobre todo- se hacen más grandes en la ancianidad, y sólo terminan con la muerte. Sin embargo los predicadores tratan con más rigor al lujurioso que, digamos, al injusto. Pero no quiero caer yo mismo en la predicación. El campanudo introito que antecede me sirve de prolegómeno para narrar el execrable cuento del hombre que padecía una perturbación extraña, tan extraña que lo movió a buscar la ayuda de un psiquiatra. Acudió a la consulta de la doctora Relda Duerf, analista supereminente, y le explicó la causa de su angustia. "En mí -le dijo- se combinan la gula y la lujuria". "No es raro eso -señaló la psicoterapeuta-. Gula y lujuria van juntas casi siempre. Habrá usted observado que frecuentemente después de comer dan ganas de con ge, y viceversa. Bien señaló Terencio en "El Eunuco": 'Sine Cerere et Libero friget Venus'. Eso quiere decir que sin comer y beber -Ceres es la diosa de los dones de la tierra, y Baco el dios del vino- Venus, o sea el amor, se enfría. Es explicable entonces, señor Comifolla -tal era el nombre del paciente-, que la carne comida provoque en usted el deseo de la carne untada". "No he terminado de exponer mi caso -dijo Comifolla-. Me sucede, doctora, que la mención de cualquier manjar apetecible me provoca un orgasmo (del griego orgasmos, y éste de orgán, estar lleno de ardor). No puedo oír el nombre de algún rico platillo sin experimentar al punto una eyaculación". Ponderó, pensativa, la doctora Duerf: "Insólito problema el suyo. En los años que llevo de experiencia -42, y eso que tengo sólo 39 de edad- jamás me había topado con un caso semejante. Ni siquiera se le puede comparar el de la mujer que se creía gallina, y cuando la curé me pagó mis honorarios con cartones de huevos. ¿De modo que si escucha usted el nombre de algún sabroso alimento experimenta un orgasmo?". Responde el paciente: "Así es, doctora". Inquiere la analista: "¿Y eso le sucede a menudo?". "¡Menudo! -exclama Comifolla, electrizado-. ¡Ah! ¡Orrgh! ¡Uffff! ¡Fzzzz! ¡Mpffff! ¡Ughhhh! ¡Ighhhhh!" Y luego, con un largo suspiro de satisfacción: "¡Ahhhhhhh!"... FIN.