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DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA

Yo no sé. Y el que no sabe es como el que ignora, según la inmortal frase de Zavalita, querido personaje de Durango. No sé si la matemática sea una ciencia exacta, como declaran algunos de sus cultivadores. (Parece que otros dudan de esa exactitud). En mi opinión la única ciencia exacta es la poesía: su saber puede explicar todas las cosas, aun aquéllas que no tienen ninguna explicación. Don Severiano García, dicho "El Chato", maestro que fue del Ateneo Fuente, gran lógico y gran sofista, preguntaba a sus alumnos: "¿Cuántas son 2 más 2 por 3?". "12" -respondían ellos. "No -los refutaba El Chato-. Son 8. Mira: 2, más 2 por 3, que son 6, dan 8". En estos días el tema de moda -no me sale decir "el trend topic"- es el de las cuentas que hace López Obrador para obtener 300 mil millones de pesos. Saldrán, según sus cálculos, de reducir a la mitad el sueldo de los funcionarios de nivel medio y superior de la administración federal, desde los directores hasta el Presidente de la República. Felipe Calderón ya salió a decir que las cuentas de AMLO son más bien cuentos: aun si no se pagara ni un centavo a quienes desempeñan esos cargos apenas se lograría reunir 2 mil millones. Esa suma, aunque ciertamente no me la gano yo en un mes, casi no pinta en los 300 mil millones de que habla López Obrador como si los tuviera ya en la mano. Pero, atención: el asunto tiene más fondo que el de los meros números. Veamos. Los asesores financieros de López Obrador aclaran la propuesta, y dicen que esa suma no saldría solamente de la reducción salarial ya mencionada, sino también de aplicar la misma medida en los poderes Legislativo y Judicial. Además se haría que los estados de la Federación redujeran su gasto corriente. Aquí es donde sale el peine, si me es permitida esa ática expresión. Sucede que en México hay separación de poderes. Cada uno es autónomo, e independiente de los otros dos. Proponer que el Ejecutivo imponga una reducción salarial a los otros dos poderes implica un retorno a los usos del pasado, cuando la voluntad del Presidente en turno era absoluta, omnímoda, y los otros dos poderes se allanaban sumisamente a sus dictados. En la misma forma, los Estados que forman la Federación son libres y soberanos. El Ejecutivo Federal no puede imponerles sus mandatos so riesgo de vulnerar el orden constitucional. AMLO y su gente manifiestan, quizá en forma inconsciente, la idea de una voluntad autoritaria y todopoderosa capaz de hacer que el Presidente de la República imponga su voluntad en todo y sobre todos. He aquí, entonces, que quien se ostenta como adalid del cambio, de la transformación de México, muestra tendencias que nos regresarían al pasado. Al menos en este caso Andrés Manuel López Obrador, el anunciador del futuro, está en verdad profetizando el pasado. (¡Bófonos!)... Don Sinople Gules pertenecía a la más rancia aristocracia. Rancia en verdad es esa clase de hombres que fincan su valer en sus antepasados. Se parecen a las plantas de la papa, las cuales valen solo por lo que tienen enterrado. Don Sinople poseía blasón o escudo nobiliario: en campo de azur una rana dragante en sable. Explicaba el adusto señor que la rana hace "Croa, croa", y que esa onomatopeya corresponde al sonido del apellido Croix, en cuyo marquesado su casa tenía solar antiguo. Don Sinople usaba traje de tweed con leopoldina; zapatos de charol que cubría con sobrecalzas o polainas para no dejar ver la vulgaridad del calcetín o del tobillo, que aun llamándose maléolo no se mira bien en los señores. Llevaba también guantes de cabritilla; reloj con leontina en el chaleco a cuadros; bastón de junco, y gastaba monóculo, cuyo uso adquirió en Londres cuando fue allá enviado por su padre a aprender el comercio de la lana. Cierto día don Sinople daba su acostumbrado paseo vespertino por el parque cuando vio un ave que cantaba posada en la rama de un árbol. La rama no crujía, pero a pesar de eso cantaba el ave. ¿Sabría acaso lo que son sus alas? Eso llamó tanto la atención de don Sinople que se caló el monóculo para mirarla bien. Sucedió que iba pasando por ahí Pepito, conocido nuestro, y vio con extrañeza el lente de un solo cristal que se había puesto aquel caballero. Con el descaro y curiosidad propios de los niños le preguntó: "¿Qué es eso?". Atufado, contestó don Sinople arriscando la nariz: "Es un monóculo, niño". "¿Ah sí? -replica Pepito-. ¿Y entonces por qué se lo pone ahí?"... FIN.

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