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DE VUELTA AL RUEDO

Torta de jamón

Martha Figueroa

Siento debilidad por Chespirito. Me gusta su genialidad y además, qué les digo, lo quiero de corazón porque hemos pasado juntos 40 años. O sea, que ha durado cerca de mí más que cualquier otra persona, mascota o marido. Estaba leyendo la feliz noticia de que Roberto Gómez Bolaños ya salió del hospital y me puse a echar cuentas. No quiero romperle la ilusión a nadie, y supongo que habrá quien crea que tengo 36 años o 27 (¡eso le dije a un treintañero que conocí! Ja. Seguro sigue con ataque de risa), pero estoy a punto de cumplir 46.

Tengo amigas que se quitan los años. Por alguna razón, creen que si contestan “42” en lugar de “45” (o 47) la vida, los galanes y el trabajo les sonreirán sin problemas. A mí me parece importantísimo decir la verdad. Primero, porque estoy segura que la otra persona estará pensando “que vieja tan ridícula, pobrecilla, jura que le creo...”. O algo por el estilo. Y luego porque en mi universo periodístico es maravilloso haber sido testigo de las cosas. Si me hiciera la jovenzuela no podría contar lo de hoy, por ejemplo. No podría presumir mis cuatro décadas de historia Chespiritesca.

Soy modelo 66 y nací en una semana de muchos acontecimientos: Dos días antes se murió Carlos Arruza y horas antes de mi llegada al mundo, Muhammad Alí o Cassius Clay defendió en Londres su título de Campeón Mundial de Pesos Pesados. Todo eso.

Mi carrera entonces era mucho más simple que la de esos personajes. Lo mío en esa época era aguantar a mis cuatro hermanos mayores y hacer borregos de algodón en el kinder (aunque a veces se terminaban los borregos y la maestra me daba conejos). Mi vida transcurría sin mayores sobresaltos hasta que cambió radicalmente cuando tenía 5 años, porque conocí a mi ídolo. Todas las tardes me sentaba frente a la televisión con regulador Koblenz a ver El Chavo del 8. Recuerdo haber pasado infinidad de horas sufriendo con el niño que vivía en el barril y moría por una torta de jamón.

Soy tan retorcida, desde siempre, que uno de mis capítulos favoritos es en el que el Chavito jugaba con una caja de zapatos que arrastraba por toda la vecindad con una cuerdita, porque no tenía carritos como Kiko (el niño con cachetes de marrana flaca).

Han pasado 40 años y sigo siendo fan de la vecindad (¡qué bonita vecindad!) y de los placeres simples de la vida, que ahí descubrí desde mis alebrestados 5 años, época en la que usaba el corte de pelo “príncipe valiente” con flequillo disparejo, hecho por mi madre.

Amo los berrinches de Don Ramón y todavía disfruto el romance entre Doña Florinda y el Profesor ‘Longaniza’, digo, Jirafales (¡siempre quise un amor como el suyo!), los llantos y el suéter torcido de la Chilindrina, la cara de Doña Clotilde y los sufrimientos del señor Barriga (me parecía súper morboso y divertido que el mismo actor se convirtiera en Ñoño). Ya saben, cosas de la inocencia.

¿Saben qué me encantaba? Que todos los personajes lloraban diferente. ¡Eso era increíble! Y, por supuesto, cómo transformaban la tragedia en comicidad y la realidad asquerosa en algo digno.

Bueno, pero volviendo al meollo del asunto, qué bueno que don Roberto ya está recuperándose del bajón de presión que le dio en pleno homenaje a su trayectoria (claro, a cualquiera le da un patatús si ve a Juan Gabriel vestido de amarillo con rojo). Y deseo, con fervor del bueno, que no se separe de mi vida y mi tele. ¡Por favor! Que soy una persona, básicamente, adicta a él y en mi curso de sicología por correspondencia todavía no llego al capítulo “Desapego”.

Quiero que se asiente en actas que esta columnista es su apasionada admiradora y pedir públicamente que nadie se asuste si un día me ven por la calle gritando “viva Chespirito, viva Chespirito”. Uno tiene sus maneras de hallar consuelo.

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