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De vuelta al ruedo

DEVELACIONES

Martha Figueroa

Mis padres insistían en llevarnos al teatro desde que me acuerdo. Los sábados en la noche o los domingos en la tarde. Religiosamente. Así que nos poníamos guapos y allá íbamos. Bueno, y cuando digo guapos quiero que me imaginen con un gran vestido azul turquesa y zapatitos muy boleados.

Un modelito que, parecido al de Alicia la del país de las maravillas, lucía orgullosísima a mis 11 ó 12 años, muy acinturada (como solía ser... hasta que dejé de serlo).

Creo que vimos todas las obras. ¡Todas! Sobre todo las de Manolo Fábregas, Angélica María y Silvia Pinal, porque en mi casa eran fans de estos personajes.

Como verán, nací en una casa de fanáticos y lo de seguir a los famosos lo traigo en los genes. Mi hermano mayor, por citar ejemplos, se desmaya si se encuentra a la Pinal, así que lo mío con Luis Miguel es pecata minuta.

Personalmente, lo que me obsesionaba era coleccionar los programas teatrales y leer las placas del lobby, a lo mejor porque eran una prueba tangible de todo lo que había visto... y porque soy rara. Por cierto, tenía un altero enorme de programas hasta que un día, en una de las tantas mudanzas (¡amo cambiarme de casa!), se perdieron.

Todo lo anterior es para llegar al punto donde quiero agradecer públicamente a los productores teatrales mi nueva faceta como develadora de placas.

Hace unos días bajé muy orgullosa junto a Juan Manuel Bernal el teloncito que cubría la de las 900 representaciones de Toc Toc, que es divertidísima. ¿Ya la vieron? Se trata de pacientes con trastornos obsesivos compulsivos que se conocen en la sala de espera del doctor.

Mis personajes favoritos son los de Roberto Blandón, Héctor Sandarti, Sharon Zundel y Anabel Ferreira, que están maravillosos, además de que me identifiqué ¡con los 4! Aparte de regañada (ahora les cuento), salí del teatro con 4 “TOCs” en la conciencia. Así es la vida: vas al teatro a entretenerte y sales con cita para el doctor más cercano.

Pero, como les iba diciendo, estábamos felices en la develación y todo iba miel sobre hojuelas hasta que, en lugar de decir Anabel, dije Maribel’ y todo el público hizo “ssshhh”, porque a Anabel Ferreira se le desencajó la cara y mi participación en este tipo de gloriosos eventos casi se va al traste.

Total que, al terminar la ceremonia y romper filas, a mí casi me rompen la cara por equivocarme.

¿Qué nunca han tenido un lapsus? Cuando me acerqué a felicitar a Anabel, me soltó un furioso: “Yo considero que deberías prepararte antes de un evento así, y por lo menos saber de quién estás hablando”.

Y a esta columnista se le heló la sangre (y se le calentaron los cachetes) por la pena. Así que desde aquí, una disculpa pública, porque creo que le caló hondo el traspié.

Por suerte, mi desafortunada actuación (ja) no impidió que me invitaran después, junto a Arath de la Torre, como madrina de las 100 funciones de 12 Princesas en Pugna, una reunión en la que Cenicienta, Rapunzel, la Sirenita, la Bella Durmiente, Jazmín, Pocahontas, Mulán, etcétera, platican de sus vidas.

Qué buen guión, qué bien actuada y qué sentido del humor. Al final me preguntaron con cuál princesa me identificaba y, aunque me duela, tuve que confesar: “Por edad, con Cenicienta y Blancanieves (incluyendo la simpatía por los enanitos)”.

Aunque últimamente soy totalmente Pocahontas: no tengo canoa ni a John Smith, pero a media conversación se me va la onda “porque el viento me habla”.

¡Felices fiestas, lectores queridos!

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