Muchas cosas han cambiado entre el primero y el segundo debate. Entre el 6 de mayo y el 10 de junio dos factores inesperados han sacudido la carrera presidencial: el enroque entre el segundo y el tercer lugar, con López Obrador desplazando a Josefina Vázquez Mota y, sobre todo, la percepción de que el triunfo de Enrique Peña Nieto ya no está garantizado, como se dio por hecho durante tantos meses.
Por vez primera los impulsos antipriistas en algunos sectores de la sociedad mexicana han adquirido un protagonismo que ha introducido un margen de zozobra en el cuarto de guerra de Enrique Peña Nieto. Los escándalos de los gobernadores priistas cuya difusión ha arreciado en los últimos días, la divulgación de los acuerdos entre el estado de México y Televisa, el golpeteo incesante en las redes digitales y el movimiento #yosoy132, se mezclan en una confusa bola de nieve que amenaza el último tramo de la hasta ahora exitosa carrera del abanderado del PRI.
Se sabe que la ventaja del puntero está disminuyendo pero es imposible saber la velocidad con la que se cierra la brecha, toda vez que las encuestas arrojan resultados disímbolos. Lo que si sabemos es que a tres semanas de la elección el debate de este domingo constituye la última oportunidad para asestar un golpe definitivo: sea por parte de Peña Nieto para consolidar su ventaja de una vez por todas, sea a favor de sus contrincantes para hacerle trastabillar de manera significativa.
El primer debate equivalió a los dos o tres primeros rounds de una pelea de box: más fintas y amagos que confrontación real. El segundo debate se parecerá mucho más a los dos últimos rounds de una pelea en la que el contrincante que se sabe abajo piensa que todavía tiene oportunidad de ganar, a condición de echar su resto.
La de esta noche será una confrontación entre fajadores. López Obrador y Josefina Vázquez Mota intentarán meterse a la confrontación cuerpo a cuerpo, al intercambio de golpes en busca de un nocaut o una caída espectacular que les permita sumar los puntos que les separan del líder.
Por lo que respecta a Andrés Manuel hay pocas dudas de su estrategia. Intentará consolidar sus propuestas en busca del voto moderado, pero querrá a toda costa despertar las fibras antipriistas del público; para ello tendrá que acorralar a Peña Nieto una y otra vez, pero en el intento podría descuidar su defensa; esto es, mostrarse como rijoso, peleonero, amargado. En suma, una estrategia de alto riesgo, pero no tiene alternativa.
No está clara cuál podría ser la estrategia de Vázquez Mota. Parte de su equipo preferiría golpear a López Obrador en un intento desesperado por recuperar al menos el segundo puesto. Otros querrían mantener la estrategia original de cuestionar a Peña Nieto y denunciar los riesgos de un regreso priista al poder. En los últimos días ambos mensajes han estado presentes en la campaña panista. El riesgo de Josefina es que debilite su capacidad ofensiva al dirigirla a dos blancos distintos. Lo más probable es que termine concentrándose sobre uno de ellos, con alusiones laterales en contra del otro. La pregunta es ¿cuál de los, López Obrador o Peña Nieto, será el blanco principal?
Si Josefina opta por concentrar su ataque en López Obrador sabremos, en definitiva, que el PAN (Los Pinos) ya claudicó a su aspiración presidencial y deja el camino abierto a Peña Nieto. Lo sabremos esta noche.
Por su parte, el abanderado priista tiene dos opciones. Los cánones sugieren que el líder dedique los últimos dos rounds a hacer box de sombra, evitar el cuerpo a cuerpo, rebotar contra las cuerdas y esperar el campanazo final. Pero una parte del PRI siente que debe aprovechar la tribuna del debate para neutralizar la bola de nieve que se ha formado en las últimas semanas. Esto obligaría al candidato a un par de intercambios de golpes para consolidar su liderazgo. Una estrategia arriesgada pero que podría dar resultado.
Por su lado, Quadri será un protagonista mucho menos relevante en esta ocasión. En todo caso será la toalla que se arroje sobre Peña Nieto para dar un descanso al priista luego de un intercambio fogoso. Tarde o temprano será etiquetado como un títere de Gordillo, cosa que nadie se tomó la molestia de señalar en el primer debate.
Lo que veremos esta noche no es cosa menor. Será transmitido en los canales principales y las redes sociales reproducirán cada golpe hasta la saciedad. Los errores y aciertos de los contendientes serán magnificados en los próximos días. En efecto puede ser la batalla que decida si dentro de tres semanas tendremos elecciones competidas o un mero ritual de coronación. Veremos.
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