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Día de la no violencia contra las mujeres

ADELA CELORIO

Mientras esperábamos en la antesala del cine, junto a nosotros una parejita de novios jugaba de manos. "Juego de manos es de villanos" me enseñaron de niña. ¿Dónde termina el juego y comienza la violencia? -¡Ay, me duele, me estás lastimando!- se quejó la joven. Él, sonriente, dobló un poco más la "manita de puerco". -¡Oye ¿qué te pasa?! -Salté- ¡Suéltala! -Si sólo estamos jugando- respondió el tipejo sin aflojar la torcedura. A pesar de su gesto de dolor, la joven agredida callaba. -¡Suéltala o llamo a la Policía! -Ordené desenfundando mi celular. Con una sonrisa imbécil, envalentonado el tipejo respondió: -¡Usted qué se mete! -¡Sí, tú que te metes!, reforzó el Querubín; y frente a los morbosos que disfrutaban el espectáculo me jaló hasta el asiento del cine para regañarme mejor: -¿Qué necesidad tienes de meterte en lo que no te importa? ¿Si el pelado ése te falta al respeto yo tengo que romperme la cara con él por tu culpa? -Tienes razón -respondí achicada- si la muchacha se deja; pues entonces que le rompa la mano por mensa.

Curiosamente todo eso pasaba la tarde del domingo 25 de noviembre que es el "Día Internacional de la no Violencia Contra la Mujer". Me guardé mi rabia, pero ya no pude disfrutar de la película, donde por cierto, la joven protagonista es física y psicológicamente maltratada. Estamos tan acostumbradas a ser ofendidas que ni nos lo tomamos a mal. Está implícito en la cultura machista. Así es el mundo, el que tiene la fuerza y el poder es porque puede. Puede prohibirte, ridiculizarte y humillarte porque así ha sido siempre; porque muchos hombres y mujeres ni siquiera saben que existe otro modo. Porque a cualquier hora en la tele y en el cine, los hombres golpean a las mujeres, las violan, las matan. Eso es lo que ven nuestros hijos y de eso se nutre nuestra cultura.

Papá resolvía a bofetones cualquier diferencia de opinión. Todavía recuerdo un largo encierro: -No podrás salir de tu recámara ni hablar con nadie hasta que cambies esa actitud soberbia y grosera, y entiendas que en esta casa mando yo, y si me equivoco, vuelvo a mandar -dijo- y al salir cerró con llave la puerta. Ramona la muchacha, subía puntualmente a mi cuarto una charola con las comidas y alguna novelita de Corín Tellado: "Que dice tu prima Chata que mañana te trae otra"; informaba cómplice, antes de volver a cerrar con llave como le habían ordenado. En la primera de sus visitas a mi prisión domiciliaria, papá me encontró leyendo. Estás aquí para reflexionar -dijo- y requisó la novelita. En cuanto salió tomé mi acordeón y destrocé "La Viuda Alegre" y hasta la tarareé… llorando. El energúmeno regresó violentamente a requisar también el acordeón; de manera que sin nada con que entretener mi encierro empecé a imaginar que yo era una hermosa joven secuestrada en una fría Torre de Babel donde se hablaban muchas lenguas aunque yo no entendía ninguna. Imaginé a un joven príncipe que igualito a James Dean, explicaba que venía a componer la calefacción. Como no pudo hacerlo, propuso abrazarme y pasar la noche calientitos. Nunca supe el final de mi cuento porque me quedé dormida. Al día siguiente seguí imaginando historias: de guerras, miserias y padres malvados que encerraban a sus hijas en un cuchitril.

Por mi actitud, mi padre suponía que yo estaba reflexionando; aunque para devolverme la libertad todavía debía dar señales de arrepentimiento. Entre tanto, yo seguía inventando historias que se mezclaban o se olvidaban por lo que se me ocurrió escribirlas. Saqué mi cuaderno de caligrafía, la plumilla y el tintero; y con muy buena letra comencé a escribir. Así me encontró mi padre la noche del tercer día. Doblada sobre mi escritorio llorando con un llanto bajito y rabioso mientras practicaba mi letra Palmer. Sorprenderme escribiendo y llorando pareció satisfacerlo. Con gesto benevolente se acercó, y pasando el brazo por mi espalda miró el cuaderno donde yo llevaba escritas con buena letra cien ¿o serían mil veces? "¡Chingado Puto Cabrón!"

Mucho ha llovido desde entonces, y ahora, al menos en Occidente las mujeres hemos conquistado el derecho a la doble jornada. A ser dinámicas, ambiciosas y a vivir siempre rebasadas por el trabajo que nos permite ser autosuficientes económicamente para que nuestros hombres puedan desafanarse de sus obligaciones.

En cuanto a la política, conquistamos una cuota de género para que no falten mensas como las Juanitas; que cedan el puesto ganado legítimamente; a cualquier machín que les haga manita de puerco. Ojalá hubiera una indignación social contra el abuso de los hombres. Que Dios los perdone porque al fin su oficio es andar perdonando. El mío no; yo como Jesusa Palancares ("Hasta no verte Jesús Mío" de Elena Poniatowska) les pondría tizones en el fundillo.

Adelace2@prodigy.net.mx

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