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GERMÁN FROTO Y MADARIAGA

 Se cumplen este año, trescientos años del natalicio de Juan Jacobo Rousseau, uno de los más grandes pensadores del siglo XVIII e impulsor, con sus ideas, de las transformaciones más importantes que influyeron en la revolución francesa.

Rousseau influyó en su tiempo, para que "la razón sustituyera a la fe y se consagrara el laicismo en la política y las leyes".

En una de sus obras más conocidas: "El contrato social", sostiene que "el hombre es feliz en entera libertad, pero tiene que renunciar a ella cuando acepta ser parte de una sociedad. El hombre en estado natural es libre y se vuelve esclavo cuando acepta las reglas sociales".

Cuánta razón tenía el filósofo de las montañas ginebrinas. La sociedad nos aprisiona y condiciona, pero no tenemos otra forma de vivir, porque somos seres sociables.

Aparentemente necesitamos poco para ser felices, pero la sociedad nos impulsa a buscar más y más cada vez.

Se puede decir que hagamos lo que hagamos o tengamos lo que tengamos, nunca nos conformamos con ello, siempre es insuficiente.

Estamos a la búsqueda de un nuevo satisfactor, de una nueva emoción, de algo que nos haga vibrar, que nos haga sentir vivos.

Es quizá, como se dice por ahí, estamos envueltos en la "rueda de samsara", en la eterna insatisfacción, por más tranquila que sea nuestra vida o tal vez por ello.

Andamos de aquí para allá presionados por mil cosas y sin saberlo dejamos de vivir.

La libertad, como decía Rousseau, debe ser el valor principal del hombre, o dicho en palabras del Quijote: "Por la libertad Sancho, es menester arriesgar hasta la vida".

Durante varios años, Rousseau fue de mis autores favoritos, al lado de Hobbes, Montesquieu y Locke, pero siempre volví a Juan Jacobo, porque sus ideas tenían lo que yo necesitaba para vivir: esas ansias de libertad que, en su caso, lo llevaron a grandes confrontaciones, de manera especial con la iglesia.

Rousseau escribió muy diversas obras, incluso óperas como: El adivino del pueblo y las musas galantes.

Como era preceptor en París, escribió una obra muy importante para la educación, que intituló: "Emilio o de la educación".

Pero su pasión eran las ideas políticas y con sus textos se puede decir que cambió la forma de pensar y de gobernar en el mundo, porque suya es la idea de que "todo poder reside en el pueblo" y que es falso que los monarcas reciban su poder de la divinidad.

Todos los políticos deberían leer a Rousseau y aprender de sus ideas, como también deberían leer a Maquiavelo para que se quiten de ideas absurdas y sepan entender la forma correcta de gobernar, pues el florentino en sus ideas, dista mucho de las concepciones ordinarias que la gente tiene de él.

Los clásicos siempre serán los clásicos y nunca pasarán de moda. Por ello yo me alegro de que me hayan obligado a leerlos en secundaria y en prepa; y por eso mismo siempre recordaré con agrado al padre Armando Bravo que fue mi profesor de literatura. Tuve muchas diferencias con él, pero al final terminamos siendo muy buenos amigos.

Por lo demás: "Hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te guarde en la palma de Su mano".

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