Flash mobs: la expresión compartida
Cada comunidad encuentra sus canales para liberar tensión y construir soluciones a los problemas. La complejidad de nuestro tiempo, especialmente en las grandes urbes, se convierte en un reto para decir en diferente y de inmediato regresar a lo ordinario. Así nacen los flash mobs.
Una condición indispensable de la salud física y mental es encauzar las emociones, tanto positivas como negativas. La expresión emocional es una salida concreta para lo que se agita en el interior de la persona. Dicha manifestación puede transformarse en una invitación para los otros, y cuando ésta es aceptada, se convierte en una declaración colectiva dentro de los espacios. Así, el grupo humano muestra su alegría o su tristeza, el amor o el odio, la exigencia o la gratitud, la aceptación o el rechazo.
El siglo XXI nos regala un avance gigantesco con las tecnologías de información y comunicación, mediante una multitud de aplicaciones prácticas que enriquecen o empobrecen la calidad de vida en los individuos y sus comunidades. Este es el contexto del fenómeno social conocido en inglés como flash mob, que en español puede interpretarse como ‘movilización instantánea’ o ‘movimiento inexplicable’. Consiste en “la agrupación de personas organizadas a través de dispositivos digitales”. Es decir, la convocatoria se difunde a través de los medios electrónicos, provocando una respuesta colectiva, espontánea y anónima, simultánea y transitoria, en un espacio público determinado, para realizar algo inusual o notable, y desaparecer de improviso. Inicia pues con el mensaje que se difunde a través de las redes sociales hasta formar una cadena y, dependiendo de la respuesta individual, resulta en la reunión de unos cuantos (decenas o cientos) o de muchos (miles y hasta millones).
NOVEDAD
Entre las primeras experiencias de los flash mobs, se encuentra la creatividad de Bill Wasik, editor de la revista Harper’s en la isla de Manhattan (Nueva York), durante el año 2003. Inician como un experimento social lúdico en el que un grupo de desconocidos toma por sorpresa áreas comerciales o públicas, simplemente para demostrar que puede hacerlo.
Algunas de las convocatorias a flash mobs tienen la diversión como fin único; así, en Osaka cientos de personas se disfrazaron de un personaje de la película Matrix en 2003. Otras muestran la intención de pronunciarse en torno a una cuestión específica: el 11 de septiembre de 2003, en las ciudades de San Francisco, París, Bruselas, Florencia y Avignon se reunieron miles de asistentes para intercambiar libros “promoviendo la buena voluntad y la tolerancia en las personas”, como una manera de conmemorar el trágico 11-S de Estados Unidos.
Diversas ciudades en el mundo atestiguan la movilización inesperada que convoca lo mismo a pelear con almohadas que a bailar la coreografía de algún videoclip: Roma, París, Berlín, Río de Janeiro, Birmingham, Stuttgart. Todas ellas grandes urbes y centros económicos, políticos y culturales.
En nuestro país, la Ciudad de México concentra el mayor número de movilizaciones, entre las que sobresale la iniciativa Viaje en metro sin pantalones, que se vivió por segunda ocasión el 8 de enero de 2012 y se ha realizado en 50 ciudades del mundo.
CON SENTIDO
La esencia de un flash mob se encuentra en divertirse y divertir a los demás, trabajando junto a personas desconocidas, congregadas por un objetivo común: completar una misma y única misión. Por ejemplo: traer los pantalones puestos, una mochila o morral, y dos boletos del metro del Distrito Federal, para quitarse los pantalones con buena disposición y actitud durante el viaje, y quedar en ropa interior (una prenda sencilla y respetuosa del espacio público y familiar, que es el tren en el que se viaja), sin que se note la organización y con la mayor naturalidad posible, “como si nada estuviera pasando”. La acción es simultánea en los participantes y busca sorprender a los usuarios del transporte colectivo más importante del país.
La invitación es abierta y se esparce a través de una persona o de una red social, que producen un asombroso y muy real efecto multiplicador. El contacto es virtual y responde a la demanda de los usuarios desde una “arquitectura de la participación”, pues nada ocurre sin el aporte individual de muchos.
Son los jóvenes, mayores de edad, quienes cumplen de ordinario los requisitos legales para participar en un flash mob y asumen un mayor grado de apertura ante lo diferente, sin importar su perfil de personalidad, pues a la decisión individual se incorpora la presión social que ejercen los integrantes del círculo íntimo (amigos, pareja, familiares, y compañeros).
El ejercicio permite la construcción de un ‘capital social’ a base de confianza, reciprocidad, colaboración y cooperación, valores todos urgentes en un mundo marcado por la violencia, los crímenes y el aislamiento. Cada experiencia lúdica produce recursos psicológicos en quien la vive, sea como ejecutante o como espectador: con emoción, relajación, alegría, acercamiento, reto, decisión, satisfacción y entrega. La generación del ‘capital’ y los beneficios psicológicos constituye la ganancia para la comunidad, y es una auténtica promoción de la participación personal en la gestión social.
Hay una derrama económica indirecta en estos eventos, pues involucrarse no requiere del pago de una membresía, pero el gasto aparece cuando se requiere un distintivo, sea la prenda íntima, una playera de cierto color o el disfraz, o igualmente cuando implica transporte, alimento y bebida.
Los flash mobs tienen también sus riesgos, entre otros, los atropellos a la privacidad, la aparición de redes criminales y las amenazas a la dignidad de la gente. La línea que divide burla y diversión, bondad y maldad, paz y guerra, suele ser muy delgada, y la tentación de cruzarla es permanente. Mantener la propia disciplina respecto a la conducta individual y a la intención del colectivo, es fundamental para lograr el objetivo central, siempre divertirse y divertir.
Correo-e: juanmanuel.torres@iberotorreon.edu.mx
Fuentes: Las multitudes inteligentes de la era digital, Cobo, Cristóbal (Revista Digital Universitaria, 2006); Flashmobmexico.com.
Nadie es dueño de la multitud, aunque crea tenerla dominada.
Eugene Ionesco, dramaturgo francés de origen rumano (1909-1994)
El hombre es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos.
Carmen Martín Gaite, escritora española (1925-2000)