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El robo insensible

Un grupo de matrimonios amigos nos reunimos periódicamente desde hace años, a convivir y compartir nuestras experiencias.

En días pasados, uno de ellos sufrió un robo importante en su domicilio que afectó seriamente su patrimonio. Al platicarnos el hecho él todavía se mostraba indignado, por lo que había significado la pérdida de algunos artículos adquiridos a través de los años que para ellos tenían un significado especial.

Ella, en cambio, una dama admirable por su sencillez y riqueza espiritual, nos dio una lección: trató de ver en aquel acontecimiento, a juicio de todos deplorable, el lado positivo. Estas fueron, poco más o menos, sus palabras:

“¿Cómo es que podemos sentir tanto que nos roben cosas materiales que con un poco de esfuerzo se pueden recuperar y, para que no nos vuelva a suceder ponemos más rejas y más candados, o contratamos vigilantes que cuiden la casa día y noche; y en cambio no nos damos cuenta y, por lo mismo, no hacemos nada para evitar el robo insensible, pero constante, que diariamente nos hacen de nuestros valores?

La televisión, por ejemplo, a veces nos absorbe tanto que nos roba los escasos momentos de diálogo que podríamos tener como padres o como esposos, tan necesarios para la integración de la familia y para la formación de nuestros hijos”?

Otro de los asistentes agregó: “Tienes razón, a mí me indigna el bombardeo sexual que nuestros hijos e hijas reciben por todos lados que nos roba su inocencia y su pureza en forma prematura”.

Un tercero intervino: “Y qué me dicen del narcotráfico y del inmoderado consumo de bebidas embriagantes que nos ha robado la tranquilidad”.

“Y del materialismo y obsesión de consumir que nos ha robado el deseo de ser mejores seres humanos porque el “tener” se ha convertido en el parámetro social del éxito.”, terció otro.

“¡Y el ambiente irreligioso que nos ha robado el invaluable patrimonio de la fe!” Agregó uno más.

“Y tantos y tantos otros robos más que podrían enumerarse”. Decía la dama que primero había hablado y agregaba: “Y ¿Qué hacemos para evitar el robo de esos bienes no recuperables y de mucha más trascendencia? ¿Qué rejas alzamos? ¿Qué candados ponemos? ¿Qué guardianes contratamos?”

Ahí quedaba el problema planteado y ahí quedaban las preguntas esperando nuestra respuesta.

Gómez Palacio, Durango.

Rodolfo Campuzano Suárez del Real,

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