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En busca del buen perdedor

Sin duda la democracia mexicana -de algún modo hay que llamarlo a eso- necesita elevar la calidad de sus perdedores. Se requieren perdedores que acepten, sin chistar, los resultados que muestren las instituciones electorales que tanto nos han costado, en dinero, en tiempo, y hasta en vidas. Es de suponer que en Suiza, por ejemplo, quien pierde en un proceso electoral se tarda unos cinco minutos en reconocer su derrota, en felicitar públicamente a su rival, y en llamarlo para felicitarlo.

Nada de eso sucede en esta nuestra democracia. Es una desgracia. Deberíamos importar a los perdedores de Suiza, o Dinamarca. (Debe recordarse el caso de las elecciones de Michoacán, en las que Calderón, hermano de “Cocoa”, candidata panista perdedora, tardó cuarenta días en reconocer la derrota de su hermana, y felicitar al candidato ganador; no sin antes echarle la culpa al narco, no a los electores, por la noche triste la verdadera Familia Michoacana, la de Calderón).

Ante el Trife se ha presentado infinidad de impugnaciones, sólo han resaltado las de Andrés Manuel López Obrador.

Si tuviéramos buenos perdedores, el ganador ya estaría poniéndose de acuerdo con sus patrocinadores para la integración del gabinete. Ya estaría presentando sus propuestas de reformas estructurales: reforma hacendaria (más impuestos a la clase media), reforma laboral (menos prestaciones), reforma energética (más mega-transas salinistas), reforma político electoral (más vividores “institucionales”).

Los cuestionamientos electorales, verdaderos lastres de nuestra democracia, ya duran más de un siglo, antes incluso de que la oposición reclamara a Porfirio Díaz la limpieza de sus contundentes triunfos. Reclamaciones que no duraban mucho, dada la orden porfirista del “Mátenlos en caliente”. Fue necesario un levantamiento armado para que al mundo le quedara claro que Porfirio Díaz era en realidad un Mal Perdedor, vestido de Buen Ganador por las instituciones de entonces.

Debe consultarse el libro “Hablan las Actas”, de José Antonio Crespo (experto electoral, de honestidad intelectual incuestionada, antipejista por cierto) para saber que, de la sumatoria de los votos que consignan las actas de casilla publicadas por el IFE en 2006, no se obtiene como resultado que haya triunfado Calderón.

En 2006 hubo un Mal Perdedor, pero la investigación de Crespo nos lleva a pensar que ese Mal Perdedor fue Felipe Calderón, aunque “haiga sido como haiga sido”, lo hayan disfrazado de Buen Ganador.

Por cierto, del mar de expertos electorales que tanto nos cuestan, no ha levantado la voz uno solo para rebatir la contundente conclusión de Crespo, que permanece como verdad no refutada.

Así que tenemos más de un siglo buscando al Buen Perdedor, desde antes de Porfirio hasta Calderón. Y nos tardaremos otro siglo en encontrarlo, a menos que antes aparezca el Buen Ganador.

El Buen Ganador no debe comprar votos, no debe rebasar los topes de gastos de campaña, no debe coaccionar votos a cambio de ayudas oficiales, no debe establecer acuerdos ilegales con los poderes fácticos, como los ilegales acuerdos Televisa Peña. No debe aprovechar la campaña para lavar dólares comprando votos, como el caso Monex. En fin no debe recurrir a instrumentos que resten legalidad, certeza, autenticidad, ni libertad al ejercicio electoral.

Los intelectuales y periodistas que hoy reclaman la calidad del perdedor, apurados quizá por formarse en la fila de los contratos de publicidad del próximo gobierno, deberían reclamar también la calidad del ganador. No pidamos, injustamente, un “Buen Perdedor”, en ausencia del “Buen Ganador”.

Martín Vélez.

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