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'Hablar bien'... o la estrategia de la negación

Periférico

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

El mismo virus ha contagiado a los tres niveles de gobierno. En medio del naufragio social y político que vive nuestro país, quienes dicen gobernarnos nos impelen con su retórica torcida a sonreír frente al negro futuro y a hablar bien, pese a todo, de México, Coahuila y Torreón. El autoengaño y la negación erigidos como políticas gubernamentales.

Primero fue el presidente de la República, Felipe Calderón. Luego de reconocer en 2009 la mala imagen que México se ha forjado en el exterior debido a la creciente violencia en las calles y caminos, el primer mandatario ha construido un discurso cargado de optimismo que contrasta con la realidad que viven millones de personas que diariamente son víctimas de la inseguridad en todas sus versiones. Con insistencia, el presidente Calderón ha solicitado en distintos foros a todos los sectores de la sociedad "hablar bien" de México, y no "sobredimensionar" el fenómeno de la delincuencia, como si la hipérbole fuera necesaria frente a la elocuencia de la realidad cotidiana.

Después fue el alcalde de Torreón, Eduardo Olmos. En el arranque de su segundo año de administración, el presidente municipal lanzó una campaña bajo el lema "Hablar bien de Torreón, habla bien de ti", valiéndose de todos los artificios propios de la mercadotecnia para intentar ocultar la decadencia en la que se encuentra sumida nuestra ciudad desde hace varios lustros, decadencia que el actual ayuntamiento no ha podido frenar. Basta con recorrer las calles del Centro Histórico y sus zonas aledañas para encontrarse con el más vivo ejemplo del abandono y la negligencia institucional. Vivimos en la séptima zona urbana más violenta del mundo... pero hay que asumir una actitud positiva, nos dicen.

La apoteosis del optimismo ciego, burdo y ofensivo la ha alcanzado el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira. Del demagógico pleonasmo de su campaña electoral, "Más Mejor", pasó al discurso de la felicidad por decreto con el lema "¡Aquí se sonríe!". No conforme con esto, en días recientes el titular del Ejecutivo Estatal pidió a la sociedad "hablar bien" del estado para contrarrestar la mala imagen que tiene en el exterior. Como si la descomunal y opaca deuda dejada por su hermano, la impunidad de la que gozan los políticos corruptos, el exorbitante incremento de los impuestos, la inexistencia de oposición y contrapesos, y la imparable ola criminal, fueran sólo asuntos de mera percepción, susceptibles de ser minimizados en sus causas y efectos. En este contexto, la crítica y la inconformidad se vuelven sospechosas; la indignación, enfermedad de los amargados. Hay un tufo fascista en todo esto.

Pedir a una persona que sonría y hable bien de su entorno cuando un amigo o familiar ha sido asesinado o secuestrado; cuando tiene miedo de salir a la calle y frecuentar los lugares que antes veía seguros; cuando tiene que destinar de su raquítico salario cada vez más pesos a los impuestos; cuando no sabe en qué se gastan estos recursos; cuando, en fin, tiene que lidiar todos los días con la hostilidad que inunda la vida pública, creo que rebasa ya los límites de lo insensible y entra en los terrenos de la perversidad.

En este país, para el ciudadano común la vida pública se ha convertido en un laberinto de aflicciones, como aquel que habitaba el Minotauro, esa bestia mitológica, producto de la soberbia y lascivia de los hombres y de la ira y prepotencia de los dioses, que se alimentaba de la carne de mancebos y doncellas. Hoy, ese monstruo que campea por el laberinto se llama pobreza, inequidad, corrupción y delincuencia, y acaba -literal y metafóricamente- con la vida de miles de personas y devora la esperanza de generaciones enteras. Lo que hoy nos piden los gobernantes, auténticos reyes Minos de nuestro tiempo, es que hablemos bien de ese terrible laberinto en el que nos han metido y del que para salir, haría falta no uno, sino muchos héroes como Teseo.

Mientras tanto, los ciudadanos se refugian y esconden en los rincones de ese laberinto: sus casas, su entorno más próximo, el de su familia y amistades. Es en ese ambiente privado en el que encuentran hoy los motivos para sonreír y mirar con menos desazón hacia el futuro. Frente a la tragedia de la vida pública, el cobijo del espacio íntimo. Pero ninguna sociedad que aspire a serlo en plenitud, puede construirse sobre la base del particularismo y la segregación. La historia nos muestra que cuando se rompe el equilibro y lo privado se superpone a lo público, las civilizaciones se colapsan. Ahí está la Antigua Roma, maestra de occidente en virtudes, pero también en vicios y defectos.

Si en verdad existe voluntad de los políticos para sacar adelante al país y sus regiones, deberían comenzar por reconocer que hasta hoy no han estado a la altura de las expectativas de los ciudadanos. Y por más que se empeñen en ocultar la realidad con falsas posturas de optimismo, aquélla siempre regresará a cobrarnos la factura. La negación y el autoengaño son las peores herramientas para construir una nación. Antes que empezar a hablar bien, se debe actuar sobre el mismo camino. Y no al revés.

Twitter: @Artgonzaga

E-mail: argonzalez@elsiglodetorreon.com.mx

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