Ilustración: Aída Moya.
Como todos los días, ayer me desperté temprano por la mañana, aunque era día festivo. Tú sabes bien que acostumbro hacerlo porque siempre he creído en el refrán aquél de “al que madruga, Dios lo ayuda”. Sin embargo, desde que abrí los ojos algo se sentía diferente. No sé decirte exactamente qué, pero se percibía un aire extraño en el ambiente. Mira, trataré de explicártelo de manera que me lo entiendas, pero no será nada fácil... es más, quizá te parezca medio loco, pero te juro por ésta, que lo que te estoy diciendo así pasó.
Luego de mis habituales enjuagues bajé de mi cuarto y lo primero que hice fue salir a la cochera a recoger El Siglo, que me dejan por entre la reja todos los días, y aunque la luz era todavía muy tenue pude leer en el titular de la primera plana: Se cumplen 30 días sin violencia. Entré rápidamente a la sala y encendí la luz para leer mejor, y en el encabezado se agregaba: La Laguna se convierte en uno de los sitios más seguros para vivir. A un lado estaba una fotografía a todo color con los jugadores del Santos festejando con un trofeo alzado en sus manos que decía al pie: El Santos Laguna consigue su cuarta corona al vencer con marcador final de 5 a 3 a los Tigres de Monterrey, en el mismísimo Volcán, consolidándose como el mejor visitante del torneo.
No podía creerlo, así que chequé la fecha de la publicación: lunes 12 de diciembre de 2011. Exactamente el día de ayer. Pero si apenas el domingo había visto que sucedía todo lo contrario. Me sentí de verdad desconcertado, ¿qué estaba pasando? Encendí la televisión para despejar mis dudas y en el noticiario matutino confirmaron la información que había leído en la primera plana. No puede ser, me dije, no puede ser.
Me preparé un café algo cargado con la idea de despertar y pensar mejor las cosas. Mientras lo tomaba, continué ojeando el periódico y parecía un cuento de hadas, sólo puras buenas noticias... y no sólo en La Laguna, sino en todo el mundo: nada de guerras, nada de hambrunas ni pleitos verborreicos entre políticos, puros informes de éxitos conjuntos y finanzas saludables, reportajes sobre los logros de la administración municipal y las asociaciones civiles; todo estaba bien en el mundo... pero, ¿qué estaba pasando?, ¿alguien me estaba jugando una broma?
Me arreglé de inmediato y me dispuse a salir para despejar mi cabeza y buscar alguna respuesta. En la calle, lo primero que vi fue a uno de mis vecinos, el maestro retirado, un hombre mal encarado y cascarrabias con quien sólo lograba un intercambio de ademanes si andaba de buenas. Volteó a verme y apenas lo iba a saludar con una seña cuando se me adelantó y caminando hacia mí, me dirigió la palabra con un alegre “buenos días”. Preguntó cómo me encontraba, me pidió que saludara de su parte a mi familia, y regresó a seguir barriendo, entre melodiosos silbidos, la banqueta de su casa.
Más perplejo aún de lo que me encontraba, subí a mi auto para ir a cargar combustible. Al llegar a la gasolinera pedí a la mujer que atendía, me despachara 20 litros de la verde, y luego de que limpiara amablemente el parabrisas, para mi sorpresa, el total a pagar fue como hacía por lo menos dos años, antes de los famosos ‘gasolinazos’ mensuales. Pagué desconfiado el total y le ofrecí una propina, la cual rechazó afable argumentando que sus servicios ya estaban cubiertos por su sueldo y que gustosa me atendía sin esperar otra compensación. No supe qué decir, sólo le agradecí de nuevo y salí del lugar.
Al avanzar por el bulevar Constitución en dirección al centro de la ciudad, a fuerza de concentrarme en lo que iba haciendo, me empecé a dar cuenta de que la calle estaba muy limpia; el camellón central con árboles frondosos, arbustos, flores y pastos bien cuidados por el personal de Parques y Jardines que, aún en ese día, seguía trabajando. Además, sin la absurda ciclopista el tráfico era muy fluido debido a los pocos semáforos, los bien diseñados accesos y la buena señalización.
Tomé la calzada Colón, hermosamente adornada con motivos navideños, y el tráfico seguía siendo fluido y respetuoso por parte de todos los que viajábamos ordenadamente en nuestros vehículos. Al irme acercando hacia la avenida Juárez comencé a notar que el tránsito se iba haciendo más lento y entonces recordé que me toparía con las molestas peregrinaciones y quedaría atrapado sin remedio si no abandonaba esa vía. Así que quise buscar una salida para no enfrentarme con ellas, pero mi sorpresa fue mayor al ver que la reducción de velocidad se debía a un eficiente operativo montado para evitar esas aglomeraciones, lo que permitía a los peregrinos continuar con sus vistosas danzas y sonoros cantares de forma segura y a nosotros los automovilistas, avanzar sin complicaciones hacia nuestros distintos destinos.
Finalmente llegué al centro y casi sin percatarme de ello, encontré inmediatamente dónde estacionarme. Como día festivo que era no tuve que ponerle dinero al parquímetro, pero también me fijé que no había ningún latoso ‘trapero’ en las cercanías; sólo gente caminando plácidamente por las banquetas libres de vendedores ambulantes y, por cierto, muy limpias.
Como podrás imaginarte estaba realmente atónito por todo lo sucedido hasta ese momento, así que no dejaba de sentirme con una extraña mezcla de sorpresa, incredulidad y hasta cierto interés por saber qué más encontraría. Así que decidí pasar el resto del día caminando por las calles del Centro Histórico. No recuerdo haber visto ningún local abandonado ni mucho menos pintarrajeado con grafitis. Anduve buen rato viendo que la mayoría de los establecimientos comerciales estaban abiertos, pero sin el estrepitoso ruido con el que a veces contaminan el ambiente, sino que en el interior de algunos se escuchaba una cálida música ambiental navideña y en muchos otros sólo se oía el murmullo natural de la vendimia.
Lo mismo sucedía por allá en los ‘puestecitos’, donde mucha gente se encontraba comprando heno, musgo, lucecitas de colores o figuritas de barro o resina para montar sus nacimientos en casa; y junto a su algarabía, pude percibir la apetitosa mezcla de aromas de las panochas, los elotes calientes y demás alimentos que se venden ahí, mientras que numerosas familias estaban a las orillas de la calle observando al interminable contingente de peregrinos y danzantes que marchaban hacía la Parroquia de Guadalupe. Todo parecía como una fiesta familiar.
La gente que transitaba por todos los lugares a los que fui me saludaba amablemente y yo fui acostumbrándome al paso de las horas a saludar a todos con los que me encontraba, lo mismo a jóvenes y niños que a gente mayor y hasta a los policías que vigilaban en algunas de las esquinas. Me senté en la Plaza de Armas, que tenía aún el verde follaje de sus árboles y las fuentes de sus esquinas borboteando alegres aguas. Vi a los limpiabotas trabajando en sus clásicas sillas, así como a los que venden aguas frescas y frituras, todos conversando alegremente con sus clientes. No pude menos que acordarme de cuando mi abuelo me platicaba, cuando yo era niño, la antigua costumbre que tenían los jóvenes de su época de pasear los domingos alrededor de aquella vieja plaza, saludando con el toque del ala de sus sombreros a las muchachas que con largos y vistosos vestidos caminaban en sentido contrario a los elegantes caballeros, en una danza de coquetería y amabilidad. Aquella escena que yo estaba viviendo en persona no era muy distinta en cuanto al ambiente de confianza, seguridad y cortesía del que era testigo.
Al caer de la tarde, con las luces de la ciudad encendidas y junto al resto de la gente que comenzó a abandonar el centro, me retiré a casa. Ya me había adaptado a este sueño hecho realidad, así que no me extrañó que ninguna calle estuviera a oscuras y ver que afuera de muchas casas, las familias se encontraban conversando, sentadas en sus mecedoras y sillas, con los niños jugando alrededor, aun cuando el clima fuera frío. En otros sitios, algunas personas reunidas rezando el rosario frente a un altar improvisado para la Morenita o con un grupo de matachines danzando, todavía a esas horas, en lo que restaba de alguna ‘reliquia’.
Fue un día largo y extenuante, pero a la vez increíble. Así que luego de llegar a mi vecindario, igualmente iluminado tanto por los arbotantes como por las luces multicolores de la Navidad ya cercana, me dispuse a cenar. Te he de decir que a diferencia de otras muchas noches, no me sentí solo estando aquí. Y la confusa argamasa de sentimientos e ideas que me habían invadido durante todo el día, se transformó en una cálida sensación de bienestar y paz... me resigné a pensar que la magia sí existe y que algo había sucedido sin mi participación y consentimiento, convirtiendo finalmente nuestros profundos deseos como ciudadanos de esta bella tierra, en una realidad que -dicho sea de paso- ahora sí teníamos que conservar y no volverla a perder con nuestra indiferencia y falta de participación. Y con esos pensamientos en mi cabeza, agradeciendo en mi corazón aquel milagro, me quedé dormido.
Hoy que he despertado y te veo frente a frente en este espejo, tengo que confesarte que me siento entusiasmado por volver a vivir en esta nueva y rescatada ciudad; llegar a mi trabajo y compartir con todos mi experiencia, que seguramente será la misma que ellos tuvieron, y poner mi granito de arena para que este sueño no termine nunca más.
Voy a bajar en este momento a buscar mi Siglo y a comprobar que todo sigue tal y como lo viví ayer... aunque te he de decir también que temo -en realidad me aterra- la idea de que todo siga como siempre. ¿Qué hago? ¿Y si mejor me quedo así, sin enterarme de nada? ¿No será preferible seguir creyendo que este sueño es verdad y vivir en la fantasía, aunque para los demás sea simplemente un loco más caminando por las calles?
Pero cómo voy a estar loco, si me veo cara a cara y soy consciente de lo que digo, de lo que siento, tengo la seguridad de estar aquí. Bien, no queda más que enfrentar la realidad, así que bajaré a enfrentarme a ella, sea como sea.
Estoy de nuevo frente a ti, es decir frente a mí, pero ahora aquí, en el baño de mi lugar de trabajo; han pasado muchas horas y lo que temía se me ha concedido. Pero a pesar de que todo sigue igual que antes, cada instante que pasa voy cayendo en la cuenta de algo realmente nuevo para mí. Y eso he venido a decirte a los ojos. Hasta que desperté, me di cuenta de que, tal vez sea una locura, pero creo que todo esto pasó para descubrir la verdad: que Torreón llegue a ser de nuevo como en sus mejores años o mucho mejor que entonces, es algo en lo que me toca a mí participar y que como lo sentía anoche, me entusiasma saber que es posible vivir así, que juntos lo podemos lograr. Te dejo. Voy a trabajar, que así pongo mi granito de arena.