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La Chiveta

GILBERTO SERNA

Los que somos aficionados de hueso colorado al deporte del futbol, que por mucho es el más popular de este país, que se juega a patadas, cuenta con un arrastre tal que lo mismo emociona a un habitante de una colonia pomadosa (ser de pomada: pertenecer a la aristocracia) que al infeliz que trae una franela en cualquier esquina centrica de la ciudad, estamos contentos, que digo contentos, estamos eufóricos, con la decisión que han tomado los dueños de las televisoras en pasar por la pantalla chica un partido de la liguilla en que se enfrentarán en cuartos de final los equipos Morelia de ídem y Tigres de Monterrey, a la misma hora en que el IFE programó la trasmisión de un debate entre los candidatos a la Presidencia de la República. ¡Oh, porca miseria! qué dilema. Nos perderemos a los que practican el arte de discutir o argumentar usando la lógica, el raciocinio y el razonamiento. Diría mi compadre Eufemio: a ver de cual cuero salen más correas. Aunque no se trata de un torneo de oratoria en el que valdría la pena que los aspirantes a Presidentes no dieran a conocer no sólo sus ideas sino su carácter, su inteligencia, y de ser posible que dejaran traslucir sus sentimientos, pues los spot televisivos actuales apenas dejan pensando si son seres humanos o ángeles de séptimo cielo dispuestos a esparcir con una varita mágica sus bienaventuranzas, repartiendo prosperidad y felicidad.

El primer debate transmitido por televisión entre aspirantes a la silla presidencial tuvo lugar en 1994, que nos puede ayudar a decidir. Figuraron Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano del PRD, Ernesto Zedillo Ponce de León del PRI y Diego Fernández de Ceballos del PAN. Si bien recuerdo Diego apabulló con su voz descarada a sus dos contendientes, que no tuvieron arrestos para saber cómo polemizar. Aquí se podría aplicar la frase de Domingo Arrieta, gobernador Revolucionario del estado de Durango "ganates, pero no salites" o sea que Diego ganó el debate, pero no era el favorito de los dioses. Este final inesperado nos da la medida de lo que nos aguarda a los mexicanos con el próximo debate, es pregunta pues estamos adelantando vísperas. Por todo eso y más prefiero que transmitan el juego, pa que es más que la verdad. El pueblo llano disfrutará a placer; aun que no tenga para comer. Que si el formato de los debates tiende a favorecer a tal cual candidato, ese es otro cantar. No sé por qué asociación de ideas recordé Punta Diamantes, y de que cada ser humano tiene su precio, por fiera que pudiera parecer.

La noticia que hizo que a muchos les diera comezón en el occipucio (para los mal pensados, que nunca faltan, occipucio es la parte de la cabeza por donde ésta se une con las vertebras del cuello). Esto, de preferir a pesar de lo que opinan que es del más alto interés público que esos enfrentamientos verbales (si acaso se dieran en ese contexto) lleguen al conocimiento del mayor número de ciudadanos y los lleve a decidir por cual candidato es más conveniente emitir su voto, es una fantasía pues para estas horas la mayoría de los mexicanos sabemos por cuál de los cuatro no hemos de sufragar. Lo otro es un espectáculo. Quisiera estar equivocado. Pero en este momento me viene a la memoria la fenomenal y respetable señora a quien se conocía como la Chiveta quien radicaba en la parte más alejada de cañón de Jimulco. Vivía, si eso es vivir, en las faldas de la montaña, su jacal carecía de luz eléctrica, era apenas un caserío que daba cobijo a unas cuantas familias.

La Chiveta parecía, por su porte, una dama de la más alta alcurnia. Brillaba con luz propia. La pobreza de su vestimenta realzaba la nobleza de su rostro. Su peinado era del siglo XIX. Siempre me dió la impresión de que podría ser una princesa rusa en el exilio, de los tiempos de los zares. Frisaba en los sesenta años. No obstante la vida en el campo la hacía ver de mayor edad. Usaba una falda ancha, que revoloteaba cuando venía a la ciudad. No obstante la blusa cubría lo que tenía que cubrir. Ella no había oído hablar de debates, de controversias entre candidatos. El día de elecciones era como otro cualquiera en su villorrio, una mañana se levantaba temprano antes de que el ferrocarril llegara una estación llamada Centinela donde el conductor paraba si había pasajeros esperando. La Chiveta recogía del piso la urna amarrada con mecates y subía presurosa pisando los escalones metálicos que le daban acceso al vagón. Después de horas de traqueteo y calor al fin llegaba a su destino trayendo el ánfora electoral que entregaba 24 horas antes de que se abriera el resto de las casillas. Lo peculiar era que la urna traía todos las boletas, en círculos cruzados a favor de su partido político, donde hasta los muertos habían votado.

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