Yo no soy de los que creen en ovnis. Lo mismo podría decir de las brujas, salvo por la sabia advertencia de Álvaro Obregón, quien famosamente señaló: "no creo en las brujas, pero existen…"
El jueves pasado, con todo y mi escepticismo, reconozco que dudé. Al ver el debate entre Obama y Romney, y el lamentable desempeño del primero, me asaltó la terrible sospecha de que tal vez el Barack Obama articulado y magistral que conocíamos podría haber sido raptado por seres de otro planeta.
Nadie sabe bien lo que le sucedió al presidente esa noche, a la que llegó con una ligera, pero cómoda ventaja en las encuestas y con lo que parecía la mesa puesta para exhibir a su contrincante, que no tiene las aptitudes verbales ni histriónicas de Obama y al que todos consideraban un pichón en las garras del temible halcón de la Casa Blanca. Pasó todo lo contrario: Obama arrancó frío y tieso, poco articulado y menos fluido que de costumbre. Romney se vio suelto, relajado y con una línea discursiva mucho más congruente y contundente.
La leyenda afirma que los debates presidenciales pueden causar una voltereta en las encuestas y cambiar el desenlace de una elección, pero lo cierto es que por lo general suelen ser sosos y aburridos, precisamente porque los candidatos quieren evitar a toda costa un error mayúsculo. Hay ejemplos que ya forman parte del folclor político estadounidense, como la cara sudada y mal rasurada de un Nixon que se enfrentaba al telegénico Kennedy; o la pifia mayúscula de un Gerald Ford que afirmó que Europa del Este no estaba ni estaría jamás bajo el dominio de la Unión Soviética (confundiendo este con oeste y reforzando el prejuicio que existía sobre Ford, de quien se decía que no podía caminar y mascar chicle al mismo tiempo), pero por lo general los debates son como peleas de box en las que sólo se puede ganar por nocaut: casi siempre los peleadores acaban cuidándose de más y optando por el empate.
No hubo en el primer encuentro Obama-Romney un golpe de nocaut ni nada por el estilo, pero el desempeño de ambos fue suficiente para que las encuestas nos entregaran su veredicto demoledor: más del 65% vio como vencedor a Romney, y si bien es aún demasiado temprano para predecir cómo cambiará esto las encuestas (falta menos de un mes para la votación, quedan dos debates más) está claro que la dinámica de esta campaña ha cambiado dramáticamente.
Hasta antes del jueves los partidarios de Romney estaban desanimados, por decir lo menos. Su candidato no sólo iba a la zaga en prácticamente todas las encuestas nacionales, sino que se le veía débil en estados clave sin los cuales no podría ganar: Colorado, Michigan, Ohio, Pennsilvania... Su recaudación de fondos en agosto fue inferior a la de Obama y el mes de septiembre pintaba de manera similar, en lo que es uno de los termómetros más confiables de la salud de una campaña presidencial. Para colmo, un par de metidas de pata, muy notablemente su aseveración de que el 47% de los estadounidenses "van a votar por Obama… Son dependientes del gobierno… Se creen víctimas… Se sienten con derecho a atención médica, comida, vivienda… No pagan impuestos… Y jamás los convenceré de que deben asumir la responsabilidad sobre sus vidas…"
En ese entorno, a Obama le bastaba nadar con la corriente, dejarse llevar y no cometer errores graves. Pero su noche triste fue la del debate, al que llegó o cansado, o poco preparado o francamente distraído.
No digo que el debate haya cambiado definitivamente las cosas, pero súbitamente tenemos una contienda terriblemente reñida y cerrada a cuatro semanas de la jornada electoral. Hay demasiado tiempo y son muchas las cosas que pueden suceder de aquí a entonces. El desempeño de la economía y el mercado laboral. Una crisis en el exterior. Un derrapón mayúsculo. O simplemente la decisión de buena parte de los votantes de ir más allá de lo superficial y meterse a fondo a analizar lo que ambos candidatos plantean para la nación más poderosa del mundo. Sea como fuere, tendremos muchas emociones de aquí al 6 de noviembre.
Twitter: @gabrielguerrac