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LITERATURA

Ilustración: Aída Moya.

Ilustración: Aída Moya.

Miguel Ángel Morales Aguilar

Mi abuela materna oraba tres veces al día. Era de esas mujeres chapeadas con el oro de una mina soterrada. Era del linaje de Dios. Tenía un altar escalonado de madera, clavado en un rincón de su recámara y de su corazón. Era un altar pequeño y blanco, frágil y vivo, pero lleno de gracia. Y todos los días, cuando todavía estaba oscuro, antes de las campanadas matutinas de la iglesia, ella se ponía a rezar. Tenía una foto del expresidente Adolfo López Mateos junto al Sagrado Corazón de Jesús y su inquebrantable copa de aceite siempre encendida. Porque en casa de la abuela Juana nunca faltó el aceite para la oración ni para los huevos; pues ella hablaba con Dios, y Él la escuchaba.

No es que doña Juana fuera una santa, pero era sabido por todos los vecinos, de sus fuerzas como búfalo, siendo lavandera de la ropa ajena. Era de esas lavanderas con lejía y cortadura, que hervía las sábanas y las trusas para devolverles su blancura. Era de esas que enredaban la ropa en una cobija, y se la echaba encima de la cabeza, como los panaderos de antes la canasta repleta, y como lo hacen los hombres que vacían concreto a botazos. Era de esas que no se rendían a la adversidad ni a nada ni a nadie, por falta de dinero y cosas materiales. Era de buena madera, como dicen, hija de tepehuanes, nacida en Nombre de Dios, Durango; para fundar otra ciudad con su osadía y desmesura, con su inquebrantable voluntad de dromedario en el desierto. Y no es que doña Juana trabajara como bestia, que así dicen de la gente luchona, pero algo tenía de encarnado el Salmo 92, en toda su humanidad de virgen trashumante que bajó de la montaña.

Cabe mencionar que la mayoría de la gente llegó de este modo a la Comarca Lagunera, motivados por el oro blanco del capullo de algodón, aprovechando el curso constructor del río Nazas. Así se llegaron a fundar las tres ciudades hermanas: Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, con nómadas que venían de San Luis Potosí, Zacatecas y la sierra de Durango, y de otras ciudades de los estados vecinos a Coahuila. Pero nadie tan fuerte, tan noble, valiente y esforzada, tan decidida a ganar todas sus batallas a la muerte, como la señora Juana Martínez Vargas, tomada de la mano de Dios. Tal vez por eso parió 15 hijos, sepultó a dos maridos, y venció dos o tres legiones de demonios.

Por eso cuando repicaron las campanas de la iglesia de La Soledad, antes que cantaran los gallos, a todo el vecindario les pareció muy extraño. Cuando volvieron a sonar a las seis, a las siete y a los ocho, pero el párroco no salió a dar su sermón, se dieron cuenta de que algo extraordinario había pasado. Le preguntaron al sacristán, al monaguillo, a las estatuas de San Judas y a la Virgen de San Juan, pero nadie estaba autorizado, nadie podía decir nada, ni aunque le prendieran veladoras o echaran un buen billete a las ofrendas. Nadie tenía derecho de robarle a Dios el acontecimiento de esa mañana distinta, resplandeciente y sobrenatural.

El caso es que para las nueve de la mañana de ese día asombroso, ya había una multitud afuera de la casa de doña Juana, queriendo averiguar lo que pasaba. Se sumó un grupo de oración e improvisaron una rondalla con voluntarios del coro de la iglesia. Fue entonces que la gente empezó a murmurar que se trataba de un milagro. Quizá el Espíritu Santo estaba allí adentro en persona. Algunos empezaron a decir que doña Juana, a sus 87 años de edad, había dado a luz un hijo, igual que la Sara del padre Abraham. Pero había que esperar al sacerdote, con su séquito de 12 diáconos y creyentes de hueso cristiano, para dar fe y veracidad de este hecho excepcional.

Antes del mediodía salió María de Jesús, la hija mayor de doña Juana, para decirles a los curiosos que no se amontonaran, y propuso que entraran en pareja, un hombre con una mujer, para que el varón cargara con su compañera, cuando ésta se desmayara de la impresión. Aunque todo después de que viniera el cura, no antes, porque ya para entonces había entre el bullicio, un vendedor de tacos sudados y aguas frescas, un voceador de periódicos que no dejaba de pregonar: “Eel siglooo, eel sigloo”, y otro que vendía globos, playeras y veladoras de vaso, con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Cuando llegó el señor cura al domicilio milagroso, la tercera parte de la ciudad participada del evento, atraída por el rumor de la gran noticia; y varias parejas que se acababan de conocer, hasta se iban a casar, para que de una vez fuera bendecido su matrimonio por San Juana de las campanas, que así le habían puesto a voces de bautismo popular y fe inamovible e igualada, nomás por aportar un santo más al altar de sus devociones.

El cura tuvo que abrirse paso con resolución bíblica y aplomo de Moisés entre el populacho, como si partiera en dos un mar sudoroso y estridente, para poder salir del cuchicheo y el oleaje de sombrillas y vendedores de raspas, puestos de tamalitos, gorditas de maíz y de lonches. Iba con su Cristo en la mano, con un “quítate de aquí” y un “hazte para allá, socarrón”, repartiendo coscorrones, reprensiones y alguna bendición repentina. Pero se fue de nalgas su séquito de diáconos y el cura cayó de inmediato de rodillas, cuando al entrar a la recámara de la famosa devota, vieron la muestra más extraordinaria de lealtad a Dios; una lealtad digna de una plana completa en El Siglo de Torreón, el periódico regional que todo el mundo leía; sí, ese ejemplo de inquebrantable voluntad y gozo extremo para darle honra y gloria al padre celestial; y no paraban de llorar con las manos levantadas al cielo, pues allí estaba doña Juana, en su plena lealtad, todavía trémula, suspendida en un temblor vivo, después de varias horas de muerta, sentada en su cama, recargada en el buró, con su rosario en la mano y la lámpara encendida.

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