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Los caminos de la redención

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Los caminos de la redención

Los caminos de la redención

Arturo González González

Samaria es un tríptico sui géneris del reconocido cineasta surcoreano Kim Ki-duk, quien a través de esta película analiza la búsqueda de la expiación mediante rutas poco convencionales.

Toda redención implica un ejercicio dialéctico. La síntesis, superación de los opuestos, se encuentra en la expiación. La religión ofrece caminos para alcanzar la salvación. Pero cada quién puede encontrar los propios, por más transgresores y disonantes que puedan ser. Y esto último es lo explora Kim Ki-duk, uno de los más prestigiosos cineastas de la vanguardia fílmica surcoreana, en la cinta Samaria, presentada en México con el desafortunado nombre de Por amor o por deseo.

TRES HISTORIAS EN UNA

La trama del largometraje, laureado con un Oso de Plata en Berlín, está contada en tres partes y se desarrolla en torno a tres personajes.

Jae-yeong y Yeo-jin son dos adolescentes inseparables que viven en Seúl y comparten el sueño de algún día poder ir a Europa. Pero para alcanzarlo, primero tienen que conseguir dinero. Con la ayuda de su amiga, quien la hace de celestina, Jae-yeong se prostituye de forma clandestina entre hombres de mayor edad. A ella le gusta lo que hace. Yeo-jin aborrece que tengan que hacerlo. Pero pese a esto, entre las dos hay una intimidad inquebrantable.

En su oficio ilícito, Jae-yeong se imagina que es Vasumitra, una famosa cortesana hindú que, según relatos budistas, ayudaba a los hombres a alcanzar la iluminación. No se sabe dónde vive, ni quiénes son sus progenitores. Por el contrario, Yeo-jin tiene un padre sobreprotector, ferviente católico quien además es detective de la policía.

Un día Jae-yeong es descubierta por la policía con uno de sus clientes. Sin escuchar los llamados de los agentes y las súplicas de su amiga, se arroja de la ventana al vacío y se estrella contra el suelo. En el hospital, médicos y enfermeras preguntan por la familia de la jovencita, pero no hay a quién llamar: sólo tiene a su amiga. A petición de la agonizante, va a buscar a uno de los clientes, un músico que se muestra indiferente ante la tragedia. Para convencerlo de ir al hospital, consiente en tener sexo con él. Pero cuando por fin llegan, Jae-yeong ya ha muerto. Así termina la historia de Vasumitra y comienza la de Samaria.

Con una fuerte carga de culpa y dolor sobre su espalda, Yeo-jin intenta quemar el dinero que había juntado gracias a los devaneos de su amiga, pero se arrepiente y su piadosa mente urde una ‘mejor’ idea. Cual samaritana, opta por el camino independiente de la salvación... la suya y la de Jae-yeong. Samaria devolverá el dinero a cada uno de los amantes de Vasumitra, luego de acostarse con ellos.

Pero su engañado padre la descubre. Decepcionado de sí mismo pero incapaz de hablar del tema con su hija, recorre el pedregoso camino de la venganza que lo conduce a enfrentar a los inmorales amantes. Y de los golpes llega al homicidio, pasando por el suicidio de una de sus ‘víctimas’. Y así termina la obra de Samaria. Es hora de la síntesis en una sonata, el tercer episodio de esta película.

La redención es un viaje. Un viaje como el que emprende Yeong-ki (el padre) con su hija al campo para visitar la tumba de la difunta esposa y madre. En el regreso, el auto se atasca en un camino fangoso. Después del primer intento fallido por desatorar el carro, el hombre se rinde. Es Yeo-jin la que, con audacia y paciencia, consigue sacarlos del atolladero. Entonces Yeong-ki sabrá que su hija se ha hecho mujer y puede valerse por sí misma. Es hora de que empiece a andar su propio sendero y ahora es él quien tendrá que encontrar la liberación. Porque esta mística dialéctica es infinita.

EL ARTE DE LA CONTEMPLACIÓN

A través de una parsimonia no apta para los fieles de Hollywood, Kim Ki-duk construye un relato más allá del bien y del mal, con códigos propios, en un universo moral aparte dentro del mismo extraño planeta que habitamos. Si bien el tema central es la expiación, ésta no la persiguen los protagonistas dentro de las rutas tradicionales que plantea la religión.

Un impulso demoníaco (en el sentido griego del adjetivo) es lo que los mueve. Impulso que los conduce a cruzar las fronteras de su estructura psíquica. Al grado de que una jovencita que ama la vida se entrega a la muerte con una sonrisa, una adolescente que aborrece el sexo indiferente de la prostitución termina practicándolo, y un hombre que persigue asesinos acaba convirtiéndose en uno de ellos.

Fiel a su estilo contemplativo, parco y parsimonioso, Ki-duk construye un guión con los diálogos estrictamente necesarios. Sabiendo que las acciones dicen siempre más que las palabras, el cineasta surcoreano hace de cada acto un poderoso signo. El padre que despierta a su hija con música instrumental por las mañanas. La amiga que baña a su compañera luego de cada relación sexual, como un acto de purificación. La cinta es un tríptico de símbolos codificados para un entorno moral ajeno al nuestro.

Al nivel del guión, la dirección es llevada con cadencia y reflexión. El mundo se mueve lento alrededor de los personajes principales. No hay vertiginosidad. No hay invasión del exterior. Las rutas de Jae-yeong, Yeo-jin y Yeong-ki son internas. Sus expresiones, sutiles o grotescas, las ponen de manifiesto. En ese contexto, las actuaciones son efectivas, exactas. No más, pero tampoco menos.

Mención aparte merece la fotografía de Sun Sang-jae, quien con gran destreza logra poner en la pantalla ese universo tan distante en principio, pero a la vez tan íntimo. Y el cuidado del encuadre se evidencia sobre todo en las escenas del baño, en donde ambas jovencitas aparecen desnudas sin exhibir su sexualidad. No hay morbo, mucho menos pornografía. Lo que sí hay es erotismo, pero más como fuerza vital que como impulso sexual. El eros es lo que nos mueve.

Con una narración lineal dividida en tres partes, la edición se muestra sin mayores dificultades. El montaje entre cuadro y cuadro es preciso. La liga del tiempo se estira en cada encuadre, pero nunca se revienta. El relato fluye de manera natural, como un río subterráneo horadando el subsuelo hasta crear una larga, interminable caverna, que va desde la realidad artificial hasta la realidad natural. La primera escena es la pantalla de una computadora. La última escena es el campo abierto.

La música de Park Ji se aleja de todo efectismo y navega sobre el río en inocente barcaza de madera. Con delicados efectos digitales y melodiosos sonidos vocales, el compositor crea una partitura impregnada de la dialéctica del filme y siempre reforzando el vínculo afectivo entre los tres personajes centrales. Y esta música contrasta con la burda composición que intenta uno de los amantes de Vasumitra cuando Samaria acude a buscarlo para avisarle que su amiga está agonizando. La música fuera del círculo cómplice es disonante.

En Samaria, Kim Ki-duk construye un relato que no pretende pontificar, pese a tocar un tema delicado como lo es la prostitución de adolescentes. Su discurso dista mucho de ser panfleto moralizante. Por muy extrañas que nos resulten las decisiones de los protagonistas, sus razones y sentimientos son comunes a todos los humanos. El cómo pretenden conseguir su objetivo importa menos que el objetivo en sí mismo y lo que implica. Un sueño, un placer, un deber, la expiación de una culpa, la búsqueda de una salida, el anhelo de la redención. Es una película que, con calma, más que ver hay que contemplar.

Twitter: @Artgonzaga

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