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Jacobo Zarzar Gidi

NUESTROS SACERDOTES

En el año 1910 -en Portugal, de la torre de una iglesia parroquial, se escucharon las doce campanadas de la media noche. El párroco de apellido Ribera estaba por irse a dormir cuando, de repente, tocaron a la puerta. "Tal vez me llaman para que asista a un enfermo" -pensó. Cuando abrió la puerta, entró un hombre con el rostro escondido por la parte anterior de un sombrero, que dijo bruscamente: "Quiero confesarme". A pesar de lo inadecuado de la hora, el sacerdote accedió. El desconocido confesó que minutos antes había cometido un asesinato porque entró a una casa con la intención de robar. El párroco lo vio con severidad y le dijo: "¿Estás verdaderamente arrepentido?". "Sí, estoy arrepentido de haber intentado robar cerca de la estación, porque alguien me ha visto y ha llamado de inmediato a la policía". "Pero el hecho de haber ofendido a Dios, ¿no le molesta?" -preguntó el sacerdote-. "No, para nada". "Entonces, no le puedo dar la absolución". "No importa. Lo importante es que usted ahora deberá callar. El secreto de confesión le impedirá contar a otros mi delito. Mientras tanto, dejo aquí mi pistola y el portafolio con el dinero robado. Más tarde regresaré a recoger estas cosas. Hasta luego".

El desconocido saltó por la ventana que daba al jardín y desapareció en la oscuridad de la noche. Algunos minutos más tarde, tocaron de nuevo a la puerta. El párroco apenas tuvo tiempo para esconder el portafolio y la pistola en el escritorio y después fue a abrir. Entraron varios policías que dijeron: "En los alrededores de la estación, hace aproximadamente una hora, ha sido asesinado un hombre. Nuestros perros adiestrados han seguido el rastro del asesino hasta esta casa. ¿Qué nos puede decir?".

"No sé nada" -balbució el sacerdote empalidecido. "Parece que usted tuviera sucia la conciencia, porque se ha puesto demasiado nervioso" -replicó el oficial de policía. "Debemos registrar su casa". Al poco tiempo encontraron el dinero y el arma asesina. "¿Cómo han llegado estos objetos a su casa?" -preguntó el policía. "No tengo nada que decir" -respondió el sacerdote. "No diga tonterías, queda usted arrestado". El padre Ribera fue acusado de homicidio y asalto a mano armada. Posteriormente lo condenaron a labores forzadas de por vida.

Seis años después, en la Primera Guerra Mundial, un soldado gravemente herido fue transportado al hospital, en donde pidió hablar con un sacerdote. Después de su confesión, declaró en presencia de tres oficiales de la policía que él era el asesino y no el Padre Ribera, quien había sido injustamente acusado. De esta forma, seis años después de trabajos forzados, el sacerdote fue liberado.

En verdad son muchos los sacerdotes que a través de la historia han dado testimonio de ser el mismo Cristo que pasa haciendo el bien, curando enfermedades del alma, sacrificándose día y noche para tener en buen resguardo a sus ovejas, dando paz y alegría a las conciencias, guardando el secreto de confesión y depositando esperanza en los corazones que la han perdido. Cada sacerdote es un inmenso regalo de Dios al mundo, es más valioso que todos los bienes materiales y humanos juntos. Es un hombre elegido y consagrado al servicio de Dios y de los demás, no sólo en determinadas ocasiones, sino que lo es siempre, en todos los momentos y durante toda su vida. Un sacerdote jamás podrá comportarse "como si no fuera sacerdote". Sus pensamientos, sus actitudes, sus palabras, su ejemplo y sus obras deberán ser las de un sacerdote.

San Juan Vianey -llamado el santo Cura de Ars (1786-1859), fue enviado en el año 1818 a la parroquia más pobre e infeliz. El sitio se llamaba Ars y tenía 370 habitantes. A misa los domingos no asistían sino un solo hombre y algunas mujeres. Estaba lleno de cantinas y salones de baile. En ese lugar permaneció Juan Vianey de párroco durante 41 años, hasta su muerte, y con su celo apostólico lo transformó todo. Dedicaba 12 horas diarias en el confesionario en el invierno y 16 durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación, y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes. Cuando murió, las cuatro cantinas que había alrededor del templo tuvieron que cerrar por falta de clientela y los salones de baile se fueron acabando.

A un sacerdote, no lo queremos escuchar hablar de política, ni nos agrada que diga palabras vulgares, ni chistes subidos de tono. El sacerdote es un enviado de Dios al mundo, que tiene el sagrado encargo de hablarnos acerca del plan de salvación que el Señor de la Historia estableciera desde un principio, convirtiéndose en mediador entre Jesucristo y los hombres. El sacerdote no debe de buscar compensaciones humanas, ni honra personal, ni prestigio humano. Su modo de pensar y de actuar deberá ser siempre humilde y su carácter alegre, paciente, generoso, servicial, amable y trabajador, como lo fue su Maestro.

Queremos sacerdotes pobres en lo material, pero con una riqueza espiritual muy grande. Sacerdotes que nos hablen de la vida de los santos y que motiven a los laicos impulsándolos a trabajar por Jesucristo.

El mundo les exige cada vez más a sus sacerdotes, porque espera mucho de ellos y a veces se olvida que también son seres humanos que se enfrentan diariamente a las tentaciones, vanidades y atractivos que tiene el mundo. Oremos para que conserven en todo momento su fuerza interior y sepan vencer al demonio de la carne, porque un sacerdote santo puede llegar a santificar a un gran número de feligreses que vivan en su comunidad.

De los sacerdotes de Cristo, de aquéllos que han sido consagrados para servirle, jamás hablemos mal. Si alguna vez observamos en alguno de ellos faltas y defectos, oremos para que el Señor de la Misericordia lo perdone, y cual oveja extraviada lo conduzca de nuevo al redil. Todos somos pecadores y tenemos grandes miserias que guardamos en lo más profundo de nuestros pensamientos, por lo tanto, no podemos atrevernos a lanzar la primera, ni la segunda, ni la tercera de las piedras que se encuentren a nuestro alcance.

Los sacerdotes de hoy son los nuevos apóstoles que Jesucristo selecciona para que ayuden a salvar almas. Su entusiasmo, su alegría y su ejemplo, irradiarán luz en la oscuridad de muchos corazones que por descuido perdieron la fe, se olvidaron del amor, y masacraron la esperanza.

jacobozarzar@yahoo.com

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